Ensayo sobre la Desigualdad de las Razas Humanas, Joseph-Arthur de Gobineau

[Essai sur Vinegalité des races humaines). La primera edición constaba de cua­tro volúmenes; los dos primeros apare­cieron en 1853 y los otros dos en 1855. Persuadido de que la cuestión étnica domi­na los demás problemas de la historia, e incluso posee su clave, y que la diversidad de razas que intervienen en la formación de una nación basta para explicar los dife­rentes destinos de los pueblos, el autor examina los efectos que produjeron ciertos grupos humanos en la historia de los paí­ses donde se establecieron, las transforma­ciones que ejercieron con una acción ines­perada en las costumbres y en la vida, provocando una actividad imprevista allí donde, antes de su llegada, reinaba la de­sidia. Después de haber reconocido que hay razas fuertes y razas débiles, el autor pres­ta atención a las primeras, examina sus actitudes y se remonta por la cadena de sus genealogías hasta establecer que, cuan­to hay de grande, noble y fecundo en la tierra en relación a las creaciones humanas — las ciencias, las artes, la civilización — conduce al observador hacia un único pun­to, ha surgido de un único germen, es el resultado de un único pensamiento y per­tenece a una única familia cuyas diversas ramas han reinado en todos los países ci­vilizados del universo.

Una de las ideas di­rectrices del ensayo de Gobineau es la gran influencia de las mezclas étnicas, es decir, de los matrimonios entre razas diversas, cuyos efectos ilustra Gobineau desde el punto de vista social, llegando al axioma de que lo que da la mezcla obteni­da es el valor de la variedad y que los progresos y retrocesos de las sociedades no son más que los efectos de dichas mez­clas. ¿Por qué, pues, caen las civilizaciones? ¿Por qué se produce lo que Gobineau llama el más estupendo y, a la vez más oscuro, fenómeno de la historia? Porque, responde el escritor, una raza fundadora de civili­zación florece y brilla mientras se mantiene pura de contactos híbridos; y su decaden­cia comienza sólo cuando los elementos de razas inferiores — generalmente pueblos vencidos y subyugados — se infiltran. En consecuencia la caída de una civilización no tiene otra causa que la alteración de su pureza originaria debida a mezclas de ele­mentos disgregadores. Gobineau, con miras a su tesis, centra el foco de sus observacio­nes en los arios, los cuales han dominado siempre allí donde han ido; pero cada vez que se establecieron en un país nuevo su­frieron la mezcla con los vencidos y, en la fusión que se produjo, sus cualidades privi­legiadas se alteraron y disminuyeron, mien­tras que, por el contrario, adquirían otras cualidades, absorbiéndolas de las razas in­feriores con las que se unían (el ejemplo célebre de Gobineau es el del sentido artís­tico que los arios obtuvieron al unirse con la raza negra).

Hoy el mundo sólo está po­blado por híbridos. Pero si la raza aria pura ha desaparecido de la faz de la tierra, se encuentran todavía, en los lugares y con­diciones más inesperados, individuos puros, representantes supervivientes de las anti­guas virtudes humanas, campeones que los inescrutables designios del destino han sal­vado de los marasmos de los siglos como testimonio de la edad de oro, cuando una humanidad superior poblaba la tierra. En la novela Las Pléyades (v.) Gobineau idea­lizará estos seres superiores «hijos de rey» y «calandrias». Si bien en el mundo no existe una raza dominadora ni una jerarquía de razas, existen, sin embargo, individuos en los que sobrevive la nobleza originaria; pueden proceder de cualquier clase social, y se distinguen del vulgo profano que Ho­racio odiaba (el vulgo gobineano de los imbéciles, de los hipócritas y de los brutos, es decir, la mayoría) por su amor a la so­ledad, por la fuerza y la dulzura de su ánimo y por los generosos sentimientos que los llevan a trazar los caminos de la be­lleza, del honor, del sacrificio, precisamen­te lo que el vulgo desprecia. La raza entre la cual se ha conservado durante más tiem­po la energía de una variedad aria y con­tinúa actuando benéficamente, es, según Gobineau, la germánica, y ello explica el éxito de su teoría en los países alemanes, donde el Ensayo y las demás obras gobineanas encontraron una popularidad que no tuvieron en los países latinos.

Los teóricos modernos del Racismo se formaron en los textos de Gobineau, primero Huston Stewart Chamberlain (1856-1927), inglés nacio­nalizado alemán, que puede considerarse como fundador de la escuela. El Ensayo de Gobineau se lee con un interés creciente, que compensa de la desconfianza inicial. Se trata de ciencia novelada, pero por un hom­bre de ingenio. Al dedicar la obra a Jorge V, rey de Hannover, Gobineau escribía: «Hago geología moral. Hablo raramente del hom­bre, aún más raramente del ciudadano y — del súbdito, con frecuencia, en cambio, de las diferentes fracciones étnicas, porque no se trata para mí, en los caminos que sigo, ni de nacionalidades fortuitas y mu­cho menos de la existencia de estados, sino de las razas, de las sociedades y las civi­lizaciones».

L. Gigli