Del Entusiasmo por las Bellas Artes, Saverio Bettinelli

[Dell entusiasmo delle belle arti]. Obra pu­blicada en 1769; dedicada al conde de Firmian, no lleva sino la abreviatura del nom­bre del autor y de su condición de jesuita, a pesar de haber sido una obra muy esperada. En una época en que la filosofía trataba de renovar todas las actitudes ante la vida y la cultura, no podía mantenerse la doctrina estética ligada a los tratadistas tradicionales; por ello, el autor recoge, de un modo verdaderamente orgánico, varias observaciones sobre la naturaleza del arte, tratando de explicarlas metódicamente. El fin de su trabajo consiste en «reanimar el estudio de las bellas artes y sostenerlo con­tra los estudios adversos de la imagina­ción».

En el terreno de la filosofía se ad­vierte un gran progreso, al que no debe permanecer indiferente lo que respecta a la literatura. Desgraciadamente, los antiguos tratadistas (que todavía siguen imperando) hacen depender de las reglas el impulso creador y se valen de esta o de aquella autoridad en materia de arte poética, pero no tienen presente la naturaleza del poeta. Éste se forma por la naturaleza y posee un peculiar genio instintivo que le sugiere el gusto por las obras y la misma armonía de las obras maestras; pretender someter una fuerza nueva a una regla vieja supone desconocer el poder de crear posiciones y formas nuevas. «El verdadero poeta habla, piensa, describe e inventa de modo distinto a los demás hombres». Halla válido cuanto dijeron los antiguos acerca del astro divino que incita a realizar obras grandiosas y bellas. No posee un conocimiento preciso de lo que es el entusiasmo, lo siente pal­pitar en él como una inspiración divina.

El gusto tiene, por consiguiente, unas leyes propias que en vano se trata de referir a la inteligencia y a sus leyes disciplinarias. Las ciencias, con sus excesivas reglas, pue­den perjudicar al arte, según puede verse por los mismos ejemplos que proporciona la historia. El arte «es esculpido en el corazón humano por la naturaleza, pero no se halla escrito en el cerebro ni en los libros»; por ello resulta inútil oponerse con sofismas a quien trata de hacer mediante obras maes­tras un nuevo modo de ver las cosas. Y debe afirmarse asimismo, como hace el artista verdadero, la fraternidad de todas las artes en el deseo de ver la realidad bajo todas sus formas. Por ello, el entusiasmo se pue­de definir como «una elevación del alma a ver rápidamente cosas inusitadas y admira­bles, apasionándose y transfundiendo a los demás la pasión». Cabe hacer objeción, dice Bettinelli, y es la sugerida por la tradi­ción italiana, ya que ésta ofrece escritores puros y armónicos junto a otros impulsivos e intransigentes.

Pero unos y otros son dignos de alabanza por la libertad de su inspiración. En este trabajo, Bettinelli, en vez de considerar el valor del entusiasmo en cuanto gusto y la misma fantasía, se de­tiene a distinguir los diversos grados del entusiasmo y a meditar sobre el fervor psicológico del poeta. En la formación de este nuevo gusto parece evidente la influen­cia de Voltaire y de los ingleses.

C. Cordié