Cartas sobre el Arte, la Filosofía y la Religión, Nicolás Vassilievitch Gogol

[Vybrannye mesta iz Perepiski s Drouz’ami]. Obra de Nicolás Vassilievitch Gogol (1809-1852), publicada en Rusia, en 1846. La traducción literal del título ruso es Trozos escogidos de la co­rrespondencia con amigos. Esta colección epistolar posee especialmente un carácter didáctico. Gogol, dotado para la sátira, su­fría ante su impotencia para crear persona­jes verídicos. En el fondo, este cristiano piadoso, pero terriblemente místico, intuía vivamente el poder del mal y la amenaza que las fuerzas demoníacas representaban sobre nuestro mundo (sus obras aparecen imbuidas de esta trágica intuición) y creía que su deber debería consistir en combatir los tenebrosos designios por la predicación del bien en sus obras literarias. No habiendo alcanzado, en su opinión, el objetivo pro­puesto en este sentido, nada extraño tiene que en sus Cartas se sienta inclinado a un lenguaje en cierto modo dogmático. En esta selección epistolar (dividida en 32 capítu­los), Gogol expone sus ideas sobre el pueblo ruso y su destino, y sobre la Iglesia, la poe­sía, las artes y el teatro rusos, si bien la mayoría de los artículos aparecen consagra­dos al tema de la moral que implica la vida cristiana, siendo dirigidos a los personajes más diversos: a un escritor, a un gobernador, a una mujer de mundo y también a un propietario rural. En sus consejos, el autor ruso se nos muestra terriblemente sincero. Para Gogol, todos los males del mundo pro- vi%&en de la corrupción del alma; de aquí que las reformas políticas y sociales no le interesen nada, importándole únicamente el perfeccionamiento moral.

Sólo convirtiéndose en auténtico cristiano puede asegurarse el triunfo del Bien. Es curioso considerar que, afrente a sus apreciaciones, Gogol sólo se nos muestre profundo y persuasivo en sus obras de arte. En sus Cartas, proclamando la primacía del corazón sobre la inteligen­cia, .se nos manifiesta como un teorizante, y un teorizante desafortunado. Apenas se interesa por las reformas y aspira a trans­formar la vida haciendo un llamamiento a cada alma humana, lo que, en definitiva, a nada conduce. Si en los capítulos sobre la poesía y las artes se nos revela como un crítico de primera fila, hay que reconocer que naufraga en los restantes. Por ejemplo, sus consejos al propietario rural sobre sus deberes con los siervos, sólo pueden in­dignar: se ciñen exclusivamente a la acep­tación y disfrute de la servidumbre, en con­traste con la actitud de la «élite» rusa con­temporánea que muy justamente abogaba por la supresión de la servidumbre y otras urgentes reformas. Las Cartas chocan de frente con estas aspiraciones y nos presen­tan a un Gogol reaccionario, traidor a sus propias obras literarias. Nada puede extra­ñar que este libro desatase pronto la opo­sición de todo el mundo, tanto del lado de los occidentalistas (cf. Carta a Gogol, de Belinski) como del de los eslavófilos. Resu­miendo, estas Cartas sólo significaban, al parecer y esencialmente, una tentativa em­prendida por su autor para conjurar ese mundo monstruoso que no era otro que el suyo.