Carta sobre la Música Francesa, Jean-Jacques Rousseau

[Lettre sur la musique française]. Escrito polémico de Jean-Jacques Rousseau (1712- 1778). El 1.° de agosto de 1752, la compañía de los «bouffons» italianos se había presen­tado en el escenario de la Academia Real de Música de París, con la Serva Padrona (v.), de Pergolesi. Fue éste el comienzo de la célebre polémica artística no exenta de in­filtraciones políticas — en que todos los filó­sofos y los innovadores se declaran por la música italiana, en el «coin de la reine» (que los sostenía), mientras los conserva­dores y partidarios del orden constituido tomaban el partido de la música francesa, en el «coin du roi», sostenidos por la grande — pero tal vez no del todo desinteresada — presencia de Rameau. La Carta de Rousseau se publicó a fines del 1753, para reavivar las discusiones que en realidad comenzaban ya a desmayar. Es la más violenta e incondi­cional adhesión a la música italiana que apareció en el curso de aquella polémica. Expone y resume los diversos argumentos ya adoptados por los enciclopedistas, espe­cialmente por Grimm y Diderot (v. el So­brino de Rameau); relación íntima de la me­lodía vocal con la lengua hablada, primacía indiscutible de la lengua italiana en cues­tión de musicalidad, condena de las com­plicaciones armónicas y del contrapunto (v. Diccionario de música), excelencia de las melodías y hasta de los recitativos ita­lianos en cuanto a verdad expresiva y justeza de acentos imitados de la naturaleza (esto es, de la declamación diversamente matizada por las pasiones que agitan al hom­bre). La conclusión del escrito se ha hecho célebre, y en Francia escandaliza todavía: «Creo haber demostrado que no hay ni rit­mo ni melodía en la música francesa, porque nuestra lengua no puede tenerlos: que el canto francés no es más que un continuo ladrar, insoportable para todo oído sin pre­juicios… De lo cual concluyo que los fran­ceses no tienen música ni pueden tenerla y que, si la tienen alguna vez, peor para ellos».

M. Muccioli

Se publicó mi librito y acto seguido todos los demás temas fueron olvidados. Todos los que lean ese opúsculo que tal vez impidió una revolución, creerán soñar y, no obstan­te, tal es la pura verdad. (Rousseau)