Representación de san Ignacio

[Rappresentazione di Santo Ignazio]. Es un texto anónimo florentino publicado en 1519 y vuelto a publicar en 1872 por Alessandro D’Ancona en la colección de Sacre rappresentazioni dei secoli XIV, XV e XVI.

De los textos de representaciones sacras del Renacimiento italiano, éste ha permanecido entre los menos conocidos, y figura en cam­bio entre los más notables. Narra el martirio de San Ignacio, obispo de Antioquía, que vivió en el siglo I d. de C. y fue entregado por el emperador Trajano a los leones para que lo devorasen. Está compuesto en octa­vas, el metro clásico de las representaciones sagradas, y conserva, de las demás del mismo carácter que se hicieron en Floren­cia entre los siglos XV y XVI, el esquema escénico y la fórmula constructiva.

La re­presentación se abre con la invitación del ángel a escuchar el devoto espectáculo; ve­mos después la iglesia de Antioquía, donde al alba está Ignacio rezando; luego llama a un discípulo suyo y lo invita a ir a ver a la Virgen María y pedirle ayuda para la fe de ambos. El discípulo sube por un largo camino a la montaña, en la cual, de pronto, en una gruta, se le aparece la Vir­gen María, rodeada de San Juan, Marta y Magdalena. La Madre llora todavía en el Calvario, que se ve a lo lejos, ante los crueles instrumentos que han torturado a su Hijo; y en su narración la tragedia de Cristo vuelve viva y empapada de dolor al espíritu del discípulo que, llorando dulce­mente, se vuelve a poner en camino. Du­rante el viaje de regreso es asaltado por dos ladrones que lo dejan desnudo y le quitan un barrilito de vino que llevaba consigo para apagar su sed. Pero los dos ladrones acaban peleándose por aquel barri­lito y se matan; el buen discípulo alaba la Providencia divina que castiga a los mal­vados y reanuda su camino.

Al recibir el mensaje de la Virgen, Ignacio se consuela con el recuerdo del martirio de Cristo, y enterado de que el emperador Trajano ha llegado a Antioquía y va persiguiendo a los cristianos, decide amonestarlo en nom­bre del Señor. Ante el trono imperial, lleno de vehemente ardor, Ignacio se encara con Trajano; el emperador permanece un ins­tante perplejo, pero después da orden de que el obispo sea encarcelado y conducido a Roma. Llegados allí, Trajano lo manda llamar, lo exhorta con persuasivas pala­bras y después pretende obligarlo con cru­dos tormentos a abandonar su fe; se tras­luce la admiración de Trajano por Igna­cio: le promete incluso nombrarle el prime­ro de sus sacerdotes, y disputa sosegada­mente con él. Pero Ignacio es inconmovible. En la cárcel, donde ha sido llevado de nue­vo, Ignacio alaba a Jesucristo, ensimismado en su deseo de martirio que le dará la paz eterna.

Trajano siente mientras tanto una vaga tortura, como si «un gusano le royera el corazón», cuando he aquí que su joven hijo, yendo de carrera en su caballo, mata al hijo de una viuda. Desesperada, la madre se presenta ante el emperador con el cuerpecito del muerto en brazos y pide justi­cia. Trajano juzga imparcialmente aunque sea contra su hijo, y lo condena a muerte. Pero cuando la viuda hace observar que de ese modo no puede devolverle a su hijo ni recompensarla de su daño causándose otro a sí mismo, el emperador decreta que su hijo vaya en adelante junto con la viuda, como si fuera hijo suyo, y la sustente en la vida. Puesto que Trajano ha administrado justicia contra sí mismo, puede juzgar a los demás. Llama a Ignacio, lo somete a nuevos tormentos y como el obispo no quie­re renegar de su Dios, manda que lo den en pasto a los leones. En la fosa de las fieras, Ignacio dirige sus últimas palabras al pueblo romano: «Harina soy que hará pan blanquísimo», y predica la liberación de los vínculos terrenos.

Dos ferocísimos leones se detienen ante él y después, insta­dos por el santo, le apoyan las patas en la garganta y lo ahogan suavemente con pia­dosa dulzura. Es grande la estupefacción del pueblo; y un esbirro recuerda que Igna­cio afirmaba llevar escrito en el corazón el nombre de Jesús. Quiere cerciorarse de ello y extrae el corazón del cadáver; y el nom­bre de Jesús y las santas insignias están verdaderamente impresas en él. Trajano, turbado, reconoce su error y ordena que los cristianos sean libres y que se honre públicamente el cuerpo de Ignacio. En este texto la ingenuidad de ciertas formas dra­máticas recupera, en su sincera expresión, la fuerza y sabor originarios; el proce­dimiento episódico y fragmentario, tan pro­pio de las representaciones sacras del Re­nacimiento, ofrece en esta obra una interior unidad, único ejemplo en toda la literatura de su género, hallamos en el San Ignacio algunos episodios que se introducen en la acción principal, no por mero proceso na­rrativo, sino con valor psicológico y con fuerza dramática. Así sucede con el relato de la muerte de Cristo, la cual, con feliz anacronismo, se hace suceder durante la vida de Ignacio, que vivió un siglo des­pués; y lo mismo con el episodio legenda­rio del hijo de la viuda, narrado también por Dante («Purg.», X, 73-93), que es un determinante dramático en el atormentado espíritu de Trajano, representado además aquí, no como el tirano acostumbrado en estas obras, sino como el justo y sabio que obra según su conciencia de pagano.

La ro­bustez del verso, en fin, que se aproxima más a la severidad dantesca que al fácil ritmo popular, ofrece algunos trozos de in­tensa belleza lírica, como el sermón del Santo, que deberán, en adelante, hacer con­siderar este texto como el mejor entre to­dos los que poseemos en representaciones sacras del Renacimiento.

G. Pacuvio