Enûma Elîsh

Es el nombre que los babilonios y los asirios daban a su máxima creación literaria. Los modernos suelen llamarlo, de un modo inexacto, Poema de la creación, porque también habla de la crea­ción, o, mejor dicho, de la construcción del universo por parte del dios nacional de Babilonia, Marduk. Este, empero, no es más que un episodio del poema, en el que explica cómo Marduk, hijo de Ea, dios del agua y del mar, ha sido elevado por los dioses, sus compañeros, al supremo poder divino y proclamado dios de Babilonia. Por lo tanto, sería más exacto llamarlo Poema de la exaltación de Marduk. De todos mo­dos, los habitantes de la antigua Mesopotamia lo llamaron Enûma elîsh, a base de las dos primeras palabras, que significan «cuan­do en lo alto».

El Poema de la exaltación de Marduk consta de siete tablas, o de sie­te cantos como diríamos nosotros. Está es­crito en versos dominados por la ley del «parallelismus membrorum», o sea, de la co­rrespondencia rítmica y semántica: en los dos hemistiquios del verso se corres­ponden los ritmos y los acentos y también las palabras y los conceptos que expresan. Tenemos, por lo tanto, casi un contrapunto, tanto de acento como de significado. Pero el ritmo no es siempre fijo. Parece que el se­gundo hemistiquio de los versos está some­tido a una medida rítmica más severa que la del primero. La cesura no se refiere sólo al ritmo y al acento, sino también al significado o sentido del verso. El poema consta de estrofas de cuatro versos, aunque no faltan aparentes infracciones a esta re­gla, que hay que imputar, sin duda, al es­tado imperfecto de conservación del texto. En algunas copias neobabilonias del poema la colocación de los hemistiquios indica el metro, mientras en otras copias cada grupo de palabras pertenecientes a un acento está separado de los demás grupos.

La lengua del Enûma elîsh es altamente poética, de carácter epicolírica. Emplea palabras esco­gidas, prefiere los términos raros, a menu­do resulta lacónica y elíptica. No faltan repeticiones de versos y a veces incluso de páginas enteras. La última tabla es una añadidura posterior y arbitraria, puesto que contiene una exaltación de los cincuenta nombres de Marduk y no guarda una es­tricta conexión con el contenido del poema, pues la acción de éste termina en la sexta tabla. La división de la materia en seis ta­blas no sigue la división de la acción mítica que forma el argumento del poema, pero el escritor quiso dar a los distintos cantos un número aproximadamente igual de líneas e introdujo, por lo tanto, una división de la acción en seis tablas que corta brusca­mente el argumento precisamente en el punto en que la acción no tiene ninguna solución de continuidad. Esta división se debe probablemente a los escribas. El nú­mero seis quizá tenga carácter astral: la otra gran epopeya de la antigua Mesopotamia, la Epopeya de Gilgamesh (v.), se com­pone de doce tablas, y doce son las constela­ciones zodiacales. En efecto, todo el poema está lleno de ideas y de alusiones astrales, cuyo verdadero significado no estamos en situación de comprender.

Por lo que se refiere a las fuentes de las que se valió el desconocido autor y poeta — un gran poeta por cierto, aunque provisto de una mentalidad bien distinta a la de los occi­dentales — se supone que fueron muchas. Hay quien cree que la fuente principal fue un poema que celebraba las hazañas y la obra de construcción del mundo de un gran dios sumerio, el dios supremo de la antigua civilización sumeria, Enlil de Nippur, y que el poeta babilonio rehízo el antiguo poema adaptándolo al nuevo dios de Babi­lonia, Marduk, y transportando además la fábula mítica de la lengua sumeria a la ba­bilónica. Pero es indudable que el autor del Enûma se sirvió, además, de otras fuentes en su mayor parte sumerias. Se ha discutido en torno al mito en que se basa el poema, y sobre su exacto significado, y en primer término acerca del mito de la lucha entre Marduk y Tiámat, que forma el episodio central del escrito. Quizá se trate de la lucha entre la primavera y el invierno o la del sol y la luz por un lado y las tinie­blas por otro: Marduk representa el sol y la luz, Tiámat las tinieblas; algunos, en efecto, han querido vislumbrar en el dios nacional e imperial babilónico un antiguo y primitivo dios del sol.

También se quiso dar al héroe de nuestro poema un carácter altamente moral y se sostuvo por lo tanto que él es el bien, y Tiámat el mal: de manera que el poema describiría la lucha entre el bien y el mal. De todos modos, no cabe duda de que los babilonios y los asirios veían en el agua el origen de todas las cosas. En efecto, al principio, según el poema, existían tan sólo Apsü, el abis­mo, Tiámat, el océano, su mujer, y Mummu, que debería ser el fragor producido al unirse las aguas del abismo con las del océano. Además Ea, padre de Marduk, es el dios del agua y su hijo fue siempre, incluso cuando ya había llegado a ser el jefe del panteón mesopotámico, un poderoso dios exorcista, cuyo hechizo más eficaz fue siempre el agua, el agua sagrada de su pa­dre Ea. Esta epopeya corría entre los sacer­dotes y los sabios mesopotámicos en varias redacciones. Fue compuesta en Babilonia, verosímilmente en la época paleo babilónica, o sea, en los tiempos de la primera dinas­tía babilónica (aproximadamente 2100-1800 a. de C.), tal vez bajo el reinado del céle­bre rey Hammurabi, que fue también un gran reformador religioso.

Las redacciones que nos llegaron en mejor estado son dos procedentes de Asiria, una de Nínive y otra de Asur. Esta es la más antigua y sustituye en el poema el nombre del dios babilonio Marduk por el del dios nacional asirio, atri­buyendo de esta manera al supremo dios de Asiria todas las proezas de Marduk e identificando de tal modo a Asur con Mar­duk. La otra redacción asiria, la de Nínive, que es más reciente, mantiene en cambio el nombre del dios babilónico. Al principio no existían más que Apsü, Tiámat y Mummu, que mezclaban sus aguas. Estos engen­draron a todos los demás dioses en sus sucesivas generaciones, siendo las más mo­dernas las constituidas por las divinidades más conocidas del panteón babilonio. Los dioses jóvenes alborotan y estorban el sue­ño de Apsü y Tiámat. En vista de lo cual éstos deciden destruir a los jóvenes dioses, quienes, al enterarse de ello, se aterrorizan: pero Ea, con un poderoso exorcismo, logra matar a Apsü y establece su morada en el océano, donde su mujer le da un hijo, el dios Marduk, de mirada relampagueante, que lo sabe todo, lo ve todo, y tiene for­mas encantadoras.

Tiámat está furiosa por la muerte de su marido y promete exter­minar a todos los dioses. Crea al objeto una hueste de tremendos monstruos, de los que nombra jefe a Qingu, a quien elige por marido, y le entrega las tablas del destino. Qingu establece los destinos y se prepara para aniquilar a los dioses. Entonces, Ea va a ver al viejo dios Anshar para ponerse de acuerdo sobre lo que hay que hacer. Anshar encarga a Marduk la lucha contra Tiámat, y éste se declara dispuesto a com­batir contra la diosa del océano, a condición de que los dioses le nombren su supremo jefe y general. Los dioses se reúnen en asamblea en presencia de Anshar y, des­pués de un opíparo banquete anuncian a Marduk que ha sido elegido jefe supremo. Desde este día nadie podrá cambiar su palabra y él tendrá el poder de exaltar y humillar. Él será el vengador y el campeón de los dioses. De manera que le proclaman rey entre grandes gritos de alegría. Le en­tregan un cetro, un trono, un hacha, le ar­man de pies a cabeza y le encargan que mate a Tiámat y a su monstruosa hueste.

Mardiik aferra sus numerosas armas, entre las que hay también siete vientos, sube a su carro y se dirige contra la diosa, provocándola a que se bata con él, aunque su cora­zón vacila cuando oye los terribles gritos de su contrincante. Sin embargo tira su red contra la diosa, la envuelve, y, cuando ella abre la boca, le introduce rápidamente un viento, de modo que ya no puede cerrarla. El dios aprovecha la ocasión y dispara una bien dirigida flecha que se le clava en la garganta y, bajando hacia su corazón, le lacera todas las entrañas: Tiámat muere y sus acólitos se dispersan aterrorizados, ganados por la proeza del joven campeón. Marduk ata al monstruo, lo tira por el sue­lo, le corta las venas y la piel y abre su caparazón en dos partes, como una ostra. Con una parte forma la tierra y con la otra el cielo. Las tablas del destino pa­san de Qingu a Marduk, y con éstas pasa también a él el dominio del universo. Mar­duk forma las varias partes del mundo, las estrellas, los signos del zodíaco, y con la sangre de Qingu empasta la arcilla y for­ma al hombre, destinado a servir a los dio­ses. Luego forma las distintas partes de la tierra, los animales, las plantas y todos los demás seres que se encuentran en ella. Los dioses construyen para él una espléndida morada y en el día de su inauguración se reúnen en un banquete y cantan festejándole las alabanzas de su rey y campeón. Con el himno de los cincuenta nombres de Marduk termina el Enûma elîsh. La edición más reciente es la de Labat, Le poéme babylonien de la création (París, 1935); una trad. italiana se encuentra en Furlani, Il poema delia creazione (Bolonia, 1934).

G. Furlani