Carmen Deo Nostro, Richard Crashaw

Colección de poemas sacros del inglés Richard Crashaw (1612-1649), publicada póstumamente en el año 1652. Al dedicar su libro a la condesa de Denbigh, el poeta quiere persuadirla para que se convierta al catolicismo, para que no permanezca dudando en el umbral de la felicidad eterna y abrace la única fe que podrá «de un meteoro hacer una estrella». Contiene varias poesías inflama­das de religioso fervor. En el «Himno al nombre de Jesús» [«To the Name above every Name, the Name of Jesús»!, el poeta suplica al Redentor que libere su corazón de toda escoria para hacerle digno del amor que arde en el corazón de los serafines. En el «Himno sobre la Epifanía» [«In the glorious Epiphany of our Lord God»], los tres Reyes Magos, despertados por la estrella ad­mirable, ven finalmente «la profunda hipo­cresía de la muerte y de la noche que en la vida y en las pompas mundanas es tanto más oscura cuanto más luminosa parece», y re­nuncian a la grandeza y a la riqueza terre­nas, contentos de vivir en los reflejos de la luz divina. El «Oficio de la Santa Cruz» [«The Office of the Holy Cross»] está basado en el concepto de que «cuando el Señor san­gra en la Cruz, parece que muere la vida, pero muere en realidad la muerte».

Los más bellos son «Charitas nimia», grito de apa­sionada aspiración al Señor; «Sancta Maria Dolorum», patética variación sobre el «Stabat Mater»; el «Dies irae», invocación llena de religioso terror, y, sobre todo, «El co­razón llameante» [«The Flaming Heart»], canto de amor a Santa Teresa, uno de los más bellos himnos religiosos de todas las literaturas, que culmina en el ferviente gri­to: «No dejes en mí nada de mí mismo; haz que me identifique hasta tal punto con tu vida que muera a toda vida mía personal». El libro termina con la versión libre de tres elegías del jesuita François Rémond (1558 ó 1562-1631), «Alexias», lamento de la es­posa abandonada por San Alejo, en el cual describe la aflicción de la mujer lacerada entre el amor humano y el amor divino, y que, según algunos, inspiró la Eloísa (v.) de Pope. Crashaw, que pertenece, con Herbert y Vaughan, al movimiento ascético de renovación que, en la época de Carlos I. fue parejo en Inglaterra al gusto por la poesía metafísica, escribió el Carmen Deo Nostro después de su conversión al cato­licismo; abundan los conceptos graciosos, las bellas metáforas, las expresiones bri­llantes y los versos perfectos; la tenden­cia mística se atenúa a veces por un arti­ficioso conceptismo. Pero en las poesías más logradas el poeta da la expresión más alta de la espiritualización del sentido a la que tiende el mejor arte barroco. [Ver­siones parciales de Blanca G. Escandón y M. Molho en Poetas ingleses «metafísicos» (Madrid, 1948)].

A. P. Marchesini

Su ímpetu lírico alcanza alturas que ya no fueron alcanzadas en la literatura in­glesa, y nadie ha derramado en la expre­sión del sentimiento tales asomos de músi­ca etérea… Inventa nuevos efectos métricos y nuevos adornos de expresión que, poste­riormente, los grandes líricos (Coleridge, Shelley, Tennyson, Swinburne) más han imitado deliberadamente que obtenido espon­táneamente. (Saintsbury)

Parece como si en sus poesías Crashaw nos hubiera brindado el primer fervor de su imaginación, no acuñado según una forma determinada, y con poco de lo que actual­mente denominamos «dulzura». (Coleridge)

Su conocimiento del español y del ita­liano influyó en el fondo y en la forma de su poesía; en verdad, ese conocimiento puso a su alcance las obras de los místicos es­pañoles, pero lo corrompió con las hipér­boles y las zalamerías de Marini. (F. E. Hutchinson)