Apologético de Tertuliano

[Apologeticum]. Discurso de Quinto Septimio Flo­rencio Tertuliano (155-60-240 aproximada­mente) en defensa de los cristianos, dirigido a los jefes de las provincias romanas, res­ponsables de la persecución, en 197. El fo­goso padre africano, todavía en su pleno fer­vor de neófito (se había convertido dos años antes a la nueva doctrina, bajo la impre­sión del espectáculo de fortaleza moral ofre­cido por los mártires) redacta esta defensa apasionada según las reglas retóricas del tiempo, y con el arte del hábil abogado que era. Comienza con una peroración en favor de los cristianos; y después, en el exordio, plantea al estado de la causa de la cual resulta que los cristianos son con­denados sin comprobación de delito alguno, y sólo por llevar el nombre de cristianos, y muestra al mismo tiempo lo contradicto­rio del procedimiento usado de perseguir a los cristianos, y dejarlos libres cuando nie­gan serlo. Viene luego a confutar las acu­saciones de delitos ocultos atribuidos a los cristianos (cenas antropofágicas, desórdenes morales, infanticidios), y las del delito de «lesa religión» y el de «lesa majestad» al negarse a rendir culto al emperador.

En cuanto al primer punto (delitos comunes), vuelve la acusación contra los mismos acu­sadores, denunciando violentamente las or­gías y las inmoralidades paganas; en cuan­to a la presunta lesa religión pasa también al ataque criticando el politeísmo y la irre­ligiosidad pagana, y mostrando que los cris­tianos adoran no una cabeza de asno (piénsese en el famoso crucifijo trazado en el Palatino, con cabeza de asno), sino un Dios único, creador y ordenador del mundo, re­conocido espontáneamente por el alma sin­cera, manifestado en las sagradas escritu­ras, en los Profetas y en Cristo, maestro de las gentes; mientras los paganos adoran de­monios, y se engañan al creer que su culto es condición de la grandeza de Roma. En cuanto al delito de lesa majestad imperial, Tertuliano critica vivamente el culto im­perial por irrazonable, mostrando que los cristianos, aunque no participen en las or­gías de los «solemnia Caesarum» les son más fieles y útiles con su honradez que los paganos. En la peroración final exalta la superioridad de la Doctrina y de la prácti­ca cristiana en comparación con la teoría y la vida de los paganos, y, desarrollando el célebre tema de que «la sangre de los már­tires es semilla de cristianos» (cap. 50) de­muestra la inutilidad de las persecuciones. Todo el discurso está penetrado de la pro­funda conciencia de la fuerza cristiana; es un himno de victoria en la batalla que se encarniza más todavía; por la violencia de las réplicas se distingue de las apologías griegas, así como también por su disposi­ción jurídica que tiende, no sólo a justi­ficar la doctrina, sino a reivindicar la li­bertad religiosa para la Iglesia, como so­ciedad legal. Por este vigor y por ser la primera Apología en latín, ha influido pro­fundamente en todas las apologías posterio­res, especialmente para el planteamiento del problema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado.

M. Bendiscioli

Perfecto conocedor de las leyes de los romanos. (Eusebio de Cesarea)

El elemento más notable de esta obra es el desarrollo del espíritu humano. Se entra en un nuevo orden de ideas. (Chateaubriand)