Apócrifos del Nuevo Testamento.

Después que los libros canónicos del «Nuevo Testamento» fueron escritos y conoci­dos, se publicaron los numerosos apócri­fos que imitaban, ampliaban y corregían aquellos escritos, como los Apócrifos del Antiguo Testamento (v.) habían imitado al­gunos relatos y hechos históricos del «An­tiguo Testamento». Así se llegaron a atri­buir a cada apóstol otros Evangelios, Epís­tolas, Hechos y Apocalipsis. Dos causas di­versas han dado origen a los libros apó­crifos del Nuevo Testamento: «la herejía» y «una falsa devoción». A la primera serie, con una dosis mayor o menor de errores, pertenecen el Evangelio de los Doce, o Evangelio de los Ebionitas, del cual sólo poseemos unos pocos fragmentos citados por Orígenes, San Ambrosio y San Jeróni­mo. Servía para la secta de los Ebionitas, que condenaban la riqueza y negaban la divinidad de Cristo. Fue escrito probable­mente alrededor del siglo II. El Evangelio según los judíos  adoptado por los judeo-cristianos probablemente muy próximos a la ortodoxia cristiana. Nos han llegado pocos fragmentos, en los cuales se nota cierta dependencia, aunque muy débil, del Evangelio canónico de Mateo (v.).

Este Evangelio fue sin duda conocido por Egesipo, judío cristiano que habitó en Roma entre 155-189, y tal vez también por San Ignacio; en este caso, el escrito apócrifo debería suponerse compuesto hacia el final del siglo I. El Evangelio según los egipcios, del cual tenemos conocimiento por Clemen­te de Alejandría, que cita algún pasaje de él (Stromata 13, 92; 6, 45; 9, 53; Excerpta ex Theodoto 67), favorece el encratismo, condenando el matrimonio y tiene algún pasaje antitrinitario (Epifanio, 62, 2). Es un Evangelio que ya apunta a las doctrinas gnósticas y no es anterior a la segunda mitad del siglo II. El Evangelio de Pedro conocido por Eusebio y del cual se publi­có en 1892 un fragmento bastante largo, ha­llado años antes en Egipto. Este escrito fa­vorece el docetismo, herejía según la cual Cristo tenía un cuerpo sólo aparente. El fragmento contiene el final de la Pasión de Cristo y la Resurrección. La condena de Jesús es atribuida a Herodes y se supone a los romanos limpios de toda responsabili­dad. José de Arimatea es tenido por amigo de Pilatos. En el momento de morir, Jesús exclama «Poder mío, poder mío, me has abandonado», exclamación que demuestra que este evangelio favorece el docetismo. Su composición se supone tardía, casi de la mitad del siglo II.

Los Fragmentos de Oxirrinco, fragmentos de poca importancia de los Evangelios apócrifos; algunos suponen en ellos una preocupación legal judaica. Fueron encontrados después del 1900 y pu­blicados en 1907; su redacción parece ser del siglo IV-V. El Evangelio de Felipe, citado por Epifanio que reproduce un pa­saje, favorece la opinión gnóstica; fue es­crito tal vez antes del siglo III. Entre los Evangelios Apócrifos, producción de «exa­gerado pietismo y de curiosidad morbosa», merecen ser citados: el Protoevangelio de Santiago, publicado por primera vez en latín aunque su original estaba en griego. Es un relato minucioso con abundantes adi­ciones de hechos, de una puerilidad sin­gular, de la natividad, de la infancia, y de la juventud de María, del nacimiento de Jesús; y prosigue hasta la Adoración de los Reyes Magos. Un trozo del capítulo IV nos indica la manera ingenua del relato: «La niña (María) se robustecía día a día. Cuan­do tuvo seis meses, su madre (Ana) la puso en el suelo para ver si ya podía tenerse en píe y dio siete pasos andando, y se arrojó a los brazos de su madre». Fue conocido por Orígenes y por Clemente de Alejandría. El Evangelio de Tomás el Israelita, citado por Orígenes. Existen de él tres redaccio­nes, dos en griego y una en latín, algo di­ferentes entre sí. Esta leyenda de la in­fancia de Jesús está llena de groseros epi­sodios que hacen del obediente y sabio Je­sús, un chiquillo caprichoso que está dis­putando siempre con todos.

Este Evangelio refiere una anécdota que alcanzó cierta for­tuna en diversas literaturas: «El niño Je­sús, a la edad de cinco años, estaba jugan­do junto a un arroyo… Modeló con barro doce pájaros; era un día de sábado. Como le reprendiesen personas conocidas y José por haber profanado el sábado, Jesús palmoteó, y dijo a los pájaros: Marchaos, y ellos volaron». El Evangelio árabe de la infancia del Salvador, probablemente es una traducción del siríaco, compilación de re­latos canónicos y apócrifos relativos a la infancia del Salvador. En el capítulo XXIII se narra el episodio de la Sagrada Familia que se encuentra en el desierto con unos ladrones entre los cuales están Tito y Dúmaco, que fueron después crucificados a ambos lados de Cristo. Tito protegió a la Sagrada Familia en el desierto; y por esto tuvo como recompensa la gracia del arre­pentimiento y de la fe, ya en el patíbulo, y con ello la bienaventuranza. Los Hechos apócrifos se han multiplicado porque los actos canónicos habían narrado pocos epi­sodios y casi únicamente de los apóstoles, Pedro y Pablo.

Algunos de ellos conservan un tono serio y edificante; otros imitan las expresiones legendarias de los Evangelios apócrifos. Los Hechos de Pedro, escritos en el siglo segundo, por autores gnósticos, nos han llegado en varias redacciones, latina, siríaca, armenia, copta, etiópica y árabe, se tiene además una parte en griego. Cuentan la estancia de Pedro en Roma, y su marti­rio. Los Hechos de Pablo son de la misma época que los precedentes; su redactor gozó de gran autoridad; algunos Padres lo han clasificado entre los libros sagrados. Origi­nal y conmovedora es la historia de la vir­gen Tecla, que defiende su virginidad mi­lagrosamente y después se convierte en mi­sionera de la fe que le había enseñado Pa­blo. Además, los Hechos de Pedro y Pablo del siglo III, libro ortodoxo; los Hechos de Andrés escritos quizás a fines del siglo II a los que Eusebio reconoce con carácter he­rético; los Hechos de Juan, de Tomás, de la misma época que los precedentes, pero completamente ortodoxos. Epístolas apócri­fas son: una Carta enviada a Jesús por Ab- gar Uchama, toparca de Edesa, el año 31, y la Respuesta del Salvador, escrita y trans­mitida por medio del mensajero Anamías. Las dos epístolas fueron halladas por Eu­sebio en los archivos y traducidas del si­ríaco al griego. El decreto de Gelasio (si­glo V) las ha colocado entre las apócrifas.

La Epístola de Pablo a los Alejandrinos, cuya existencia nos es conocida sólo por el fragmento de Muratori; la Epístola de los Corintios a Pablo y la Respuesta del apóstol a los Corintios, incluida en los Hechos de Pablo; seis Epístolas de Pablo a Séneca y ocho Epístolas de Séneca a Pablo, escritas en latín; San Jerónimo es el primero que hace una alusión a ellas. Los Apocalipsis apócrifos, a imitación del Apocalipsis de Juan (v.), no son numerosos. El Apocalip­sis de Pedro, mencionado en el canon de Muratori citado por San Clemente de Ale­jandría, del cual se tiene una parte del texto primitivo, describe la morada de los bienaventurados y de los réprobos. El Apo­calipsis de Pablo parece que no fue cono­cido antes del siglo IV. La versión latina parece dar el texto primitivo mejor que la redacción griega. El Apocalipsis de Tomás es mencionado como libro apócrifo en el decreto de Gelasio (siglo IV). [Trad. espa­ñola completa de E. González Blanco (Ma­drid, 1934)1.

G. Boson