Sátiras de Juvenal

[Satirae]. Décimo Junio Juvenal (55/60-135?) compuso, distri­buidas en cinco libros, dieciséis sátiras que siguen un orden cronológico.

La primera sirve de proemio; la segunda se dirige con­tra la hipocresía; la tercera es la despedida de Umbricio, que abandona Roma para vi­vir en paz. La cuarta narra la historia de la pesca de un enorme rodaballo y del con­sejo de las principales personalidades del Estado para deliberar sobre la cazuela que pueda contenerlo y el modo de cocinarlo. La sátira quinta describe la brutal vulga­ridad de ciertos señores y la sumisión de los parásitos; la sexta, va dirigida contra las mujeres; la séptima trata de la triste suerte de los literatos, oradores, retores y gramá­ticos. La sátira octava demuestra que el apellido no es nada sin la nobleza de la persona, así como también se hace observar el predominio político, intelectual y moral de la plebe sobre el patriciado; de lo que resulta que es infundado establecer tal distinción en los órdenes sociales. La sátira novena es un diálogo entre el poeta y Nevolo, víctima de un avaro; la décima com­bate los locos apetitos humanos; la sátira undécima va dirigida a su amigo Pérsico, tratando de la frugalidad en relación con el lujo y sobre la profusión de los convites señoriales; la duodécima celebra el feliz retorno de Pacuvio, que se ha librado de un naufragio; la decimotercera trata de consolar a Cal vino, advirtiéndole que el pecado es pena en sí mismo; la decimocuar­ta trata de la eficacia de la educación; la decimoquinta considera el fanatismo reli­gioso de los orientales; y la decimosexta enumera las ventajas de la vida militar.

Ju­venal es el poeta del pasado, de la vieja Roma, de las costumbres antiguas, ya co­rrompidas, que no obstante reviven entre los agricultores. Como poeta nacional se pronuncia contra la sociedad cosmopolita que se había formado en- Roma y que esta­ba constituida ante todo por antiguos es­clavos orientales y griegos (es preciso el retrato del odioso gréculo) viles y degene­rados. El odio contra los partidos políticos convierte a Juvenal en un verdadero sen­timental que^ prevé la ruina de Roma. Tam­bién es en él notable el constante retorno ideal hacia lo antiguo; en el pasado lejano se esconde su ideal patriótico. Sin artificios retóricos, es artista por su mundo interior. Su fantasía no es viva ni refrenada, sino sugestiva y suficiente para crear ante los ojos de los lectores imágenes precisas y nítidas. Su poder satírico es muy inferior a la fama que llegó a conquistar.

Es el úl­timo representante de aquella tendencia que creó, las Sátiras (v.) de Lucilio, Horacio y Persio, aunque se aleja de todos sus prede­cesores por una visión del mundo que in­terpreta nostálgicamente. No es burlesco, ni lírico ni filósofo; es poeta de escasos sen­timientos, es decir, de aquellos a quienes su cólera ante un mundo abyecto, en medio del cual se ven obligados a vivir, les pro­voca al desahogo. Pero no obstante ser un poeta envidioso y bilioso, poseyó Juvenal un sentido de humanidad y comprensión, si bien las expresa áridamente en sus ser­mones de innegable crudeza.

F. Della Corte

Si el talento poético me falta, no impor­ta: la cólera me dictará los versos. (Juvenal)

La ironía de Juvenal no tiene semejante en la literatura satírica de Roma; posee la tristeza fría del sarcasmo, la causticidad inesperada del epigrama, la burla tosca de la chanza cómica. (G. Marchesi)