Sátiras de Boileau

[Satires]. De estas doce sátiras de Nicolás Boileau (1636-1711), las siete primeras fueron publicadas en 1666, con un Discurso al Rey, las dos siguientes en 1668, la décima en 1694, la undécima en 1701 y la última en 1711.

Las primeras muestran ya todos los motivos del poeta, discípulo de Horacio: realismo minucioso y colorista en la tercera («El banquete ridículo») y en la sexta («Las mil moles­tias de vivir en París»); discusiones mora­les en la cuarta («Cada persona tiene su locura, de la que se siente satisfecho») y en la quinta («La verdadera nobleza»); discu­siones literarias en la, segunda («A Mo­liere») y en la séptima («En torno a la sátira»); confesiones del autor en la sexta. El moralismo es frío, limitado a lugares comunes; es más interesante la pintura rea­lista. La sátira literaria, desparramada por doquier, resulta animada, caprichosa y bri­llante: una batalla desatada contra el ri­dículo de los autores preciosistas, la ambi­ción de los épicos de corto alcance, y la chabacanería de los bromistas, y contra cuantos ofendían la razón, el buen sentido y el buen gusto. Se afirma ya el pensamien­to literario que hallará su expresión orde­nada en el Arte poética (v.).

Las sátiras si­guientes no reúnen siempre la fragancia viva y discursiva de las primeras y en ellas se acentúan los defectos. Le falta sobre todo, al moralista, la verdadera experiencia de la pasión de la vida: en la octava («El hombre es el más estúpido de todos los animales») y en la décima, que es un ata­que violento y juvenalesco contrallas mu­jeres. La novena es una confesión y apolo­gía apacible, un discurso dirigido a su pro­pio ingenio; mediocres son las dos últimas, sobre el falso y el verdadero honor y sobre el equívoco en Teología. El «Horacio fran­cés», como fue llamado Boileau por sus Sátiras, si bien posee el buen gusto peculiar del latino, carece, en cambio, del brío y el sentido inmediato de la vida: es demasiado libresco, y le falta un verdadero fervor cuando no se trata de literatura. La pre­cisión expresiva, que llega a alcanzar una verdadera energía concentrada, logró una indudable admiración, incluso entre los mo­dernos artistas que posteriormente detes­taron el sólido buen sentido, y el atarse a la realidad que trae consigo el condenar y excluir la fantasía: dotes que asegura­ron en todo momento al autor de las Sá­tiras el respeto burgués y tradicionalista.

V. Lugli

Boileau iluminó todo su siglo; desterró el mal gusto a pesar de lo difícil que es desterrarlo de los hombres. (Vauvenargues)

Me parecen excesivamente fuertes. No siente fatiga de lo que está bien escrito: el estilo y la vida. Boileau es como un pe­queño río, estrecho y poco profundo, pero limpio y bien canalizado, motivo por el cual sus ondas son constantes; nunca se priva de aquello que quiere decir; pero ¡cuánto arte fue] preciso para lograr esto, que en definitiva es tan poco! (Flaubert)

Las Sátiras salvaron la poesía de los pe­ligros urgentes que la amenazaban al co­menzar el reinado de Luis XIV; énfasis por un lado, preciosidad, por otro; preci­samente los mismos que en Las Provin­ciales habían salvado la prosa. (Brunetiére)

Con las Sátiras creó Boileau la crítica literaria, apenas conocida antes de él… El público tuvo, paulatinamente, conciencia del valor exacto de las Sátiras; éstas le ayudaron a extender el buen gusto, prepa­raron la madurez y fijaron una orientación. (Lanson)

El verso no es para él, como para los románticos, un instrumento de vanidad per­sonal o de pompa, sino el medio de quitar a la palabra la posibilidad de ser diversa; la forma cerrada del alejandrino le con­fiere los caracteres de la necesidad y de la evidencia.  (P. Claudel)

El Boileau de las Sátiras es un periodista en verso, así como el autor de Las Provinciales fue un periodista en prosa. (Thibaudet)

Pobrísimo, no sólo de fantasía, sino de experiencia de la vida y de la historia; un hombre que, en el fondo, no tenía nada que decir sino hablar mal de los literatos mediocres. (B. Croce)