Pluto, Aristófanes

Comedia de Aristófanes (450-385 a. de C. aprox.), represen­tada en 388 a. de C. Un buen diablo de ateniense, Crémilo, pobre por ser honrado, topa por la calle con Pluto, el dios de la riqueza, el cual, en figura de un anciano ciego, va errando entre los hombres, y, privado como está de la vista, dispensa sus favores a quien menos los merece. Crémilo, inspirado por un oráculo de Apolo, se pro­pone devolver la vista al numen después de haberlo secuestrado en su casa.

Observa que Pluto, aunque sea un mero démon, es en realidad más poderoso que todos los dioses, porque el dinero es el dueño del mundo; por esto, si el ciego sigue sus bue­nos consejos, y recobra la vista, podrá ha­bitar con los virtuosos y honrados en lugar de hacerlo con los malvados, y gozará de honores superiores a los del propio Zeus. Persuadido Pluto, Crémilo llama a reunión a la gente pobre, especialmente a los hon­rados campesinos, que han vivido siempre en estrechez, con la buena intención de ha­cerlos a todos partícipes de la inminente riqueza. Es particularmente sabrosa la es- cenita del amigo escéptico, que no puede convencerse del inesperado favor y sospecha que aquella novedad esconde algún enredo deshonesto.

Mientras se están ha­ciendo los preparativos, sobreviene la Po­breza, con ropa de mujer, lacerada y maci­lenta, e intenta demostrar, en una discusión rica en observaciones agudas, que la condi­ción que ella ofrece a los hombres es pre­ferible a las comodidades ofrecidas por Pluto. Si las desigualdades económicas no agu­zaran el ingenio, observa la Pobreza, todos se emperezarían en el ocio, no existirían las artes, no se producirían las cosas que hacen la delicia de la vida: ¿Qué placer se obten­dría entonces de ser todos ricos? Pero Crémilo y sus compañeros no tienen oídos para estas razones y, luego de echar a la anciana, acompañan a Pluto al templo de Asclepio, dios de la medicina. Poco después vuelve de allí el criado de Crémilo y, con un re­lato que es una amena caricatura de las supersticiones populares y de los enredos sacerdotales, refiere cómo el numen ha recu­perado la vista. La riqueza entra, por tan­to, en casa de Crémilo; y la segunda parte de la comedia, con el procedimiento habi­tual de Aristófanes, muestra los efectos de los acontecimientos por medio de algunos episodios ejemplares.

Mientras sobre el buen hombre llueve la buena fortuna, sobre­vienen para lamentarse del imprevisto cam­bio que los ha perjudicado, un delator, una vieja viciosa y el propio dios Hermes: en efecto, ya nadie sacrifica a las divinidades olímpicas, y Hermes, para no morirse de hambre, se aviene a servir de criado en la bendita casa de Pluto. Esta comedia es la última, en orden cronológico, entre las de Aristófanes que han llegado hasta nosotros, y por algunos de sus caracteres, como el empobrecimiento de su parte lírica coral, el abandono de la sátira política personal, el predominio del ambiente burgués y de la burla social, señala el comienzo de una fase de transición que conducirá a la co­media nueva de Menandro. En Atenas ya no era posible por aquellos años la liber­tad de palabra que un tiempo había rei­nado, y el lenguaje de Aristófanes se vuel­ve más mesurado.

También la invención experimenta estas condiciones y, privada de la hojarasca del estorbo de las ocurrencias extravagantes e inoportunas en que en otro tiempo se complugo su autor, ordena con coherencia y verosimilitud las escenas den­tro del marco de la alegoría. Con todo, sú­bitas chispas de una comicidad más encen­dida y mordaz, tanto en los episodios como en los tipos, revelan también en esta obra tardía los caracteres de la fantasía de Aristófanes. [Trad. española de Federico Baráibar y Zumárraga en Comedias de Aris­tófanes, tomo III (Madrid, 1880; última edición, 1942), y de R. Martínez Lafuente en Comedias, tomo II (Valencia. 1916)].

A. Brambilla