Piezas en un Acto, Antón Chejov

Come­dias breves de Antón Chejov (Anton Pavlovič Čechov, 1860-1904) adscritas al primer período de su producción. Aniversario de la fundación [Lubilej, 1887] nos presenta al director de un banco que cuando se prepara para la fiesta que le dedica su personal sufre el asalto de unos impertinentes y ex­travagantes sujetos, con los que, al final, se encoleriza. Estalla la pelea y, en el mo­mento más crítico de ella, se presenta el consejo de administración que venía a felici­tar al desdichado director por la perfecta or­ganización de su casa.

En El oso [Medved, 1888], una linda viuda que ha jurado per­manecer eternamente fiel a la memoria del difunto esposo, recibe la visita de un feroz acreedor, de quien solicita vanamente la concesión de una demora para el pago de la deuda. Discuten, las voces suben de tono y ambos antagonistas deciden batirse en duelo. Pero de súbito, el acreedor se siente enamorado de la hermosa dama, el oso se transforma en cordero y la virtuosa viuda cae en sus brazos.

Una petición de mano [Predlozenié, 1888] presenta a un propie­tario rural que acude a casa de su vecino para pedirle a su hija en matrimonio. Am­bos personajes no tardan en ponerse a dis­cutir violentamente con motivo de la pose­sión de un prado, hasta que el pretendiente es lanzado a la calle. La muchacha, toda llorosa, suplica a su pretendiente que vuel­va, y éste obedece para enzarzarse de nuevo con el futuro suegro a propósito ahora de las excelencias de sus respectivos perros. Al final todo se arregla felizmente.

En Una boda [Svad’ba, 1884] tiene lugar el clásico banquete, al cual asisten personas de muy diversa condición, casi todas mediocres. A un agente de seguros se le han entregado veinticinco rublos para que, con esta can­tidad, logre invitar a un general que dé realce a la fiesta. El general se hace espe­rar largo tiempo y, al final, cuando llega, sólo sabe hablar de marina y estrategia, provocando el enojo de todos. Se le ruega que cambie de conversación y el «general» se enfada y pregunta por qué se le da este título, cuando él sólo es un simple coronel. Estupor de todos los invitados. «Pero, en­tonces — pregunta la dueña de la casa — ¿por qué se ha embolsado usted los vein­ticinco rublos?». Y el coronel, rojo de có­lera, se marcha armando el gran escándalo.

Pero Chejov no siempre se complace en esbozar tipos y escenas humorísticas, pul­sando sólo el resorte de la comicidad; a veces, bajo la máscara del humor, se intuye la amargura e incluso la tragedia de la vida. Tal ocurre con el hombre aplastado por el peso de la vida cotidiana que puede reco­nocerse en Trágico a la fuerza y Los estra­gos del tabaco. En el primero de estos en­tremeses (Traguik ponevolé, 1887), un padre de familia cansado de la vida que lleva en la oficina y en su hogar, llega a pedirle a un amigo que le preste un revólver para suicidarse. El desdichado se siente, sobre todo, harto de los innumerables encargos con que continuamente le están mareando su esposa e hijos. El servicial amigo se compadece mucho de él y sólo le pide un pequeño favor: ¿no podría, por casualidad, llevarle a cierta amiga una máquina de coser y una jaula de canario? Él ignora si el pobre hombre se suicidará; lo único se­guro es que, ante la proposición del amigo, estará a punto de morir de cólera.

En el se­gundo, un monólogo (O vrede tabaka, 1886), el esposo de la directora de un colegio pronuncia una conferencia sobre los daños que ocasiona la nicotina. El hombre habla del tabaco, pero, al mismo tiempo, alude a su trabajo en el pensionado, a sus dispu­tas conyugales y a las dificultades de la vida; es decir que, bajo el pretexto de la nicotina, da rienda suelta a su amargura, revelándonos su pequeño drama. En algunos de estos entremeses se abordan incluso si­tuaciones francamente trágicas.

Así ocurre en el Canto del cisne [Lebedinaja pesuja, 1886], donde un viejo actor que ha bebido por la tarde y que se ha sentido enfermo en el teatro después de la representación, conversa con el apuntador, para acabar con­fesándole su miserable existencia de artista viejo, fracasado y privado de afectos. En el camino real, un noble arruinado por su mu­jer, convertido en vagabundo, encuentra a su antiguo cochero, que le invita a beber y cuenta a los labriegos la- historia de su amo. La esposa infiel entra a calentarse, mientras el conductor del trineo va a repa­rarlo. Interpelada por su marido, la dama lo trata con el más humillante despre­cio y uno de los asistentes se lanza con­tra ella para matarla, hasta que la mujer logra escapar. Estas obras juveniles brin­dan el gran interés de mostrarnos el realis­mo de Chejov en vías de revelarse y afir­marse y aunque pueden registrarse, a efec­tos escénicos, elementos que no encontraremos en sus obras futuras, ya se nos mues­tra aquí claramente el carácter esencial de su arte: abstenerse de montar una intriga para recrearse en «escenas de. la vida» cui­dadosamente estilizadas. Nada mejor, para este designio, que el marco del teatro de carácter popular.