Los Caballeros, Aristófanes

Comedia de Aristófanes (450-385 a. de C.), representa­da en Atenas en el año 424 a. de C. La fábula no es más que un pretexto para un ata­que a fondo contra la democracia ateniense y su jefe, el curtidor Cleón. Según era cos­tumbre en la comedia ática antigua, el poe­ta no introduce al descuido en escena las cosas y personas que pretende fustigar, antes bien las señala mediante transparentes ca­ricaturas y una alegoría llena de fantasía, entretejida con casos extravagantes y gro­tescos. Sin embargo, la realidad aflora con­tinuamente a través de toda la trama de la ficción, y a menudo el símbolo cede brus­camente el puesto a la cosa simbolizada, dando lugar a efectos cómicos y a una mezcla de lenguaje propio y figurado, lo que constituye algunos de los principales rasgos del arte de Aristófanes. El pueblo ateniense es aquí simplemente un perso­naje, con el nombre de Pueblo y aparece como un viejo chocho, fácilmente tiranizado por los más astutos de sus escla­vos. Cleón viste el traje de un esclavo paflagón, el cual, explotando con la adulación y los halagos las debilidades de su dueño, y haciéndole creer que sólo vela por los intereses domésticos, procura únicamente adquirir poderío y dinero. Otros dos escla­vos, fieles y descontentos, con los que se quiere disimular a los generales Nicias y Demóstenes, andan buscando cómo podrán expulsar de la casa a su rival, y se dirigen a un vendedor de salchichas que pasa por la calle. El tal salchichero es una persona más ruin y vulgar todavía que el paflagón.

Está falto de toda instrucción y carece totalmente de competencia para las cosas públicas, pero tiene la lengua larga, la con­ciencia elástica y la cara dura. Es precisa­mente el tipo apropiado para señorear el pueblo. Así encauzada, la comedia se des­arrolla en un largo contraste entre el paflagón y el salchichero. Ambos pretenden aventajar desgañitándose y ganarse las gracias de Pueblo con intervenciones de toda suerte. Los detalles de la vida domés­tica son llevados a estas escenas con una simbología cómica pero aguda, que traza un cuadro de la vida pública ateniense du­rante el turbio período de la guerra del Peloponeso. El vendedor de salchichas es sostenido por el coro, compuesto de caba­lleros. Eran éstos una milicia ciudadana elegida entre jóvenes nobles y acomoda­dos y por esto de tendencias aristocráticas; el conservador Aristófanes veía en ellos a los custodios de los sanos principios del buen tiempo antiguo. En este caso, cabría pre­guntar: ¿cómo se ponen de parte del inno­ble salchichero? Y ¿por qué, cuando éste finalmente ha obtenido el triunfo con artes todavía peores que las de su rival, compa­rece Pueblo en escena rejuvenecido gra­cias a los cuidados del nuevo sirviente, con un espléndido vestido que simboliza las anti­guas costumbres, de manera que la comedia termina triunfalmente con una perspectiva de bienestar y de paz? Puede responderse que en un mundo corrompido es menester combatir a los enemigos con sus propias armas; en efecto, la figura del salchichero podría significar que para tener éxito entre el pueblo, es conveniente ser lo más vil posible. Y el pueblo, a su vez, no es tam­poco tan bobo como quiere hacer creer; le gusta ser adulado y servido, pero espera que los demagogos engorden para meren- dárselos.

Pero, en realidad, Aristófanes se complace en chancearse de sus propias in­venciones. En el fondo de su comicidad hay un sutil pesimismo que le impide creer que exista un remedio radical para los males presentes. Por esto en sus escenas, del mismo modo que la invención cómica oculta la intención seria, la seriedad acaba muchas veces en la chanza extravagante y en la pura bufonería. El propósito del poeta no es ser coherente; su principal deseo es desahogar su pasión partidista y su odio contra el detestable Cleón. Pero su finura irónica le mantiene por encima de la mez­quindad; y la comedia, prescindiendo de las contingencias históricas en que vio la luz, sigue siendo una de las más divertidas sá­tiras políticas de todos los tiempos.

A. Brambilla