Epidico, Tito Maccio Plauto

[Epidicus]. Comedia que gira en torno a Epidico (v.), uno de sus personajes mejor logrados. Esclavo astuto y de inagotables recursos, recibe de su joven amo, Estratipocles, el encargo de buscarle durante su ausencia, causada por la gue­rra, una esclava flautista, de la que está enamorado. Epidico simula entonces que el anciano padre de Estratipocles, Parifanes, había tenido, de unos antiguos amores con una tal Filipa, una hija, que es precisa­mente la flautista, a quien él ahora tiene el deber de rescatar y llevar a su casa.

Pero el joven vuelve de la guerra con otra es­clava, comprada con dinero tomado a usu­ra, y Epidico tiene que inventar un nuevo ardid para obtener la suma que hay que devolver al usurero: hace creer al anciano que, para alejar aquella mujer de su hijo, hay que comprarla y volverla a vender a un soldado rodio que, como está enamorado de ella, sin duda la comprará. La doble estratagema queda descubierta cuando el soldado rodio, al cual se muestra la otra esclava, no reconoce en ella a la joven de quien está enamorado; mientras Filipa, mandada llamar para que reconozca a su propia hija en la flautista rescatada, afirma no haberla visto jamás. En este momento parece que la suerte de Epidico está sella­da, ya que el viejo airado amenaza con castigarle.

Pero en aquel preciso momento, el astuto siervo reconoce en la segunda esclava precisamente a la hija de Parifanes y Filipa. La casualidad ha hecho que la invención del esclavo responda a la reali­dad y que, si no en la primera esclava por lo menos en la segunda, encuentre el viejo Parifanes ahora a la hija natural que había perdido tantos años antes. Epidico obtiene no sólo el perdón, sino la libertad. De este modo queda definido, en toda su extraordi­naria vitalidad, un personaje glorioso des­tinado a ser la más pura expresión del tea­tro itálico v a sostener su fortuna durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Epidico es una inmediata creación del mundo plautino: nace de una estirpe genial y canallesca, que no posee otra riqueza que su inge­nio y está exaltada por la conciencia de que no tiene nada que perder, y conoce además perfectamente a aquella sociedad que le desprecia y rechaza, pero que le necesita, a él y a su libertad, para no ahogarse en las mismas leyes que se ha impuesto.

Su poe­sía, y quizá su drama, residen en la nece­sidad de inventar y mentir, no para hacerse ilusiones ni para obtener ningún beneficio, sino para obligar al mundo oficial a vivir en una realidad desconcertante e improvi­sada, impuesta por él, y a ceder ante su alegre desvergüenza. Toda esta comedia, igual que las mejores comedias plautinas que repiten este personaje en varias moda­lidades, vive de este juego en el que la verdad de los hechos y la de la fantasía, lo real y lo absurdo, parecen desafiarse en­carnizadamente para aplacarse luego en una conclusión benévola y pacificadora, sobre la cual se aleja el eco de una carcajada.

F. Della Corte

Amo a mi Epidico tanto como a mí mis­mo, pero no veo de tan mala gana ninguna otra comedia como ésta, cuando la representa Pollón. (Plauto)