El Cementerio o Los Epitafios Alegres, Gianfrancesco Loredan

[Il Cimiterio o Gli epitafi giocosi]. Después de las Bromas geniales (v.), es, entre las obras del senador e inquisidor véneto Gianfrancesco Loredan (1607-1661), la que alcan­zó mayor fama y mayor número de traduc­ciones, siendo a la vez una de las produc­ciones setecentistas que representan con mayor crudeza la moralidad y el gusto del siglo en su aspecto inferior. Se trata de cua­tro centenares de epigramas alegres en for­ma de epitafios («Aquí yace» o «Aquí de­bajo»), todos de la misma forma y de la misma extensión (una cuarteta de endeca­sílabos con rimas cruzadas), que según el autor afirma en el prólogo, fueron com­puestos en tres días, pero que en verdad salieron en varias veces, enriqueciéndose poco a poco, hasta que en 1654 fueron todos recogidos con otro centenar en el que había colaborado bastante el veneciano Pietro Michiele. La obra tuvo gran difusión inclusive en el extranjero durante todo el XVII y más tarde también sacaron mucho de ella los epigramistas posteriores. Más de uno de es­tos «epitafios» circularon atribuidos a otros poetas; y uno de los más agudos y desen­vueltos se le atribuyó a Giusti: «Yace en esta tumba un hablador tan grande / que con su hablar ensordeció a la gente; / aunque él enmudezca eternamente / nunca podrá borrar cuanto habló» (III, 30). Por otra parte, Loredan no hizo sino conden­sar aquí en cuatro ágiles endecasílabos, dos cuartetos octosílabos españoles. Éste es generalmente su modo ordinario de proceder.

En verdad, el «subgénero» de «epitafios ale­gres» había venido formándose durante el siglo XVI, por un lado con el «género» de los epitafios serios en verso, y por otro con el más amplio «género» de los epigramas sa­tíricos y alegres. Loredan no hizo más que reducir a método lo que antes era agu­deza anónima y dispersa, acentuando el as­pecto alegre, y el contraste entre el asunto fúnebre y la risa necia. Cerró así, con su autoridad, el tipo, «congelándolo», en la forma y en la sustancia, hasta las tardías imitaciones de la polémica clerical y anti­clerical ochocentista. Nadie, sin embargo, al­canzó como él la casi increíble deshonesti­dad, el gusto corrompido y purulento de ciertos epitafios del poeta véneto. Con mucho trabajo podemos salvar hoy una quin­cena, en su mayor parte de carácter sa­tírico, y de ningún modo nos interesan por el lado histórico-cultural aquéllos, violen­tos y numerosos, contra los españoles, do­minadores de la Italia del siglo XVII, contra sacerdotes y frailes, «sentina de errores», contra Masaniello traidor, ahora se diría, de la democracia; ni tampoco los en favor de Wallenstein, o bien contra los italianos que tontamente iban a dejar la vida más allá de los Alpes en favor de intereses extran­jeros. Demasiado a menudo la punta satí­rica se atenúa con una chanza de gusto ale­gre, y el atrevimiento se acompaña de una prudencia improvisada: «porque también daña a los muertos decir la verdad» (II, 63).

B. Chiurlo