Cantos Carnavalescos, Lorenzo de Médicis

[Canti carnascialeschi]. Era costumbre en Florencia, durante el Carnaval, disfrazarse y andar de calle en calle cantando baladas. Lorenzo de Médicis (1449-1492) perfeccionó esta cos­tumbre, inaugurando los carros alegóricos que han perdurado hasta nuestra época y componiendo él mismo las palabras de este nuevo género de canciones de baile, el can­to carnavalesco. Se produjeron así masca­radas de profesiones, de divinidades paga­nas, de antiguos héroes y de personajes sim­bólicos. Parece ser que la primera fue la de los «Vendedores de bollos y pasteles» [«Venditori di bericuocoli e confortini»!, con letra de nuestro autor y música de Arrigo Tedesco, maestro capellán en San Loren­zo. Siguieron el de las «Muchachas y las cigarras» [«Fanciulle e delle cicale»], dia­logada; la de los «Barquirellos» [«Cialdonai»] y las de los «Ermitaños» [«Romiti»]. No puede decirse con seguridad cuál de los atribuidos a Lorenzo le pertenece. Casi to­dos esconden alegorías obscenas y repiten el acostumbrado tema del Renacimiento, la exhortación a disfrutar la juventud y el amor antes que sea tarde. Artísticamente los Cantos carnavalescos de nuestro poeta tienen características similares a las Baladas (v.) juguetonas.

Metro breve, heptasílabos y octosílabos, vivaces y huidizos, ritmo di­námico, figuraciones rápidas y ligeras, ma­quetas, bocetos. Pero la busca del doble sentido mata en general la poesía. Sin em­bargo algunos cantos están magistralmente compuestos, con movimientos garbosos, flui­dez del verso, espontaneidad de imágenes: el de los «Galantes de Valencia» [«Galanti di Valenza»], la «Canción de los siete pla­netas» [«Canzone dei sette pianeti»], donde la invitación al amor encuentra acentos más cálidos que de costumbre y sobre todo la «Canción de las cigarras» [«Canzone dellicicale»], ágil, movida, de diálogo desen­vuelto, un verdadero charloteo. Uno solo se eleva por encima de los demás, la obra maestra del Médicis, el Triunfo de Baco y Ariadna (v.) con aquel « ¡Qué bella es la juventud / que sin embargo huye!» [«Quant’é bella giovinezza / che si fugge tuttavia»], que quedó como grito simbólico de una épo­ca. La importancia de los Cantos no es sólo artística: justamente la tradición le confiere el símbolo de una época. Aquí la personali­dad del Magnífico desaparece; como si el mis­mo pueblo hubiese compuesto estas poesías que sólo se pueden imaginar cantadas por un coro festivo: embriaguez de juventud, de alegría, de amor, que fue el sentimien­to dominante de la Florencia del siglo XV.

E. Rho

Es el cinismo de Boccaccio que ha lle­gado a la plaza y es llevado en triunfo. (De Sanctis)

En Lorenzo de Médicis el amor por el goce como condición cotidiana se tiñe de melancolía y crea un pretexto ético: el «co­lor de perla», tomado del siglo XIII, al que él tanto amó, se viste con una resignada moral del «carpe diem», reduce el ideal de existencia a la fórmula de la fugaz juventud. (M. Bontempelli)