Vida de Brunellesco, Anónimo

[Vita di Brunellesco]. Biografía anónima atribuida a Antonio di Tuccio Manetti (14-23-1497), publi­cada por primera vez en un códice Magliabecchi en 1812 y recientemente al cuidado de E. Toesca en 1927; es el documento más antiguo e inmediato de la vida del gran arquitecto, escrito por un contemporáneo que lo conoció y le habló («e conobbilo e parláigli»).

Va dirigida a su amigo Gerolamo, probablemente identificable con Giro- lamo Benivieni, conocido seguidor de Savo­narola. Escrita en florentino y a la manera desenfadada de quien trata con artistas, esta Vida atribuye a Filippo las grandezas que le serán reconocidas por la Historia. Sobre el fondo del gran preludio del Renacimiento vemos desfilar a Donatello, Masaccio, Paolo Uccello, Michelozzo, Ghiberti. El anónimo autor no es sólo un literato, sino un enten­dido en arquitectura que narra las obras maravillosas del maestro, desde su comien­zo infantil como joyero hasta el laborioso nacimiento de la cúpula florentina que, como sucedió en realidad, ocupa la mayor parte de la Vida. Los momentos dramáticos y humanos están captados con un vigor al que nada sabrá añadir la prosa de Vasari, que se sirvió abundantemente, como fuente de información, de esta obra. «Yo no he sa­bido [hacerlo] tan bien — dice Brunellesco, después de su fracaso en el concurso para las puertas de bronce del baptisterio floren­tino — y será bien ir a Roma para ver don­de sea buena la escultura». Y a Roma se va, donde, con Donatello, se entrega a un estu­dio desesperado de la estatuaria y, mucho más aún, del modo de construir de los anti­guos.

Es el anónimo que recoge la leyenda (o verdad) de los «buscadores del tesoro», pero el momento central, como se ha dicho, es la edificación de la cúpula florentina. Ambición de los ciudadanos, suspicacias de los Cónsules de la lana, grandes envidias entre artistas no menos grandes, que en cierto sentido provienen de toda Europa, porque la república ha interesado, en todas partes donde se hallen sus mercados o sus embajadores, por aquella obra atrevidísima. Finalmente, después de tantas incertidumbres se confía a Brunellesco aquel trabaja (1420), pero se le pone al lado a Lorenzo Ghiberti (a quien, por lo demás, la crítica se inclina a atribuir una importancia mayor de la que le dio la tradición, sobre la base de nuevos estudios en los documentos efec­tuados por Sampaolesi), que, compañero indeseable, lo acompaña hasta el año 1443; momento en el cual Filippo es oficialmente reconocido como único inventor y director de la cúpula que, antes de la muerte del artista, recortará sus perfiles en el cielo- toscano. En opinión del anónimo autor, Brunellesco es el hombre nuevo que ha aprovechado la sabiduría de los antiguos, pero, sobre todo, es el constructor de las mil sagaces iniciativas: el iracundo, mor­dacísimo, férreo Filippo.

Mordacísimo y burlón no sólo para su indeseable compa­ñero, sino hasta para Donatello, cuya labor en las puertas de la Sacristía Vieja en San Lorenzo él vitupera. También esta Vida registra trozos de la crítica artística de su tiempo y el anónimo, como introducción a la obra de Filippo, no deja de trazar la historia del modo de levantar muros, des­de los antiguos en adelante, con ingenuo y fervoroso sabor humanista. Esta Vida pasa reseña a todas las obras de Brunellesco, pero no habla de la Capilla Pazzi, ni del Palacio Pitti. Por esto, además de por otras razones de archivo y documentarías, se piensa que ha llegado mutilada a nuestras manos. Es de notar que a Manetti se le atribuye tam­bién la última y mejor redacción del Cuen­to de Grasso, el carpintero (v.), la burla feroz gastada por Filippo a Ammannatini.

S. S. Ludovici