Sátiras de Lucilio

[Saturae]. Bajo el nombre de «satura» se comprendían en la literatura latina arcaica varios géneros de composiciones. La «satura» más antigua, dramática, según el testimonio de Livio, constituyó la primera representación regu­lar teatral, compuesta de poesía, música y danza, y fue denominada «satura» preci­samente por su abundante variedad («saturitae»); a ella sigue la sátira literaria, así llamada por la variedad de los temas y metros, cultivada, entre otros, por Ennio y transformada y fijada por Lucilio en una forma estable, viniendo así a constituir un género en sí, que es uno de los más carac­terísticos de la literatura latina.

Las Sátiras de Cayo Lucilio (h. 180-101 a. de C.) fueron recogidas y ordenadas con criterio métrico en treinta libros: de éstos el autor había publicado sucesivamente los libros XXVI- XXX conteniendo las sátiras en septetas tro­caicas y sextetas yámbicas, y hacia el fin en hexámetros dactilicos, y el grupo de los libros I-XXI en hexámetros; en los restan­tes libros, XXII-XXV, de los que solamente se han conservado escasos fragmentos, pare­ce prevalecer el verso elegiaco; estas pie­zas fueron añadidas postumamente al «corpus» de la obra de Lucilio. Esta colección, bastante famosa y estudiada en la Antigüe­dad, se perdió y no fue ya nombrada des­pués del siglo IV de la era cristiana, de modo que nuestro conocimiento directo de Lucilio se limita a los fragmentos transmi­tidos en distintas ocasiones, por oradores, poetas y eruditos, que en total forman poco más de mil trescientos versos.

Son diversas y numerosas las críticas y los juicios que los antiguos nos han legado de él: Juvenal y Persio, en forma y puntos de vista distin­tos, le señalan como su fuente y su inspira­dor; Cicerón, Quintiliano y los gramáticos, se ocuparon de él con frecuencia y extensa­mente; Horacio, mientras de una parte re­conoce en él su modelo (II, 1, 28), por otra (I, 4, 8) le reprocha el descuido de su es­tilo y nos informa también (II, 1, 39) en forma general sobre los argumentos de sus sátiras: «En las sátiras de Lucilio, como en una tablilla votiva, se nos muestra toda la vida de su antiguo autor»: Aunque for­mara parte del partido oligárquico, Lucilio arremete contra quien, como Metelo y Lupo, utilizaba como blanco las injusticias de los privilegios senatoriales, y hace resaltar fre­cuentemente (fragm. de los libros II, IV, V y IX) la corrupción de la nobleza romana, que veía mucho más grave en contraste con el rígido ideal de virtud que él había aprendido del estoico Panecio (frag. 1.326- 1.338, sát. II, 1, 75).

Lucilio se ocupó asi­mismo (frag. del libro IX, en los que ha­llamos, entre otros, algunos motivos polé­micos contra la reforma ortográfica de Accio) de problemas de gramática y retóri­ca, y en este terreno demuestra, como en muchos otros, su vasto conocimiento de la literatura, de la filosofía y de la retórica griegas. De asuntos particulares tratan las sátiras del libro III, imitadas después por Horacio (Sátiras, I, 5), en las que Lucilio describe un viaje que realizó a Sicilia, y del XXI, donde, como Horacio (II, 8), narra los acontecimientos registrados en un ban­quete en casa del pregonero. Granio; de asunto amoroso parece haber tratado el libro XVI, dedicado a una mujer llamada Collyra. Carácter elegiaco, por el metro y por su contenido, parece en fin que tu­vieron los libros XXII-XXV, compuestos por Lucilio en Nápoles, adonde se había trasladado para atender a su delicada salud en los últimos años de su existencia. Desde el punto de vista moral, Lucilio, educado en la lectura de los clásicos y particular­mente de los comediógrafos griegos, con los cuales presenta numerosos puntos de contacto, y en la filosofía estoica neoacadémica, se vale de la invectiva y de la pa­rodia con el fin de mejorar las costumbres y de hacer amar la virtud. Trad. italiana de E. Bolisani en Lucilio y sus fragmentos (Padua, 1932).

C. Schick

Merced a Lucilio la vida vivida entró, por vez primera, en una obra de literatura poética desarrollada en una serie de cua­dros, bocetos y diálogos que formaban co­mo una vasta, aunque confusa, representa­ción de un mundo presente y real. Desde este punto de vista la obra de Lucilio al­canzó una amplitud que los tiempos y los escritores sucesivos no concedieron a la sátira: si bien ésta permaneció, en la for­ma y en la sustancia, tal cual Lucilio la había creado.  (C. Marchesi)