Poema de Pentaur, Anónimo

Bajo este título convencional se conoce una composición celebrativa, escrita para glorificar la gesta de Rames-sese II (dinastía XIX, 1301-1234 a. de C.) en las jornadas de Qidsa (Qades) en el año. V de su reinado.

No podemos ver en Pentaur al autor de la composición; con este nombre reconocemos, en cambio, al copista a quien debemos el texto transmi­tido por el papiro Sallier III. Tampoco es adecuada la calificación de «poema»; debe compararse más bien a las composiciones o himnos escritos para celebrar a un sobe­rano, de los que en la literatura egipcia tenemos notables ejemplos; citemos, entre tantos, los himnos triunfales para Zenwósre III (dinastía XII, hacia 1968-1930 a. de C.), para Thutmóse III (dinastía XVIII, 1490-1436 a. de C.). El desconocido autor, contemporáneo de Rames-sése II, procede con ímpetu lírico y con gran habilidad al narrar los hechos — a pesar de imprecisio­nes e inexactitudes apreciables — y al des­arrollar los dos temas del Poema: la glori­ficación de la figura del joven soberano combatiente, y la exaltación del patrocinio y el poderío de Amón, el dios máximo del Egipto de la época y de las dinastías tebanas.

El Poema gustó al mismo Rames-sése, quien cuidó de su difusión. Lo hizo repro­ducir varias veces, junto con bajorrelieves relativos a episodios de la batalla, sobre los muros de edificios monumentales: los tem­plos de Karnak y Luxor, el Memnonium de Abidos, el Ramesseum, y el gran templo de Abu Simbel en Nubia. Han llegado hasta nosotros copias manuscritas gracias al pa­piro Sallier III — dado a conocer por una sucinta noticia de Champollion (1828) y, más tarde, por un escrito más extenso y cuidado del italiano Salvolini (1835)—y a los papiros Raifet y Chester Beatty. El pue­blo de los hititas, situado en el Asia Menor, en el territorio más allá del Tauro, se ha­bía extendido paulatinamente hasta chocar con las fronteras de la zona de influencia del imperio egipcio en Siria. En tiempos de Rames-sése los hititas habían reempren­dido con mayor empuje la marcha hacia el Sur. Con hábil maniobra habían tratado de establecer sólidas alianzas con otros pue­blos de Siria, cuyos nombres conocemos por el Poema. Rames-sése II creyó oportuno oponerse con la fuerza al movimiento que empezaba a ser amenazador. El encuentro entre los egipcios y los hititas con sus con­federados tuvo lugar en Qidsa (Qades), ciu­dad fortificada cerca del río Orontes.

En su quinto año de reinado, el noveno día del segundo mes de la estación estival, Ramessése II con cuatro divisiones dejaba atrás el último puesto fortificado de la frontera egipcia. El faraón remontó el valle del Orontes y lo vadeó cerca de Qidsa, donde, sin saberlo él, se efectuaba la reunión de los hititas y de sus confederados, «llegados desde la extremidad del mar — leemos en el Poema—, numerosos como las langostas, como las arenas». El grueso del ejército aliado pudo cercar y retardar a una divi­sión todavía en formación de marcha; dos espías hititas que se dejaron sorprender por las vanguardias egipcias, habían dado la falsa noticia de que los hititas estaban muy lejos. Las restantes tres divisiones se­guían más atrás. Rames-sése, que precedía a su ejército, había establecido su campa­mento en las cercanías de la ciudad. Adver­tido del peligro inminente, se armó y saltó sobre su carro de combate al que estaban enganchados los dos caballos «Tebas que­dará victoriosa» y «Mût en alegría».

Ante su vista apareció súbita y distintamente la masa del ejército adversario, constituido por tropas montadas en dos mil quinientos ca­rros. Desde este punto el texto continúa en primera persona. El joven rey com­prueba que ningún príncipe egipcio, jefe ni combatiente en carro, está con él. Ar­diente surge de su boca la invocación a Amón: «¿Dónde estás padre mío, Amón?» Recuerda al dios que no pudo hacer nada grande en el pasado sin su ayuda. Enumera los templos y obeliscos elevados en mármol precioso, las numerosas naves que recorren los mares para arrancar de tierras lejanas los ricos e infinitos tributos a él destinados. «Ahora estoy solo en medio de los enemi­gos, abandonado por mis soldados. Sin em­bargo, Amón me servirá más que innume­rables soldados… Hélo aquí: me alarga el brazo. Vuelvo a encontrar mi corazón. Exulto, mientras me dice: ‘¡Adelante, ade­lante, estoy a tu lado, yo, tu padre! ¡Mi brazo está contigo y te sirvo más que innu­merables soldados, yo, el Señor de la vic­toria, el que ama la victoria!’» Los adver­sarios retroceden y caen en confusión, en las aguas del Orontes.

El jefe de los hititas, en el centro de la formación, admira al combatiente solitario que se lanza contra una masa abrumadora de enemigos estu­pefactos; el poeta lo compara al grifo enfu­recido, al halcón que penetra en la espesura, hace una carnicería y nadie puede escaparle. Figura secundaria, hábilmente co­locada al lado del combatiente invencible para hacer resaltar más viva su valerosa personalidad, es el asustado auriga del faraón, el espectador admirado de todas sus inenarrables proezas. Las tropas egipcias llegan al lugar del combate cuando es ya manifiesta la derrota de los confederados y elevan un himno de alabanzas al faraón, quien les reprocha e incita con el elogio que dirige a sus gallardos caballos, a quie­nes de ahora en adelante alimentará con sus propias manos. Al día siguiente vuelve a trabarse la batalla; la serpiente áurea, que todo rey egipcio llevaba en la parte delan­tera del yelmo, arroja fuego sobre los rostros de los enemigos.

Uno de ellos no puede contenerse y dice a su vecino: «La diosa sahme (v.) está con él sin duda alguna. Quien se le acerca, ve que sus miembros se vuelven ceniza». Acaban por besar la tierra ante Rames-sése y, junto con sus hombres, el jefe adversario se da por ven­cido. A la mirada del historiador, los com­bates de Qidsa sólo fueron un sencillo epi­sodio del duelo que unos años más tarde terminaba con un tratado establecido sobre un pie de igualdad, del que quedan diversas copias en las lenguas de ambos pueblos Combatientes.

E. Scamuzzi