Pigmalión, George Bernard Shaw

La leyenda del escultor chi­priota Pigmalión, que se enamora de su propia estatua Galatea y la ama tanto que le infunde vida (mediante la intervención de Afrodita), para luego hacerla su esposa, ha llegado a nosotros desde los mitos grie­gos, a través de diferentes versiones, de las cuales la más difundida se encuentra en las Metamorfosis (v.) de Ovidio.

Varios poe­tas la han adaptado al tema de sus obras, modificándola y haciéndola vivir sobre todo en su significación simbólica. En Inglaterra, aparte el poema La me­tamorfosis de la estatua de Pigmalión [The metamorphosis of Pygmalion’s image], de John Marston (1575-1634), publicado en 1598, y de Pigmalión y Galatea [Pygmalion and Galathea], comedia de William Schwenk Gilbert (1836-1911), dada a conocer en 1871, la versión más importante de la vieja leyenda es la obra teatral de George Bernard Shaw (1856-1950), titulada Pygmalion, pu­blicada en Londres el año 1912 y represen­tada en París en 1923. Shaw encuentra en el tema campo abonado para explotar su reconocida afición por la paradoja. El pro­tagonista, Higgins, es un hombre joven todavía, un poco original, que vive despreocupado y holgadamente y que se ha especia­lizado en el estudio de la fonética.

Un día se tropieza con una florista cuyo desgarrado acento barriobajero hace surgir en él la idea de llevar a cabo un incitante experi­mento. La muchacha, que no carece de belleza, se llama Elisa. En el curso de una entrevista, Higgins le propone corregir sus vicios de dicción y ella acepta seguir sus lecciones. Higgins se aplica a la apasionante tarea, y la joven, que no es nada tonta y muestra asiduidad por el estudio, hace pro­gresos asombrosos. Cuando Higgins la juzga ya bastante instruida, la presenta en socie­dad. El éxito es fulminante: nuestra florista se expresa como una refinada duquesa. Pero toda medalla tiene su reverso. Como espe­cialista aferrado a sus hábitos, Higgins no se ha dado cuenta de que, en resumidas cuentas, la fonética realza la gramática y que, en este sentido, Elisa está capacitada para infundir animación y vida a los “nue­vos matices del lenguaje. Quien enseña la articulación enseña al mismo tiempo a sen­tir y a pensar.

Sin saber registrar este hecho, Higgins encuentra que ha trastor­nado la íntima naturaleza de su alumna, haciendo aflorar en ella un ser que, cierta­mente, promete mucho, pero que se desgarra a sí mismo, al verse sumido en un caos de sentimientos de dificilísima superación; una situación altamente patética. La crisis llega a su punto culminante cuando Elisa se da cuenta de que sólo ha sido para Higgins objeto de un experimento. Al percatarse de que ocupa un lugar tan secundario en el corazón de su maestro se desconcierta por completo y busca refugio en casa de la madre de Higgins. Salta a la vista que se siente perdidamente enamorada de éste. Simpatizando con ella, la excelente señora sale en defensa de la joven, hasta el ex­tremo de censurar a su propio hijo. Final­mente, parece que Elisa acepta volver al lado de Higgins, sin hacerse, con todo, muchas ilusiones sobre la posibilidad de llegar a ser algún día su mujer legítima. Pygmalion es, sin duda, una de las mejores comedias de Bernard Shaw.

Aquí, como en la mayoría de sus obras, Shaw hace gala de su espíritu polemista y de ese humor suyo ligeramente estridente; pero, en este caso, la dialéctica se humaniza, recubriéndose de un senti­miento de ternura: el que el autor expe­rimenta por su criatura literaria. [Trad. cas­tellana de Ricardo Baeza (Buenos Aires, 1943), y adaptación catalana de Joan Oliver (Barcelona, 1957)].