Piezas para Clavicémbalo, François Couperin

[Pièces pour clavecin]. Son cerca de doscientas cincuenta, agrupadas en veinti­siete «órdenes» y en cuatro libros (1713, 1716, 1722 y 1730). Lo que ante todo llama la atención en estas piezas son sus títulos.

Después de haber dado vida en la ópera a la escena psicológica, el genio francés intelectualista y raciocinador, en su afán de explicarlo todo por medio de la escuela de los clavicembalistas, hace otro esfuerzo para arrancar la música de la indetermina­ción y volverla al canon de la estética clá­sica: la imitación de la naturaleza. He aquí por lo tanto en estas piezas de François Couperin (1668-1733) retratos de personas («La Bersane», «La Morinète», «La Croûilli ou la Couperinète», «La fine Madélon» y «La douce Jeanneton», etc.) o bien boce­tos psicológicos («La séduisante», «L’enga­geante», «L’insinuante», «La flatteuse», «La voluptueuse», «L’attendrissante», «L’évapo­rée», «L’ingénue», «L’étincelante», «La ga­lante», etc.).

Otras veces tenemos descrip­ciones realistas y onomatopéyicas («Les tri­coteuses», donde el continuo rumor de unas pocas notas imita el de unas charlatanas y laboriosas mujeres; «Les tours de passepasse», «Le tic-toc-choc ou les maillotins», «Les tambourins», «Les petits moulins à vent», etc.) o bien escenas mitológicas y galantes («Le dodo ou l’amour au berceau», «Les gondoles de Délos», «Les langueurs tendres», «Le carillon de Cithère», etc.). No siempre las referencias de los títulos resul­tan claras, y entonces tenemos intuiciones de sorprendente modernidad, como aquellas «Barricades mistérieuses», especie de pesa­dilla musical. Algunas veces varias piezas se reúnen para formar una especie de poe­ma descriptivo (v. Fastos de la grande y antigua Ministrilería). Con todo, si esta ten­dencia psicologizante e intelectualista con­tribuía poderosamente a dirigir la música instrumental hacia la expresión, encerraba, sin embargo, en sí un equívoco peligroso, puesto que sustituía por un descriptivismo objetivo la ulterior expresión que es propia del arte, y tendía a descuidar los valores estrictamente musicales en favor de suges­tiones literarias.

Pero esto raramente ocu­rre en Couperin, porque fue ayudado por una poderosa musicalidad, aunque dentro de los límites de una gracia galante y cortesana: basta echar una ojeada a las exageraciones descriptivas de sus epígonos, para persuadirse de ello. Couperin, en cam­bio, fue salvado no sólo por la envidiable vivacidad rítmica de sus inspiraciones, sino también por su apasionado interés técnico hacia el instrumento, del cual fue un teó­rico, y por su despierta inteligencia y las experiencias musicales contemporáneas. En efecto, ha sido un transmisor eficaz de cul­tura musical. Muy influido por el gusto italiano (v. Apoteosis de Corelli), influyó a su vez poderosamente sobre J. S. Bach.

M. Mila

Couperin creó un estilo y una técnica per­sonales. Como Chopin, Couperin es grande no sólo porque su genio creador supo escri­bir para su instrumento, sino, sobre todo, por lo mucho nuevo que supo obtener de él… Sus piezas para clavicémbalo dan una línea sostenida y rica de lirismo, armonías fuertes y seductoras, intensidad de expre­sión, riqueza de atmósfera: cualidades todas ellas que sólo pertenecen a Couperin. (W. Landowska)