Las Canciones de la Gesta de Ultramar, Gabriele D’Annunzio

[Le canzoni della gesta d’oltremare]. Son diez canciones de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), publicadas en 1912, como IV libro de las Laudes del cielo, del mar, de la tierra y de los héroes (v.), ti­tulado Merope (v.). Escritas en ocasión de la guerra de Libia, pueden ser calificadas de poesía de circunstancias, no en el sentido goethiano de la palabra, pero tampoco con fácil desprecio; porque su verdadera ocasión no es la periodística necesidad de la propa­ganda, sino el sentimiento que exaltó a la sazón al poeta de haber sido él quien anun­ció y casi preparó, en tiempos de decadencia y de olvido, la Italia de los nuevos tiempos guerreros. Por esto todo el libro, en el texto, en el epígrafe y en las notas, cita pasajes del libro de Electra (v.), y podría citar otros de la Armada de Italia, de las Odas Navales (v.), del Más que el amor (v.) y de la Nave (v.). Pero esta exaltación, si atesti­guaba con buen derecho el gran patriotis­mo del ciudadano, volvía a atar el poeta a los motivos menos auténticos de su poe­sía, los encomiásticos, y superhumanos pre­cisamente ahora que el tema superhumano, con su relativo tono «ore rotundo», desde Fedra (v.) y Tal vez sí, tal vez no (v.) hasta las coetáneas Chispas del mallo (v.), se le iba escabulliendo cada vez más como tono de poesía, buscando ésta, en cambio, en los tonos secretos, de ansia, de misterio y de sombra.

Por lo tanto tenemos que acusar a su apresurado entusiasmo, pues le impidió que se acercara a su nueva musa, si los antiguos temas patrióticos y superhumanos pierden incluso la novedad métrica y esti­lística del libro de Electra, tan viva, por ejemplo, en la Canción de Garibaldi, como también la fría gravedad que condujo, como si se tratara de un ejercicio de estilo, los sonetos de la Ciudad del Silen­cio; contándose con una sucesión de fáciles y siempre iguales tercetos rimados, con su­perabundancia de impetuosidad. Es una po­bre compensación a esta barata oratoria la metódica erudición que pasa continuamen­te del presente al pasado para buscar otras glorias que celebrar, y señales e incitacio­nes para el hoy; pobre compensación, y mal fundido, con lo demás, el habla erudita de los documentos consultados a propósito, según un gusto marginalmente sensual que ya se afirmó en el lenguaje purista de la Vida de Cola de Rienzo (v.), en el francés del Martirio de San Sebastián (v.), pero aún menos en su sitio aquí, donde la ins­piración quisiera ser histórica en el sentido éticamente robusto de la palabra. Sin em­bargo, no sería acertado el juicio negativo sin salvar, más y mejor que el timbre sin­cero de la oratoria, si no el de la poesía, los muchos lugares donde antiguos temas, o paisajistas, o crudamente feroces, o ele­giacos, se asoman más o menos libres; sin salvar principalmente todo lo que, en las primeras estrofas de la «Canción de Umberto Cagni», en las últimas de la «Canción de Mario Bianco», y en toda «La última can­ción», es el tema que más verdadera­mente se acerca a la poesía del contempo­ráneo d’Annunzio; una insatisfacción de sí mismo en comparación a formas de vida distintas de la propia, y el ansia de pasar de ésta a las otras formas de vida. Es un ansia por la que también Las canciones de la gesta de ultramar, se ponen a la mis­ma altura, aunque no lo parezca, de las obras «nocturnas»; y por ella la próxima sed de acción del d’Annunzio guerrero pertenece legítimamente a la historia de su poesía.

E. De Michelis

Nada es más grave que aquellos fragmen­tos de crónica en verso, en que las largas y sensuales descripciones tienen un realismo de valor que carece de fin, precisamente como el énfasis de las exaltaciones a mente fría. (Serra)