Escenas Montañesas, José María de Pereda

Impresas en Madrid en 1864, es el primer libro que pu­blica el novelista español y en su primera edi­ción lleva el subtítulo de Colección de bosquejos de costumbres tomados del na­tural, muy significativo de su carácter y de la intención artística de su autor.

En la misma edición las precede un prólogo del escritor vascongado Antonio de Trueba, en el que se pone de relieve la oposición del carácter artístico de ambos novelistas. La crudeza, desgarro y franqueza de Pereda tienen en Trueba el peor intérprete, y de ahí la acusación de pesimismo y el su­brayar el tono antipático y desagradable que Pereda da a sus cuadros. Es cierto que Pereda había de paliar su prurito satírico y humorístico, sobre todo en la transcrip­ción de escenas y personajes aldeanos, pero lo que Trueba notaba no era sino la irrup­ción de un realismo franco y sin blanduras, que ha de ser el mejor blasón literario de su autor. El título lo tomó sin duda Pereda de los costumbristas, como Mesonero Ro­manos o Estévanez Calderón, que habían titulado sus cuadros, Escenas matritenses o Escenas andaluzas.

En la primitiva edi­ción son dieciocho los cuadros que incluye, algunos en verso, como La Primavera o Los pastorcillos, que aspiran a ser églogas naturalistas, o mejor, caricaturas de églo­gas hechas con visión realista e intención de sátira literaria. Las sucesivas edicio­nes sufrieron modificaciones, suprimien­do las escenas que titula La primera decla­ración y la citada de Los pastorcillos, e in­cluyendo la magnífica El fin de una raza, procedente de su libro Esbozos y rasguños. Este trasiego estaba justificado, pues tal cuadro es como segunda parte de La leva, probablemente la página más intensa que escribiera nunca Pereda. Era la leva el tributo de las gentes de mar al servicio de la marina de guerra, y su anual repeti­ción ocasionaba siempre largo cortejo de llantos y pesadumbres.

En Santander agra­vaba el odio a este tributo la exención que por sus fueros gozaban las vecinas provin­cias vascongadas, y por ello la leva no era episodio o anécdota sin trascendencia, sino relato de una pena periódica, de una desgracia enraizada en las costumbres del Santander marinero, que conmovía cada vez que llegaba a la población entera y removía los sentimientos de todo orden, sentimental y político. Pereda fue genial intérprete de este sentimiento al describir el suceso. Muy notables son también los cuadros Suum cuique, en el que por cierto se mantiene una tesis opuesta a la del elogió de la paz campestre que había de inspirar su mejor novela del campo, Peñas arriba; La robla, animada descripción de una costumbre de las ferias montañesas; El raquero, etopeya de un popular tipo de la picaresca marina; finalmente Arroz y gallo muerto, consagrado a costumbres tí­picas campesinas.

Estos cuadros vieron la luz por primera vez en periódicos o revis­tas de Santander, como La Abeja o El tío Cayetano. La crítica más solvente que se ha ocupado de estos cuadros unánimemente les incluye entre lo más selecto que salió de la pluma del novelista montañés. Cla­rín afirmaba en 1896 que nada había hecho Pereda superior a La leva y Menéndez Pelayo no teme afirmar que «desde Cervan­tes acá no se ha hecho ni remotamente un cuadro de costumbres por el estilo».

J. Mª Cossío