Erewhon, Samuel Butler

Novela inglesa publicada en 1872. Cier­to Higgs, tipo común inglés de la clase media, para hacer fortuna marcha como ganadero a una lejana colonia, y allá es tentado por la curiosidad de explorar lo que pueda existir detrás de una altísima cadena de montes, que nadie ha osado nunca cruzar. Después de muchas dificulta­des y peligros, consigue llegar a una ex­planada en la que se yergue un gigan­tesco círculo de estatuas, con expresión terriblemente malvada, y con la cabeza peinada de modo que el viento produce en ellas una música quejumbrosa que infun­de terror.

Higgs continúa avanzando y en­cuentra los primeros habitantes de este país desconocido —Erewhon, anagrama de Nowhere (en ninguna parte) —, hombres bellísimos y corteses que le llevan a la ciudad vecina y le confían a la custodia del carcelero; entre la hija de éste, Yram (Mary), y *el joven prisionero, nace de pronto un tierno idilio, truncado cuando el rey ordena que el extranjero sea tras­ladado a la capital, donde es acogido en la casa de cierto señor Nosnibor (Robinson).

Poco a poco, aprende Higgs la len­gua del país, pudiendo así darse cuenta de las costumbres, de las ideas y las creen­cias de los erewhonianos. La primera cosa que le asombra es que no existe ningún instrumento mecánico; llega a enterarse de que unos cuatrocientos años antes, es­taban muy desarrollados los conocimien­tos mecánicos, cuando un docto profesor del país escribió un libro demostrando que las máquinas estaban destinadas, de seguir desarrollando su propia vitalidad, a suplan­tar al hombre por completo; la teoría con­venció a los erewhonianos hasta el punto de que destruyeron todas las máquinas y pro­hibieron todo invento más.

Tenía vigencia en este país una especial escala de valo­res: se censura y condena a quien enferma antes de los setenta años, o es aquejado de alguna desventura, mientras que los de­fectos de carácter moral son curados como si fueran enfermedades. La muerte no asus­ta a los erewhonianos, mientras que el na­cimiento de un niño es considerado como un acontecimiento doloroso; creyendo en la preexistencia y convencidos de que los «no nacidos» vienen al mundo por su pro­pia voluntad, han inventado las «fórmulas de nacimiento», documento con el que el recién nacido libra a los padres de toda responsabilidad en lo que pueda acaecer. A los jóvenes, se les educa en las escuelas de la «no razón», las cuales enseñan la «ciencia hipotética», es decir, la manera de comportarse en circunstancias extraor­dinarias e imposibles, en las que probable­mente nunca se encontrarán. Tienen ciertas «bancas musicales», cuya moneda no tiene ni el más mínimo valor comercial; pero to­dos aquellos que quieren ser considerados respetables, estiman útil poseer tales mo­nedas, aunque se usan otras para las ne­cesidades prácticas.

Veneran abiertamente a dioses que son personificación de las cualidades humanas, pero en realidad su intima y profunda veneración es para la diosa Ydgrun (Grundy, símbolo de la más neta convicción victoriana). Tras algún tiempo de residencia en la capital, Higgs se enamora de Arowhena, hija del señor Nosnibor; pero éste quiere que se case con su hija mayor, Zulora; él decide huir, y con el pretexto de hacer un experimento, construye un globo, con el que se eleva en el aire, llevando consigo a Arowhena. Pasada la cadena de montes, el globo se deshincha y desciende sobre el mar; cuan­do ya los dos se creen perdidos, son reco­gidos por una nave que los transporta a Inglaterra. Más que una novela, Erewhon es una serie de escenas y disertaciones iró­nicas, uno de esos libros como los Viajes de Gulliver (v.) de Swift, en los que una civilización imaginaria sirve para criticar a la del propio país.

Hallamos, en esta obra, una acerba condena del compromiso Victoriano, la misma que en él Así muere la carne (v.) alcanzará un trágico pathos. Butler es el verdadero representante de aquella época de la literatura y del pen­samiento inglés que, caracterizada por su posición anti intelectualista, está sin em­bargo impregnada de intelectualismo hasta la raíz; su estilo seco y preciso, no es un medio de emoción o de belleza, sino un magnífico instrumento de persuasión y de irónico análisis. La obra tiene su continua­ción en Retomo a Erewhon (v.) [Trad. de Máximo Ibáñez (Buenos Aires, 1942)].

O. Marchesini