Epinicios de Píndaro

De la vasta producción poética de Pindaro (522-442 a. de C.) que comprendía casi todos los géneros de poesía coral, sólo nos han llegado completos los cuatro libros de los epinicios (14 odas «Olímpicas», 12 «Píticas», 11 «Nemeas» y 7 «ístmicas»), Pero aun así, la herencia del poeta tebano es la más conspicua que la suerte nos ha re­servado en la pérdida casi total de la lírica griega.

Las costumbres griegas, y parti­cularmente las de la aristocracia dórica, a la que Píndaro perteneció probablemen­te por su nacimiento y ciertamente por su temperamento y educación, atribuían una gran importancia a los juegos que en épo­cas fijas reunían a la flor de la juventud griega en Olimpia, Delfos (Pito), Nemea en el Peloponeso y el Istmo de Corinto. Eran especialmente torneos de lucha, de pugilato, de pancracio, de carreras a pie y, de mayor magnificencia por cuanto estaban natural­mente reservadas a los ricos y potentados, carreras de caballos y de carros. El valor de estos concursos superaba la simple com­petición deportiva. En realidad reunían, con ocasión de solemnes fiestas religiosas, a gentes de casi toda Grecia y presentaban en los vencedores a los ejemplares de la raza, los modelos de un ideal humano que se manifestaba pero no se agotaba en la excelencia atlética. La unión de belleza y bondad, de prestancia física y desarrollo intelectual, que fue uno de los cánones de la ética griega, encontraba aquí una de sus más concretas expresiones y confirmaba el valor de la educación aristocrática, que quería que la nobleza de la sangre y las virtudes hereditarias fueran probadas por la excelencia de las obras.

Cuando una fa­milia, una ciudad, o una corte principesca había obtenido una victoria, tributaba a su campeón honores como a un semidiós: los escultores eternizaban sus rasgos según un esquema plástico que sirvió sin modi­ficaciones incluso para la figuración de la divinidad, y los poetas de fama recibían el encargo de componer el himno que de­bía cantarse en coro para conservar el re­cuerdo del hecho glorioso. Tal fue el motivo ocasional del epinicio pindárico. Pero la singularidad que eleva la fama de Píndaro por encima de la de sus colegas, como por ejemplo Simónides o Baquílides (v. Odas de Simónides y de Baquílides), es la se­riedad y la fe que puso en su obra. Es­píritu religioso y sinceramente devoto de las tradiciones aristocráticas, Píndaro es el profeta de una concepción religiosa y moral de la vida, y se pone a la misma altura que el héroe a quien celebra, aunque éste sea un poderoso tirano, para com­pletar su obra. Píndaro se siente en rea­lidad a un tiempo el aedo que inmorta­liza la fama de las bellas empresas y el sabio que manifiesta los valores ideales de las mismas, educando a las nuevas ge­neraciones según los antiguos principios. Esto explica por qué en sus odas la parte destinada al episodio agonístico se limita en general a una fugaz alusión.

En gene­ral, la indicación inicial de la ocasión del canto y la exaltación del personaje al cual la oda está dedicada se convierten rá­pidamente en la evocación de un mito, que a menudo se extiende hasta ocupar amplia­mente la parte central de la oda, dejando sitio sólo hacia el final a un breve retorno al motivo de actualidad, con renovadas ala­banzas del atleta. Naturalmente, esta línea de composición no está observada con rí­gido esquematismo y puede variar, espe­cialmente en relación con la extensión de la oda. Éstas, desde el breve giro de un grupo estrófico (estrofa, antistrofa, epodo, o sea la llamada tríada estesicorea), pue­den desarrollarse hasta tomar la amplitud de un verdadero poema, como sucede por ejemplo con la cuarta Pítica, con sus 300 versos en que se evocan en honor de Arcesilao la historia mítica de Cirene y la leyenda de los Argonautas. La contextura de los epinicios, hecha de apostrofes, in­vocaciones, exclamaciones, sentencias e imágenes, con pasajes rapidísimos y a me­nudo sutiles, escapa a la materialidad de un resumen, a menos que éste se limite a una lista de nombres, juegos y mitos.

Entre las odas más elaboradas y más cé­lebres se hallan las dedicadas a los tiranos sicilianos Hierón de Siracusa (Olimp. I, Pit. I, II, III) y Terón de Agrigento (Olimp. II y III) con los cuales el poeta estuvo ligado por una amistad no cortesa­na. En la primera Olímpica, Píndaro, exal­tando la victoria que Hierón obtuvo en 476 a. de C. con el caballo de carreras Ferénico, proclama la excelencia de los juegos olímpicos en una serie célebre de compara­ciones: como el agua es el más útil de los elementos, y el oro la riqueza suprema, los Juegos de Olimpia son los más espléndidos entre todos. El poeta recuerda su fundación por obra del lidio Pélope, y de Pélope remonta a su padre Tántalo, para reelaborar la famosa leyenda según un más noble concepto de la divinidad: de los dioses, afirma Píndaro, sólo se debe decir el bien; no es pues admisible que la culpa por la que Tántalo fue condenado consis­tiera en haber dado a los dioses carne de su propio hijo. Pélope desapareció durante el banquete divino, pero no por aquella gro­tesca antropofagia, sino porque Poseidón, enamorado de él, lo raptó. Caído Tántalo en desgracia de los númenes, Pélope fue devuelto entre los mortales, y para rehacerse de su desventura con una acción he­roica, meditó y realizó la conquista del Peloponeso, venciendo e la carrera con su carro al rey de la Elida Enomao, y obte­niendo por esposa a la hija de éste, Hipodamia.

Hoy su tumba es venerada en Olim­pia y a su lado los más nobles hijos de Grecia todavía luchan para obtener la pal­ma, que ahora ha logrado Hierón. Al ti­rano siracusano, el poeta le augura nuevos lauros y nuevas venturas, reclamando para sí, con digno orgullo, la gloria de entonar los cantos triunfales. En la primera Pítica, una de las más bellas, la victoria atlética es sólo un pretexto para celebrar la fun­dación de la ciudad de Etna por obra de Hierón y para recordar las empresas victo­riosas del señor siciliano, vencedor en Himera de los cartagineses. Es famoso el inicio del canto: Píndaro exalta el divino poder de la cítara, a cuyo son incluso el águila de Zeus se encanta y Ares se aplaca. En cambio aterra a todos aquellos a quienes Zeus no ama, o sea a los que infringen aquella ley de orden y mesura, cuya ex­presión sensible es la música. Tal fue Tifón, el gigante sepultado por castigo bajo el Etna, donde ahora provoca con sus movi­mientos las erupciones del volcán. A una de éstas, la del 479 a. de C., alude Pín­daro con toques descriptivos de impresio­nante grandiosidad. Sigue el augurio de que la protección de Zeus acompañe a Hierón y al poeta, y haga prosperar la ciudad nue­vamente fundada: en ella el príncipe po­drá completar sus glorias atléticas y gue­rreras con la obra sabia del legislador.

La bella oda en honor de Diágoras de Rodas (Olímpica VII) es una ágil carrera hacia el pasado remoto, donde el poeta elige y re­coge con mano ligera los hilos de las tradi­ciones legendarias, que ennoblecían la isla surgida como una flor del fondo del mar y predilecta del Sol. A veces la densidad del pensamiento y la complicación de las imágenes dificultan la penetración del pen­samiento que informa el poema, como su­cede por ejemplo con la séptima Nemea, tradicionalmente conocida como la más di­fícil de interpretar, y que sin embargo es de una arquitectura ordenada y sabia, para quien quiera someterla a un cuida­doso análisis. De las odas Nemeas, las tres últimas no celebran propiamente victorias nemeas, sino otras obtenidas en otros jue­gos. Más aún: la última no es ni siquiera un epinicio, sino un encomio de Aristágoras de Ténedos. Importantes son la fun­ción y el significado que en los epinicios pindáricos tiene el mito. Introducido en virtud de relaciones con la familia, la ciu­dad o la hazaña del atleta no siempre de clara identificación, el mito representa el hilo que liga la realidad humana al ideal divino y heroico, y abre el camino a aque­llas consideraciones religiosas y morales con que el poeta indica el sentido de la vida.

La rica mitología griega ofrecía al re- evocador y al intérprete hábil una serie de fábulas en las que los problemas huma­nos podían plantearse en forma ejemplar, de modo que cada uno viera reflejadas sus necesidades y sus deberes. En el mito, en realidad, se compendia la tendencia idea­lizadora de la mentalidad griega en gene­ral y Píndaro en particular; perdida o de­bilitada la noción de su origen naturalista o histórico, los mitos, aun en su admirable concreción, se prestan fácilmente a enriquecerse con un contenido filosófico, ex­presado por medio de imágenes más que por conceptos; los acontecimientos se des­pojan de sus caracteres contingentes y se elevan a una atmósfera maravillosa, donde adquieren universalidad de significación y valor normativo. Por ejemplo, en la segun­da Olímpica las alabanzas de Terón de Agrigentof vencedor en la carrera de ca­rros, están relacionadas con la historia mí­tica de aquella familia principesca cuyos orígenes se remontaban a Cadmo de Tebas y a su estirpe famosa por las trágicas vici­situdes de Semele, Ino, Edipo (v.) y sus hijos. Píndaro no relata toda la leyenda: la evoca con rápidas indicaciones, con im­previstos pasajes, con imágenes sugestivas, sacando de ella una enseñanza conveniente a su asunto: la suerte humana es mudable siempre, pero los dioses pueden conceder el olvido de las pasadas desdichas cuando la voluntad del hombre, enérgicamente orientada hacia el bien, persiste en em­presas loables.

Así aconteció con los anti­guos tebanos, así aconteció con el mismo Terón, el cual rescata los errores y las desventuras de los suyos con el buen uso que hace de su poder y sus riquezas. Éste, afirma el poeta, es el camino que conduce a la fama durante la vida y, después de la muerte, a la serenidad de la isla de los Bienaventurados, que centellea de áureas flores al soplo de las brisas oceánicas. Aquí, como en otros poetas coetáneos, el pe­simismo fundamental del pensamiento grie­go frente a los enigmas del destino se re­suelve en una aceptación serena y viril, que no excluye la actividad y, sobre la traza de los cultos místicos, la vaga esperanza de una felicidad imperecedera. Más me­lancólica es la conclusión de la octava Pítica, la última en orden cronológico de las odas triunfales. «Un día duramos. ¿Qué so­mos? ¿Qué no somos? Sombra de un sue­ño es el hombre». Sin embargo el poeta añade: «Pero cuando los dioses nos conce­den un resplandor de gloria, entonces nos envuelve una gran luz y la vida es dulce».

Esto equivale a decir que todo nuestro valor y toda nuestra felicidad dependen de los dioses; feliz es el hombre que, como Aristómenes de Egina, a quien la oda está dedicada, puede confirmar con sus hechos el oráculo de Anfiarao, de que de fuertes padres nacen fuertes hijos; él, en verdad, no desmiente su sangre, y con sus empre­sas se ganó esa gloria que en la inestabi­lidad de las cosas humanas, en la incertidumbre del destino, es el único consuelo que se nos concede. Pero no sería justo reducir a Píndaro a la categoría de mora­lista o de filósofo, y buscar una intención educativa en todas sus fábulas, tanto más cuanto que su pensamiento vale mayor­mente por el calor de la convicción y la elevación del tono que por la originalidad especulativa. Píndaro es verdaderamente un poeta, y lo que sobre todo resalta en su obra es el atrevimiento de la fantasía, la facultad de disponer plásticamente en imá­genes todos los conceptos, la robustez de la inspiración que se sostiene en difícil equi­librio a un nivel constantemente elevado. Pero, como en todos los griegos, en Píndaro el fantasma poético no es un fin en sí mis­mo, y hunde sus raíces en la cultura y la moralidad de la época. Ciertamente, no es un poeta de lectura fácil. Su mentalidad arcaica y la singularidad de sus medios ex­presivos, tan alejados del discurso común, nos lo hacen parecer más remoto que otros poetas griegos incluso más antiguos. Pero puede afirmarse que la riqueza de su mun­do poético merece la fatiga de un estudio continuado y una atenta comprensión. [Trad. en verso de Patricio de Berguizas, en Obras poéticas (Madrid, 1798); también en verso por José y Bernabé Canga Ar­guelles (Madrid, 1798). La mejor traduc­ción moderna en verso es la de Ignacio Montes de Oca, «Ipandro Acaico», en Odas (Méjico, 1882 y Madrid, 1909)].

A. Brambilla

De los nueve líricos [griegos] Píndaro es ciertamente el primero por la grandeza de su inspiración, la magnificencia de sus conceptos, el esplendor de sus imágenes, la gran abundancia de sus ideas y de pa­labras semejante a un río de elocuencia, méritos por los cuales Horacio le consideró justamente inimitable. (Quintiliano)

Píndaro modula sabiamente versos que nadie comprende, pero que es obligatorio admirar siempre. (Voltaire)

Píndaro es fácil de calentarse, inflamarse, sublimarse ciunque sea por cosas tenues, y darles al primer toque un aire grande y excelso. (Leopardi)