Englantina, Jean Giraudoux

[Eglantine]. Aparecido en 1927, es el tercer libro, después del Sigfrido y el Lemosín (v.) y Bella (v.), de la que fue llamada «trilogía política». Pero aquí el tema político social se transparenta apenas, al ser tratado de modo completamente alusivo.

La joven Eglantina, hermana de leche de la hija del noble Fontrange (un descen­diente de los cruzados), se encuentra unida a él por un sutil lazo de delicado amor que cada uno de los dos manifiesta en un len­guaje propio y simbólico que el otro com­prende mal. Después de un largo período de semejantes escarceos, Eglantina, como cansada de la obstinada reserva del viejo Fontrange, se deja lentamente conquistar por la humilde y tenaz pasión de un multi­millonario oriental, Moisés, otro anciano.

Pues Eglantina (defendida por su parte contra el Tiempo por la inalterable perfec­ción de su belleza) sólo puede amar a las personas ancianas: los jóvenes le dan mie­do, porque le recuerdan la inevitable de­cadencia a que estarán sujetos con el transcurso de los años y el desenlace de la muerte; mientras encuentra en los «vie­jos» una impresión de estabilidad tranqui­lizadora. Casi insensiblemente, parece ligarse para siempre a su nuevo amigo, como si fuera su prisionera. Pero apenas un via­je lo obliga a desaparecer de su vista, como impulsada por la fatalidad, vuelve a Fon­trange, bien decidida esta vez a conquistarle.

El libro puede considerarse como una alegoría, representando Eglantina a Fran­cia; en duda por un momento entre Orien­te y Occidente, que sugestionada por la sensibilidad refinadísima pero pavorosamen­te libre del oriental es atraída sin em­bargo por los modales sentimentales infinita­mente más sencillos y rigurosamente encua­drados de la tradición. Alegoría que no perturba la obra en su conjunto pero que, al hacerse patente en los detalles, densifica el estilo, aquí quizá más complicado aún y cerebral que en otras obras del mismo autor.

Se salvan sin embargo gran cantidad de preciosos detalles, en el acostumbrado juego de reconstruir con arbitrariedad in­telectual un mundo ideal y poético sobre las huidizas bases de pintorescas y agudí­simas observaciones. Y hay gestos simbó­licamente sugestivos, escenas y ambientes evocados con mágica gracia (la campiña, Fontrange en la caballeriza, un café lujoso en París, la casa de Moisés), que nos trans­portan al mejor Giraudoux, a su estilo más francamente lírico que triunfará en la Lu­cha con los ángeles (v.).

M. Bofantini