En Esta Vida Todo Es Verdad y Todo Es Mentira, don Pedro Calderón de la Barca y Henao

Drama simbólico del gran dramaturgo español, y cuyo contenido coincide, a grandes trazos y en la idea fundamental, con Gustos y dis­gustos no son más que imaginación y con La vida es sueño (v.), y uno de sus princi­pales personajes, Heraclio, el emperador, aparece ya en La exaltación de la Cruz.

Tras el planteamiento exclusivamente dra­mático del primer acto, la obra adquiere, en los actos segundo y tercero, un verdadero carácter de magia. Aparte del valor intrín­seco de la obra, este drama tiene impor­tancia por haber dado origen al Heraclio de Corneille. Se creyó primero que quien había recibido la influencia era Calderón, pues la obra de Corneille se publicó en 1647 y la primera edición que se conocía de la de Calderón era de 1664. Frente a esta teoría, Menéndez Pelayo adujo ésta de gran valor comprobatorio: en primer lugar, el hecho de que se conservara una edición de 1664 no tiene ningún valor, pues pudo existir alguna otra anterior, ya que muchas ediciones príncipes del teatro español se han perdido; las comedias, antes de imprimirse, solían correr manuscritas de mano en mano; Calderón, por su parte, no sabía francés; finalmente en la obra del autor español hay graves errores históricos, erro­res que en parte aparecen corregidos en la obra de Corneille, y si Calderón hubiera imitado al autor francés, no habría dado entrada en su drama a tantas inexactitudes históricas.

La fuente de Calderón, según demuestra M. Pelayo, fue una obra española, La rueda de la fortuna, de Mira de Ames- cua, de la que llega a copiar escenas y ver­sos, e incluso hay una vaga influencia de El hijo de los leones de Lope. Por su par­te, Corneille copió de Calderón, casi a la letra, el episodio en que el emperador se encuentra ante Heraclio y Leónido e igno­ra cuál es su hijo y cuál el de su enemi­go. Focas, el aventurero criado por las lo­bas de Sicilia, da muerte al emperador Mauricio y le usurpa el trono de Oriente. Simultáneamente, en las montañas de Sici­lia, la esposa de Mauricio y una aldeana seducida por Focas dan a luz sendos niños que recoge Astolfo, quien los cría indistin­tamente como fieras, con el fin de evitar la venganza de Focas. Éste, sabiendo que existe un descendiente de Mauricio, se di­rige a Sicilia. En este momento empieza el drama calderoniano.

Dos doncellas andan­tes, Cintia, reina de Sicilia y Libia (que como Rosaura de La vida es sueño, a jui­cio de Menéndez Pelayo, sólo entorpecen la marcha del drama), mientras recorren las montañas de Sicilia, se encuentran con dos monstruos, dos fieras con forma huma­na, que no son otros que Heraclio y Leó­nido, hijos respectivamente de Mauricio y Focas. Ante el encuentro por vez primera con la mujer, ambos reaccionan como Segis­mundo y Calderón nos describe los efectos del amor, a la manera de la teoría amorosa medieval. Astolfo se niega a decir a Focas cuál es su hijo. Aquí termina el plantea­miento de la situación dramática. En He­raclio hablará «la fuerza de la sangre», mientras que en Leónido sólo la envidia y la soberbia. En los dos actos siguientes Cal­derón cambió de actitud y nos ofrece una obra realmente de magia, debido a lo cual Menéndez y Pelayo le critica duramente. Pero con toda seguridad, establecido ya el núcleo dramático, Calderón no intenta otra cosa sino crear situaciones confusas de acuerdo con el título de la obra y con el planteamiento del primer acto. Por esto introduce personajes fantásticos y situacio­nes extrañas. Focas recurre a un adivino, Lisipo, para saber cuál de los dos es su hijo. Lisipo promueve una tempestad y hace creer a los dos que son reyes durante unas horas. Como claramente se ve, la si­tuación es parecida a La vida es sueño, y la introducción de los elementos mágicos en la obra no son, en ninguna, manera un obstáculo para comprenderlo y valorarlo, sino que Calderón, como siempre, sabe en­contrar los recursos escénicos más apropia­dos a su idea y a las alegorías que pretende desarrollar.