En el Barranco, Antón Chejov (Antón Paviovic Cechov)

[Vourague] En esta larga novela el autor traza un sombrío cuadro de la provincia rusa a fines del siglo XIX.

Narra la vida de una familia de comerciantes en una pe­queña ciudad del centro mitad rural, mitad industrial. El cabeza de familia, Gregorio Zyboukine, blasona de una inmoralidad digna y plácida. Su hijo primogénito, Anísimo, personaje locuaz, de perfil canijo, ejerce vagamente el honorable cargo de agente informador; pero a su vez es tam­bién falsificador de moneda. El hijo menor, Stepan, sordo y cornudo, se ocupa (normal­mente) del almacén paterno en el que se venden conservas dudosas, alimentos estro­peados y, sobre todo, vino de contrabando. De hecho, es la mujer de Stepan, la bella Aksinia, la que vela por la buena marcha de los negocios.

Es esbelta y alta, de ojos grises, cándidos y el paso ondulante. Son­ríe a menudo y su virtud no lo es a toda prueba: «En su vestido verde con corpiño amarillo miraba sonriendo», dice Chejov, «como una víbora que, en prima­vera, se alza sobre el trigo joven para ver pasar al vagabundo por la carretera». Está también Bárbara, la suegra amable, gruesa, de corazón sensible, cuya bondad corta y débil se filtra como un delgado rayo de luz (demasiado débil para desvelar las tinieblas que la envuelven). En una serie de escenas de vivo colorido, ásperas y sórdidas como una kermesse flamenca del siglo XVII, asistimos al desarrollo del ma­trimonio entre Anissime. y Lipa, pobre y pequeña aldeana tímida y gentil.

Luego vie­ne la partida del marido que es apresado y condenado a trabajos forzados. Lipa da a luz un niño. Todo el mundo la quiere bien en la casa excepto su cuñada. Cuando el viejo Zyboukine, aconsejado por Bárbara, informa a Aksinia de su decisión de legar al pequeño Nicéforo una tierra que ella codicia y que ya considera como suya, la joven estalla y loca de rabia amenaza abandonar la casa y denunciar los sucios ne­gocios de su suegro. Se precipita luego a la cocina, donde Lipa está lavando la ropa y echa al agua hirviendo al pequeño que no tarda en morir. Lipa, traspasada de dolor, pero siempre dulce e incapaz de odiar y de defenderse, abandona la casa de los comerciantes y regresa al hogar de su ma­dre. Es entonces cuando empieza el rei­nado de Aksinia. De ahora en adelante ella es la verdadera dueña y el mismo viejo Zyboukine se ve reducido a un papel de parásito apenas tolerado.