El Viaje de la Poesía, Thomas Gray

[The Progress of Poetry]. Oda pindárica de Thomas Gray (1716-1771), terminada en 1754 y pu­blicada en 1757. Está compuesta de tres es­tancias, cada una de las cuales consta de cuarenta y un versos, divididos en estrofa, antistrofa y épodo. En la primera estancia, después de la invocación a la lira eólica (símbolo de la poesía de Píndaro), se describen las fuentes de la poesía en figura de mil arroyuelos que descienden del Heli­cón; su curso tranquilo y majestuoso enri­quece y fecunda todo tema, por árido que sea, y se precipita en cambio impetuoso cuando es henchido por el conflicto de las pasiones tumultuosas.

Se exalta el poder de la poesía sobre el espíritu y sobre las pa­siones de los hombres; es celebrada final­mente la virtud de la armonía en la música y en el verso. La segunda estancia enumera los males que afligen a la humanidad, cuyas lamentaciones censura, ‘ contraponiendo a todo esto la Musa divina; la antistrofa re­cuerda que la poesía ha alegrado incluso los lugares más remotos e incultos, donde los salvajes cantan sus amores; entona himnos a la poesía, acompañada de la Gloria, de la Libertad y de la Virtud que de ella derivan. El épodo canta el paso de la poesía desde Grecia a Italia y desde Italia a Inglaterra. La tercera estancia rememora los principa­les poetas ingleses, entre ellos Shakespeare, Milton, Dryden. En el épodo expone su sen­timiento de que la poesía, en manos de los poetas posteriores, no haya vuelto a conse­guir su antigua sublimidad; ahora calla.

El poeta concluye diciendo que, aun sin tener las alas de Píndaro, espera elevarse sobre aquellos que, aunque buenos poetas, no han alcanzado las cimas de lo sublime. La oda es poesía refleja; pero, como toda la obra de Gray, aparece animada de una emoción sincera, aun en los momentos menos inspi­rados. Con esta obra, publicada junto con la titulada El bardo (v.), se comprende cómo Gray preparó con su sensibilidad la futura época romántica y a la vez prolongó hasta ella el sentido del orden y del equilibrio propio del clasicismo. Estas dos tendencias las había ya él unido, con pleno éxito, en la Elegía escrita en un cementerio rural (v.).

S. Rosati

Oda marcada por un brillante cúmulo de ornamentos. sin gusto; impresiona más que agrada; las imágenes están hinchadas por la afectación; el léxico está sobrecargado hasta la pesadez. La mente del escritor parece trabajar con innatural violencia… Tiene una especie de pomposa dignidad, y se eleva caminando de puntillas. El artificio y el es­fuerzo son demasiado visibles, con perjuicio de la comodidad y de la naturaleza. Decir que no tenga alguna cosa bella, seria in­justo: un hombre como él, extraordinaria­mente culto y diestro, no podía producir nada que no tuviese algún valor. En el peor de los casos, nos damos cuenta de que un buen piano ha sido mal tocado. (Johnson)