El Enemigo, Alfredo Oriani

[Il nemico]. La más ex­tensa y compleja de las novelas del autor, publicada en 1894. El argumento le fue sugerido al autor por las luchas políticas en Rusia. Loris Lepnine, hijo de un pope herético, huérfano y aco­gido en el castillo del príncipe Kovanski, se cría al lado de su hermosa sobrina, la heredera Tatiana. De la amistad, los dos muchachos pasan al amor, y Loris se deci­de a pedir al príncipe la mano de Tatiana. Como contestación le azotan y expulsan del castillo. Empieza entonces una vida de vagabundeo y trabajo.

Conoce a Topine, un andrajoso miserable afiliado a una secta de degenerados, se gana su amistad, le sal­va la vida en una refriega y, como com­pensación, se entera de los vergonzosos secretos de la pandilla. Siempre obsesiona­do por la idea de la venganza, vuelve con Topine a su pueblo y un día que sorprende a Tatiana cabalgando sola en un bosque, la lleva a una cueva y la abandona en las repugnantes manos de Topine. Después vuel­ve a vagabundear por Europa. Revolucio­nario, regresa a Rusia para preparar la re­volución. En San Petersburgo mata a un espía, se introduce en los grupos nihilis­tas entre los cuales está el príncipe Vladimiro, adversario del zar por la deshonra con que éste manchó a su familia. De acuerdo con él y otros, Loris decide volar, en presencia del zar, el teatro imperial de Moscú.

Sin embargo la explosión no tiene lugar: Olga, una de los complicados en el complot, ha cortado los hilos. Loris huye con el príncipe Vladimiro al castillo de Aurikow, donde encuentra inesperadamente a Tatiana, esposa del príncipe. El antiguo amor se vuelve a encender. Una noche el príncipe encuentra a su huésped en la ha­bitación de su mujer y le mata de un tiro. Es un cuadro de grandes proporciones, que Oriani dibujó con un meticuloso conoci­miento del alma y de las costumbres rusas. Es singular la profética visión de la revo­lución que iba madurando en el Imperio de los zares y la descripción del espíritu re­volucionario que incubaba en el fondo de la espiritualidad eslava y preparaba el esta­llido que siguió a la guerra mundial.

M. Missiroli