El Buscador de Dios, Peter Rosegger

Una novela de una época oscura [Der Gottsucher, ein Román einer dunklen Epoche]. Novela de Peter Rosegger (1843-1918), publicada por vez primera en su revista «Heimgarten» en 1880-81, y luego en dos volúmenes en 1883. El autor sacó el argumento de un episodio histórico que tuvo lugar en Trawies, en su Estiria natal, en un determinado momento de la Edad Media. Una antigua costumbre había mantenido como rito sagrado la llamada fiesta de los antepasados. En la noche del solsticio de verano, y asistidos por los es­píritus de los muertos, los habitantes de Trawies celebraban en la montaña el culto al Fuego, que después, como símbolo sacro, durante todo el año sería guardado y man­tenido por el más digno de todos ellos. El padre Francisco propone abolir esta cos­tumbre pagana; pero los vecinos se jura­mentan para suprimir al enemigo de su libertad. La suerte designa como ejecutor de la sentencia a un pacífico soñador llama­do Wahnfried. Por mucho tiempo trata de eludir el cumplimiento del crimen; pero al decidirse al fin, y por ser hombre de fe arraigada, dará el golpe a su víctima en el momento en que tenga la certeza de que el alma esté en estado de gracia, cuando descienda del altar, una vez haya termina­do el sacrificio de la misa. Al delito sigue una cruel represión desencadenada por las autoridades eclesiásticas, aunque nadie de­lata al autor. Doce vecinos de Trawies de­signados por la suerte, están condenados a morir. Los demás son excomulgados y mal­ditos.

Mientras el anatema extiende sus te­rribles efectos, Wahnfried se ha retirado a la montaña ignorando cuanto sucede en el pueblo que creyó liberar. Por eso, cuando Galo, el guardián del Fuego y uno de los jefes de la conjura, le informa de cuanto sucede, decide descender al valle para sal­var a todos los que perdieron la paz a cau­sa de su acto homicida. Pero el crimen, la brutalidad y los vicios prendieron ya entre la gente de Trawies, «sin Dios y sin Ley». Wahnfried, desilusionado, retorna a su sole­dad. Y cuando al cabo de algunos años llegó el momento en que los réprobos, renovan­do en su miseria los antiguos ritos, salieron de nuevo a la montaña para congregarse junto a la tradicional hoguera, Wahnfried reaparece para exhortarles a creer en la existencia de un Dios, del cual el fuego es uno de los signos visibles, y hacerles com­prender la necesidad de edificar un templo que deberá acoger su inextinguible luz. Pero las almas están endurecidas, y son violentas y perversas. Wahnfried se da cuenta que contra la fatalidad a la que están ligados Trawies y él mismo, nada es posible y que sólo cabe esperar el aniquilamiento. En el edificio que finalmente ha construido reúne a los supervivientes del pueblo maldito, y ante ellos se ofrece como holocausto expia­torio a la Divinidad del Fuego. Por la inusi­tada complejidad de la acción y por la ori­ginalidad de las concepciones, la obra, aun presentando desigualdades entre la primera y la segunda parte, marca un hito en el des­arrollo del talento del poeta estiriano. Ro­segger, sin desprenderse de esa poesía de la Naturaleza que ha constituido siempre la fuente de su inspiración, abre aquí sus ho­rizontes, y remontándose en el tiempo ex­trae a la historia lejana de su provincia natal los elementos para iluminar, en sus motivos más íntimos y secretos, la vida de sus sencillos habitantes.

A. Bernard