Diario de Platen, August von Platen

 [Tagebücher], Publicados por G. von Laubmann y por L. von Scheffler en 1896-1900, en dos volúmenes en octavo mayor de casi dos mil páginas. Comienzan el 22 octubre de 1813 y terminan el 13 de noviembre de 1835, con la llegada de Platen a Siracusa, en donde murió veintidós días después. En el manuscrito original, llevaban otro título: «Memorándum de mi vida»; éste era un título desde luego más exacto, por lo me­nos en lo que hace referencia al primer vo­lumen, en el que las verdaderas y propias «notas de diario» se alternan a menudo con sintéticos «estados – de cuentas» que Platen hacía para sí mismo.

Ya en este singular e insólito mosaico de impresiones inmediatas y de consideraciones retrospectivas, mues­tran los Diarios una fisonomía que les es propia. Son el desfogue secreto de un alma que no conoció casi nunca la entrega plena a los sentimientos, la grande e ingenua es­pontaneidad de la vida. Son la historia de la «larga fatiga» de un hombre rico de toda clase de dones naturales y condenado, sin embargo, por los contrastes internos de su índole, a estar siempre encerrado en sí mismo, prisionero de sus propias dotes, y a construir su existencia y su obra, trozo a trozo, con esfuerzo, con verdaderos y obs­tinados actos de voluntad. Frente a las bur­las feroces de Heine en los «Baños de Luca» (v. Cuadros de viaje de Heine), los dia­rios — con su desnudo e inerme veris­mo — son, también, una reivindicación de su nobleza moral.

Cierto que en la vida de Platen reside la causa de su mayor dese­quilibrio. Sobre el plano ideal en que toda su vida estaba fundamentada, su atracción hacia el Eros griego no podía sino conducirle a un continuo choque contra la realidad, no sólo porque los «amigos» objeto de su adoración no eran poéticos personajes del Banquete (v.) de Platón, sino hombres de carne y hueso y que en un momento dado se alarmaban, tomando una posición de hostil desconfianza — que para él constituía una ofensa atroz, humillante—; sino tam­bién porque su conciencia, todavía adherida a la moral tradicional, no podía menos de reaccionar contra el fuego sensual que fa­talmente — inevitablemente — abrasaba sus sentimientos, amenazando con hacerle caer en turbaciones de una materialidad vulgar.

Durante años y años, los diarios son el do­cumento casi monótono que acredita esta lucha interna y externa, continua, exte­nuante, nunca por completo aplacada, pero nunca tampoco alentada en ningún desmo­ronamiento de las fuerzas espirituales de resistencia. Su liberación fueron, en parte, los estudios; cultivados intensamente y en varias direcciones — desde la historia polí­tica a la historia de la literatura y del ar­te, desde las lenguas romances a las lenguas germánicas, desde las lenguas clásicas a las semíticas —, pero todos sin un centro, sin una meta de convergencia común, como ocurre a quien estudia sin un fin preciso, sino sólo para tener la mente ocupada, para llenar noblemente la vida.

La liberación fueron, en parte, los viajes, que, con los años, se fueron poco a poco multiplicando, con ritmo creciente, porque también ellos, como los libros — y con una proximidad y corporeidad de expresiones que los libros no pueden tener —, traían cada día algo nuevo, la visión de nuevos paisajes, una nueva emoción artística, un nuevo descu­brimiento de cosas desconocidas, una suges­tión nueva para nuevos pensamientos. De esta compleja experiencia sensitiva e inte­lectual, surgió la poesía de Platen, con todo su calor contenido, con su materia compac­ta, con su estilo tan sensitivo dentro de su dura corteza: mundo de serenidad conquis­tada fatigosamente, en el que un alma blanda y doliente contempla, adorando, la salud, la fuerza, la belleza de la vida.

Los diarios tienen además una importancia que sobrepasa las referencias a la obra del poe­ta; ellos representan un momento de mucho relieve en la historia del «mito de Italia», cara a la poesía del siglo XIX. Es el mo­mento en el que la Italia clásica de Goethe y la Italia sensual y religiosa de los román­ticos confluyen juntas en una visión única y — sobre el fondo de la riqueza de colo­res y de formas de la naturaleza mediterrá­nea— las sugestiones del arte y de la histo­ria de los tiempos más diversos, coexisten y se funden de modo historicista en unidad de acordes. Es el momento en que la poesía de Italia es una inagotable «poesía de paisa­jes históricos». En los diarios precisamen­te se asiste a su aparición. Llegado a Vene­cia por vez primera en el otoño de 1824, volvió a Italia en 1826, y en ella residió, ex­cepto una pequeña interrupción en el in­vierno 1832-33, hasta su muerte.

Vivió con predilección en Roma, Nápoles, Florencia, Venecia; pero especialmente en los últimos tiempos, anduvo continuamente de una ciu­dad a otra; casi no hubo en toda Italia co­marca alguna insigne por las memorias de la historia o por sus obras de arte que le fuera desconocida. Frecuentaba archivos, bibliotecas; viajaba con la colección com­pleta de Muratori; vivía con la fantasía en tiempos lejanos, que se le hacían familiares por el estudio asiduo y por el conocimiento directo de los lugares. Fue —también en la predilección por la historia y el arte del Renacimiento — el precursor más próximo de Burkhardt, el que pocos años después, llegado también a Italia, saludará conmovido su recuerdo inquieto en un soneto célebre

«…Desde este mar que tú tantas veces has atravesado… Desde esta tierra donde  tú has vivido y amado… Te mando saludo… ¡Acógelo! ¡Viene de la Patria!»

G. Gabetti