Curial y Güelfa, Anónimo

 [Curial e Güelfa]. Novela caballeresca catalana de autor des­conocido. Se ha conservado en un manuscrito único de la Biblioteca Nacional de Ma­drid, y modernamente ha sido impresa tres veces: por Rubio y Lluch, en 1901; por Aramón y Serra, en 1930-33; y por Miquel y Planas y A. Par, en 1932. Su carácter anónimo envuelve en la oscuridad el lugar y fecha de su composición. Par, en un es­tudio lingüístico que le dedicó («Bibl. lingüística de l’Oficina románica», I), llegó a la conclusión de que el Curial es obra de autor catalán, y que fue compuesta en el segundo cuarto del siglo XV, antes que el Tirante el Blanco (v.). Desde luego, hay profundas diferencias de estilo en ambas obras, y aun cuando en ellas se refleja una misma sociedad, cada uno de los autores la ha interpretado de manera diferente. El au­tor del Curial ha dividido su novela en tres partes, que van precedidas de sendos preámbulos. En el de la primera parte se lamenta de las penas que trae consigo el amor, y dice que quiere mostrarnos los su­frimientos que por su causa sostuvieron un joven caballero y una noble dama. Según el autor, el segundo libro está dedicado principalmente a la caballería, y está colo­cado bajo el signo de Marte; el tercero em­pieza con una pedantesca disertación sobre las musas y refiere el sueño de Curial en el Parnaso, en donde fue coronado como el mejor de los oradores y poetas.

Estos prólogos parecen indicar en el autor la in­tención de dar a cada parte un estilo pe­culiar de acuerdo con los diferentes tipos de novela que en su época gozaban de fa­vor: sentimental en la primera parte, caba­lleresca en la segunda, y mitológica en la tercera. Desde luego nuestro autor conocía estos géneros y los imita deliberadamente; se muestra hombre curioso por las modas literarias de Italia y aficionado, al mismo tiempo, a la literatura caballeresca de tra­dición medieval; pero tuvo el talento de crear unos caracteres y de inventar una acción cuyo interés se sobrepone al de los recuerdos literarios con los cuales pudo ayudarse al componer la obra, y por en­cima de las distintas corrientes literarias que se sobreponen en el Curial, éste tiene fuerte unidad, que le dan su fondo y los caracteres de sus principales personajes, y tanto en su aspecto psicológico, como en las aventuras de la acción, responde a un con­junto de ideas y a un ambiente propios de la época en que fue escrito. Ante esta cohe­rencia interna hemos de considerar de me­nos importancia las digresiones a que da lugar la erudición clasicizante del autor, que en la tercera parte son larguísimas. Podríamos suprimirlas sin mengua de la novela, o en beneficio suyo, pues quedaría aligerada de pasajes indigestos que inte­rrumpen la acción y, por lo menos, super­ficialmente, le dan un carácter complejo.

Es difícil resumir la acción del Curial por la abundancia de episodios de que se com­pone. Curial es un joven noble y pobre, criado en la corte del marqués de Monferrato, de cuya hermana, Güelfa, se enamoró. La delación de unos envidiosos turban estos amores. Curial se ausenta, corre aven­turas, se distingue en torneos y consigue grandes honores, primero en la corte de los duques de Baviera y luego en la del rey de Francia. Los primeros le ofrecen en matrimonio a su hija Laquesis, doncella que se enamora apasionadamente de Curial. És­te vacila. Ama a Güelfa, pero no sabe cómo resolver su situación con Laquesis. Llegan noticias alteradas a Güelfa, de los amores de Laquesis, los cuales le despiertan celos muy fuertes. Ocurren alternativas, pero fi­nalmente Güelfa rompe con Curial, y en­tonces sobrevienen a éste toda clase de des­gracias. Pobre y desanimado va a Oriente, visita Jerusalén, va al Parnaso; dirigiéndose a Génova, naufraga ante las costas de Trí­poli y es hecho cautivo. Los episodios se multiplican, mezclados con digresiones eru­ditas, hasta llegar al feliz fin de la novela. La Fortuna se cansa de perseguir a Cu­rial; entonces las cosas se le arreglan, va a Constantinopla, donde hace grandes proe­zas y salva al marqués de Monferrato, y finalmente obtiene la mano de Güelfa. En el Curial los caracteres son tan importan­tes como la acción.

La variedad de epi­sodios y el ambiente caballeresco en que la obra transcurre facilitan el libre juego de los caracteres y permiten al autor des­arrollar una historia psicológica, que tiene precedentes en la novela italiana, pero que entonces era nueva en la literatura catalana. Como en todas las novelas caballerescas, en el Curial la figura del protagonista es la columna vertebral de la obra. Todos los episodios están centrados en torno suyo. No puede decirse que su carácter sea el más importante de la novela, pues hay el de Güelfa, bello ejemplo de mujer apasionada, y el de Laquesis, que sigue en importancia al de la Güelfa. Pero Curial es, sin duda, el personaje más complicado de la novela, pues aunque posea las virtudes del antiguo caballero — fuerza, valor, generosidad, etcé­tera— tiene debilidades que le humanizan y le diferencian de tantos héroes de la li­teratura caballeresca, cortados de una sola pieza. Curial posee todas las cualidades de perfecto caballero, y muchas de las que el Renacimiento exigía al cortesano: amor al estudio, a las bellas cosas, a las bellas apa­riencias, etc. Este dilectantismo de Curial armoniza perfectamente con el carácter in­deciso y delicado que muestra ante el epi­sodio de Laquesis y cuando pierde el favor de Güelfa. El Curial tiene afinidad con to­dos los géneros de novela de su tiempo: con la sentimental, con las breves narracio­nes del tipo del Paris y Viana. A ratos ha imitado deliberadamente las largas novelas en prosa del ciclo bretón, pero se trata de una influencia superficial.

Si en las situa­ciones del Curial no hay mucha originali­dad, hay en él gracia, ingenio en el diálo­go; pedantería, a ratos; comentarios iróni­cos, e incluso episodios frívolos, como el admirable de la estancia de Curial y su doncella en el monasterio de monjas, que por la desenvoltura y libertad de lenguaje está más cerca del Decamerón (v.) y de la tercera parte del Tirante el Blanco (v.), que no del Tristán (v.) o del Lanzarote (v.). [Trad. española de Rafael Marquina (Ma­drid, 1919)].

P. Bohigas