Cuartetos de Mozart

Las composicio­nes de Wolfgang Amadeus Mozart (1756- 1791) para dos violines, viola y violonchelo que se pueden agrupar bajo la clásica de­nominación de «Cuarteto de cuerda», son veintitrés, sin contar tres Divertimenti (v.) para cuarteto de cuerda (K. V. 136-138), escritos en Salzburgo en 1772, los dos Cuartetos con piano (K. V. 478 y 493), de 1785 y 1786, y algunos Cuartetos en los cuales el primer violín está sustituido por la flauta (K. V. 285 y 298) o por el oboe (K. V. 370). El Cuarteto en sol mayor (K. V. 80), es el primero que fue compuesto en Lodi, en 1770, durante el primer viaje a Italia. El segundo, Cuarteto en re mayor, escrito en una posada de Bolzano «para ahuyentar el tedio» (1772), es el primero de un grupo de seis Cuartetos italianos (K. V. 155-160), los cuatro últimos de los cuales muestran huellas de la ligera crisis romántica de la adolescencia mozartiana; junto a la acos­tumbrada expresión de serenidad despre­ocupada, con asomos de ópera bufa, apa­recen cantos vibrantes y apasionados, contenidos siempre en una clara luminosidad formal, bajo el influjo benéfico del espíritu latino.

Se ve en estos Cuartetos, además de la influencia de sus contemporáneos Sammartini y Boccherini, la de la antigua es­cuela de Corelli, con el arcaísmo de su leve y «cantabile» contrapunto. En la evolución estilística morzartiana es muy interesante la serie de los seis Cuartetos vieneses (K. V. 168-173), rápidamente compuestos entre agosto y septiembre de 1773, con una fe­bril voluntad de apoderarse del sabio arte de Haydn descubierto por él en Viena. Si sus detalles melódicos son menos sugestivos que en los precedentes Cuartetos, cuyo per­fume de poesía juvenil en vano se buscaría aquí, es muy superior en los nuevos la ha­bilidad de los desarrollos lógicos dentro de los esquemas formales, sin recurrir a rellenos, repeticiones o lugares comunes. Des­pués de estas composiciones, Mozart tar­dará aproximadamente diez años, antes de volver a escribir un cuarteto; cuando lo haga, será para escribir un grupo de composiciones que se cuentan entre sus ma­yores obras maestras; son los seis Cuartetos compuestos en Viena entre 1782 y 1786 y dedicados a Haydn con palabras de afectuo­sa devoción. Inspirados todavía por su emu­lación hacia el anciano y glorioso maestro, que en 1781 había publicado sus Cuartetos (v.) op. 33, ofrecen sorprendente robustez contrapuntística.

Mozart, mientras tanto, se había enfrascado en el estudio de Hándel y Bach de manera que estos Cuartetos na­cen bajo el signo de un apasionado retor­no al contrapunto, no ya en su docta y escolástica pedantería, sino como fluido ali­mento del diálogo instrumental. Aquí, ver­daderamente, halla su mejor manifestación la esencialidad expresiva de Mozart, cuya eficacia es a menudo proporcional a ‘la modestia de los medios sonoros puestos en práctica. Su humanidad sutil y espiri­tualizada, libre de todo peso de la carne, se expresa de tal modo mejor por medio de la íntima voz de los «cuartetos de cuerda», en cuya sencilla combinación, el sonido no puede insistir pesadamente sobre sí mismo en enfáticas condensaciones, y en que cuen­ta únicamente la pureza de la idea musical, la auténtica «necesidad» de cada una de las cuatro voces. El primero, esto es, el Cuarteto en sol mayor (K. V. 387), se cie­rra con un sorprendente «fugado» que hace presagiar el final de la Sinfonía Júpiter (v.). El segundo, Cuarteto en re menor (K. V. 421), es quizás, entre todos, el más perfec­to; dramático y apasionado, cargado de intensidad emotiva parece haber sido com­puesto, según el relato de la esposa de Mozart en la noche que nació su primer hijo (17-18 de marzo de 1783).

En el ter­cero, Cuarteto en mi bemol mayor (K. V. 428), respira un acento de serena tristeza y de etérea tranquilidad, que se transforma, en el final, en ágil danza de hadas; el mis­terioso «Andante con moto», presenta ar­monías extraordinarias, cuyo cromatismo ha sido aproximado por muchos comentaristas al del Tristán (v.). El Cuarteto en si bemol (K. V. 458) conocido con el nombre de «Cuarteto de la caza», por el carácter jo­vial de su primer tema es una creación de pura alegría, con un «Adagio» de helénica serenidad. Más modesto y de carácter me­nos pronunciado, el quinto Cuarteto en la mayor (K. V. 464) es el menos conocido y el menos ejecutado de esta serie, mientras que el último, Cuarteto en do mayor (K. V. 465), atrajo a Mozart muchas ásperas críticas por la audacia de ciertas falsas re­laciones armónicas contenidas en el «Ada­gio» de introducción. Debe situarse en lu­gar aparte, el divertido Cuarteto en re ma­yor (K. V. 499, Viena, 1786), acerca del cual se suele repetir el poco justificado jui­cio de O. Jahn de que el autor intentó en él «encontrar el gusto del público, sin sa­crificar la dignidad del estilo del cuarteto». Es una obra llena de optimista seriedad, que no conmueve profundidades dolorosas del alma, y en la que el audacísimo «Final» despliega un júbilo sencillo y desenfrenado, una alegría del tipo de la de Papageno (véase Flauta mágica). Los tres últimos cuarte­tos (K. V. 575, en «re mayor», K. V. 589 en «si bemol», K. V. 590, en «fa mayor») fue­ron escritos por encargo del rey de Prusia Federico Guillermo II, después de un viaje que Mozart hizo a Berlín en 1789. En ellos, no siempre resulta favorable el predominio de la parte de violonchelo, instrumento al que ese soberano era muy aficionado. No tienen la profundidad emotiva de los seis Cuartetos dedicados a Haydn pero en ellos, entre las lagunas de una composición algo apresurada, se abre camino el último estilo de Mozart, iniciado precisamente en el verano de 1789, con una tendencia al contra­punto entendido como puro juego, hacia el tecnicismo llevado hasta el extremo de la abstracción.

M. Muccioli

La eufonía de Mozart, su alada gracia, la cadencia y el ritmo de su arte, son cua­lidades, según temo, desaparecidas para siempre de nuestra música. Podemos refugiarnos en su obra como en un Edén olvidado. No me parece que podamos elegirlo para morada nuestra. (Dukas)

En medio de la tempestad de pasiones que desde la Revolución ha venido atacando a todas las artes y trastornado la música, es dulce refugiarse de vez en cuando en su serenidad, como en la cima de un Olimpo de líneas armoniosas, y contemplar a lo le­jos, en la llanura, los combates de los hé­roes y de los dioses de Beethoven y de Wagner, y el mundo como un vasto mar de olas agitadas. (Rolland)

Al llegar aquí, Mozart ha superado ya el estudio experimental. Ha Creado un estilo que había de hacerse familiar a todo el mundo de la música. Su maestría no puede ser puesta en duda… Los instrumentos son tratados con una facilidad y libertad que ningún otro compositor de cuartetos alcan­zará en tan alto grado. (T. F. Dunhield)