Cuartetos de Fauré

Gabriel Fauré (1845-1924) escribió tres Cuartetos. Los dos primeros, fechados respectivamente en 1879 y en 1887, para piano, violín, viola y vio­lonchelo. El tercero, para instrumentos de arco, lo acabó el 12 de septiembre de 1924, dos semanas antes de su muerte. El I Cuar­teto, en do menor, es obra plena de vida, alegría, encanto y de una delicada emoción, alejada por completo de esas otras tensas y puramente contemplativas que el músico compondrá en los últimos años de su vida. La trágica tonalidad en do menor se di­suelve en modulaciones que nos introducen en una atmósfera cada vez más serena, pero sin que las constantes metamorfosis armó­nicas escapen jamás al análisis. Como en toda la obra de Fauré, la melodía no puede separarse aquí de su armonización sin ser desfigurada. Consta de cuatro movimientos, iniciándose con un «Allegro molto modera­to» en dos temas; seguidamente, un «Scher­zo» ligero en el estilo de la Tarantela con un «Trio» de admirable y refinada escri­tura; a continuación, un «Adagio», «lied» en tres partes, muy grave y fogoso. Por último, el piano ataca el «moto perpetuo» del «Finale», pulsación rítmica cuyo ímpe­tu se acrecienta progresivamente. El II Cuar­teto, en sol menor, sigue el mismo plan que expone el primero. El «Allegro» yuxtapone dos temas, uno rico, de una fogosidad y alegría desbordantes, y el otro entonado por la viola como una confidencia dulce y apagada. El «Scherzo» reemprende un te­ma del trozo precedente y precipita el rit­mo de un modo caprichoso, retozón, dionisíaco.

El «Adagio» evoca la paz frondosa del bosque con el sonido de las campanas a través de las hojas; canta la viola una dulce melopea y la noche cae lentamente sobre un paisaje de dicha y de paz bañado por la luna. El «Finale» nos sume de nue­vo en la atmósfera vehemente de la intro­ducción. Este Cuarteto se dio en primera audición el 22 de enero de 1887 en la «Société Nationale». El III Cuarteto, en mi menor, fue escrito para dos violines, viola y violonchelo. En su lecho de muerte, Fau­ré confió a Roger Ducasse la tarea de se­ñalar los movimientos y las expresiones. El «Allegro» es un diálogo de dos temas de una gravedad melancólica, tomados del Concierto para violín (1878) que jamás fue editado y del que únicamente el primer movimiento había sido ejecutado en públi­co. El «Andante» sólo es un lamento tem­bloroso que se transforma en plegaria de la que brota una apasionada esperanza. El «Finale», concebido en forma de «Rondó», recuerda por su fresca inspiración, las obras juveniles de Fauré, pero un ritmo jadeante y sus oposiciones tonales infiltran una im­presión de latente angustia; angustia del hombre que siente ya en su piel el roce frío y alado de la muerte.