¡Centinela, Alerta!, Matilde Serao

[All’erta sentinella!]. Relatos de la novelista napolitana Matilde Serao (1856-1927), aparecidos ante­riormente en la «Nuova Antología» y re­unidos en volumen en 1889. El primero, que da el título al libro, describe el ambiente presidiario de Nísida, el tenebroso arrecife que se eleva en el maravilloso mar que hay entre Nápoles y Bagnoli. Su director, el ca­pitán Gigli, un ferviente patriota que ha combatido en las campañas del 60, trata de suavizar la dura vida de los reclusos, para restablecer en ellos el sentimiento social. Pero Cecilia, su joven esposa, impresionable y supersticiosa, experimenta ante los lúgu­bres presidiarios una repulsión instintiva y los quisiera ver excluidos de su vista y de su casa, donde se presentan humildes y ser­viciales. Uno de ellos, Rocco Troetta, un joven y feroz parricida, ama con ternura a Mario, el hijo de Cecilia, y aunque al prin­cipio es rechazado, trata al chiquillo con tanta amabilidad que éste le cobra afecto. Ya la humanidad del bruto aflora, iluminada y consolada, cuando Mario enferma y mue­re. Rocco sólo le ha podido ver colocado en el ataúd que sale para Nápoles; y cuando el presidiario, que ha seguido con los ojos al féretro desde lo alto de la explanada, aga­rrado a la reja, se encuentra solo, desespe­rado, intenta escapar, y en la fuga le matan. Sobre la figura del recluso se acentúa la dominante piedad de la escritora; rápida­mente diseñado, incluso mantenido en la sombra, poco hablador, con sólo el gesto revela sumariamente su vida, a la que el afecto redime y da una luz de idilio. Pero falta el estudio del claroscuro; nunca en­contramos verdaderamente en él al bruto. En el segundo relato, «Terno seco» [«Terno secco»], una de las obras más delicadas y justamente populares de la Serao, Tommasina, la buena sirvienta de una señora que ha quedado viuda con una hija, Caterina, encuentra en casa un papel con tres núme­ros, que ella, con superstición típicamente napolitana, comunica al vecindario, tentando ella misma a la fortuna.

Sólo la madre de Caterina no ha podido jugarlos, prefiriendo satisfacer un caprichito de su hijita que­rida. Esos números salen; muchos consi­guen alguna ganancia, los más atrevidos se enriquecen. Pocas palabras profundas entre las dos mujeres, amargadas también por el pensamiento del próximo desahucio, termi­nan la nóvela corta que tiene la fuerza, la línea y la rigidez de un pequeño drama. «Treinta por ciento» [«Trenta per cento»] da una viva representación de la fiebre de ganancias súbitas que invadió a la ciudad de Nápoles en tiempos de la Banca Ruffo Scilla. «Giovannino o la muerte» [«Giovannino o la morte»] es la historia de la pasión de una jovencita, hijastra de una odiosa prestamista que se ha enriquecido con aquel oficio innoble y al que atrae a su futuro yerno, que se le había presentado para con­seguir su consentimiento a las bodas antes prohibidas, y que luego, para disfrutar de sus riquezas, entra como socio en la agen­cia. Pero cuando Chiarina, que quisiera ale­jar al novio de aquel triste comercio y ob­serva con espanto la creciente familiaridad de Giovannino con la madrastra, se da cuen­ta de que éste la traiciona precisamente con aquella mujer, desesperada se tira al pozo. El relato parece resumen o esbozo de una novela (v. Adiós amor), pero capta feliz­mente las líneas esenciales de la psicología (la madrastra, violenta y odiosa por la os­tentación de una riqueza que «chorrea san­gre y lágrimas»; la muchacha, una fuerte criatura de pasión y de dolor; el jovencito, abominable con su dulzura y prudencia) e incluso del ambiente napolitano (todos los invitados a una boda que participan, hosti­les o compasivos, en las vicisitudes de aquel amor).

G. Marzot