Cartas de Mme. de Sévigné

[Lettres]. El célebre epistolario de Marie de Rabutin-Chantal, marquesa de Sévigné (1626-1696), publicado en París en 1862-68 (edición Monmerqué, revisada por P. Mesnard), está casi totalmente formado por las cartas dirigidas a su hija querida, Madame de Grignan, que después de su matrimonio vivió casi siem­pre en Provenza, de donde su marido era gobernador. Abarcan, por lo tanto, un pe­ríodo de veinticinco años, entre 1671 y 1696. Además de éstas hay unas pocas de los años anteriores, escritas a su primo Bussy-Rabutin, o al señor de Pomponne, acerca del célebre proceso de su común amigo el in­tendente general Fouquet. Para comprender bien el espíritu que anima esta famosa co­rrespondencia, hay que pensar que no sólo está empapada de un tenacísimo y tiernísimo amor materno, sino que refleja, sobre todo, y de un modo incomparable, la vida de sociedad de una época en que la con­versación, los placeres del intercambio de ideas y sentimientos, formaban todo el in­terés y sabor de la vida social. Esta pasión por la conversación y este espíritu esencial­mente sociable tienen su mejor expresión en las cartas de Mme. de Sévigné, rebosan­tes de una incomparable vivacidad. Más aún: la autora vive en la Corte y en París, co­noce a un gran número de personajes, está dotada de excelentes estudios y de una sólida cultura y lo demuestra sin la menor sombra de pedantería, conoce el mundo y posee una intuición psicológica de excep­cional fineza. Su epistolario es, pues, tam­bién, una admirable galería de retratos y de cuadros de conjunto de la sociedad de en­tonces, sólo comparable a las Memorias del duque de Saint-Simon (v.).

Son célebres por su valor histórico y documental, además de por su vivacidad, la carta acerca del ma­trimonio de «Mademoiselle», prima del Rey, con el duque de Lauzun; la relativa a la desventura del pobre Picard, o la que se refiere a la muerte de Vatel, el famoso co­cinero de los duques de Condé, que se dio muerte, desesperado, porque precisamente el día en que, después de tantos años de es­pera, Luis XIV había ido al castillo de sus señores, no pudo servirle pescado en la gran comida que se le ofreció. En otras describe sus estancias en el campo, en Livry, con el abate de Coulanges, o en su propiedad de «Les Roehers», en Bretaña, con un senti­miento de la naturaleza que sólo se puede comparar al de La Fontaine («ces beaux jours de cristal de l’automne!»). En otras admiramos su magnanimidad y cierto sen­tido religioso de la vida que la aproximan al gran Bossuet; como cuando relata la muerte de Turena y la de Louvois. Pero el tono predominante es el alegre; Madame de Sévigné está naturalmente dotada de un es­píritu finamente humorístico que le permite lograr una serie de efectos graciosamente caricaturescos. Pero la obra de Madame de Sévigné aparece limitada por una cierta ari­dez de corazón por la que, absorta en el afecto hacia su hija, se muestra casi indife­rente a las pasiones mundanas, cuando no cínicamente insensible a las desventuras que no afectan a su sociedad (recuérdese la car­ta en que describe un alboroto de gente po­bre en Bretaña y la feroz represión que la siguió, con una frívola indiferencia que deja estupefacto y abrumado). En cuanto al es­tilo, puede considerarse a Mme. de Sévigné, juntamente con La Fontaine y Moliére, en­tre los mayores escritores de su siglo, los que más contribuyeron a dar a la litera­tura de la época aquel tono de absoluta naturalidad unido’ al más exquisito buen gusto y a la más rigurosa elegancia. Rara­mente se observa en sus cartas la menor sombra de artificio; la mayoría de las ve­ces, aunque vigilando su escritura y calcu­lando sus efectos, la autora logra dar una impresión de facilidad y sencillez extraordi­narias. Ya sus contemporáneos apreciaban en ella esas cualidades: pronto se vio obli­gada a sacar copias de todas las cartas que escribía a su hija y a hacerlas circular entre sus amigas y amigos, que a menudo nos han dejado el testimonio de su entusiasmo.

M. Bonfantini

Hay algo de «Dorina» en Madame de Sé­vigné: una Dorina de mundo y «de la meilleure compagnie», con más o menos el mis­mo brío. (Sainte-Beuve)

Mme. de Sévigné es la graciosa antepasada de los cronistas periodísticos. (Lemaitre)

Nunca he podido sufrir a Mme. de Sé­vigné: escribía demasiado bien sus cartas. (Dostoievsky)

Ingeniosa, irónica y maliciosa, no es ni tierna ni sentimental ni melancólica. Le fal­tan las lágrimas y la compasión. (Lanson)