Canto Nuevo, Gabriele d’Annunzio

[Canto novo]. Publicado en 1882, es la primera clamorosa revelación de Gabriele d’Annunzio (1863-1938) cuando aún no tenía veinte años, después de las juveniles pruebas de Primo vere (v.) y de In memoriam (v.). Compuesto de odas bár­baras y de sonetos, el mayor interés del libro no se encuentra en estos últimos (que, en efecto, fueron abandonados en la edi­ción definitiva de 1896), a pesar de que son útiles para señalar el paso de las ingenuas efusiones, a la manera de Stecchetti, de los sonetos de In memoriam a la gravedad y al parnasiano decoro del Intermezzo de rimas (v.). Y no tan sólo en los sonetos, sino particularmente en ellos, la materia del canto resbala hacia cuadros humani­tarios, entre Stecchetti, Fucini y De Amicis; es decir que encontraremos sonetos con acento verdaderamente d’annunziano tan sólo en la prosa de Tierra Virgen (v.). De la primera edición queda, auténtica e impe­tuosa poesía, la explosión pánica, el ensi­mismamiento de la naturaleza, «la inmensa alegría de vivir / de ser fuerte, de ser jo­ven, / de morder los frutos de esta tierra / con sólidos y blancos dientes voraces».

Este goce podría parecer elemental, y así es en parte; pero rebosante de refinada cul­tura y de sensualidad decadente, se mues­tra en cambio en las exquisitas y alejan­drinas composiciones añadidas en 1896, y más generalmente desde la primera edi­ción si se compara a las actitudes, motivos y tonos que parece recoger de Carducci: el amor al paisaje, el dirigirse a los pro­pios metros, la misma pagana alegría de vivir; pero aquí, el sentido fiero y viril de la historia y de la dignidad humana, secreta musa del pagano Carducci, se sus­tituye, quizás distinto moralmente pero no menos auténtico poéticamente, por el puro sentido del vivir por el vivir, del cantar por el cantar, del gozar únicamente por gozar. Fara el lector de hoy, el naturalismo algo corpóreo que se nota en las imágenes y en el vocabulario representa los límites de las partes mejores del Canto nuevo. Sin embargo es más acertado ver en él el sello de la cultura, en la que se basaba d’Annun­zio, y la seguridad con la que, desde en­tonces, el poeta intentaba resolver también los datos naturalistas, así como los gritos que eran excesivamente gritos, en tonos y música que iban más allá de la misma ima­gen empleada. Esto se nota principalmente en las poesías lánguidas y matizadas, que aquí y allá dan aliento y reposo al canto solar, poniendo de manifiesto desde ahora el otro extremo del doble registro de d’Annun­zio, el solar y el lánguido, que fueron célebres entre las más poéticas del volu­men, aunque ni siquiera ellas logran alcan­zar la interior disolución en música del dato naturalista que se verifica en Alción (v.), sino que tan sólo al anuncian, que­dando por ahora en un clima que podría­mos llamar casi a la manera de Di Giacomo. E. De Michelis

En Canto nuevo, que los críticos de co­mún acuerdo consideran como la obra maes­tra de su juventud, se afirma, dominante su inspiración de bárbaro ingenuo, en en­cendida y anhelante comunicación con el mar, con la tierra y con el cielo, más allá de toda preocupación de carácter histórico y reflejo. (L. Russo)

Esta poesía no es más que la irrupción violenta y aquí y allá descompuesta de un sano, justo y muy poderoso sentido de la naturaleza y de- la vida. (E. Cecchi)

En el Canto nuevo se expresa vivazmen­te el sentido de la vida universal, en la que el poeta toma parte corporalmente, y esta lujuria es ingenua en el arte que no se enturbia y no se vicia por ella. (F. Flora)