Canciones de Madagascar, Maurice Ravel

[Chansons madécasses]. Tres composiciones para canto, piano, flauta y violoncelo, de Maurice Ravel (1875-1937) sobre texto de Evariste Parny, libres imitaciones, muy hábil­mente construidas, de cantos populares de Madagascar. Con estas obras, estrenadas en París en 1926, Ravel crea una de las más bellas páginas de la música vocal francesa de nuestra época. La pura constructividad con que el color se organiza en sentido de­finitivo, que la escritura desnuda concentra la emoción en la melodía, es el aspecto a que tiende cada vez más decididamente Ra­vel en las obras de su madurez y que se revela en las Canciones de Madagascar en forma completa y perfecta. La primera nos cuenta de la bella Nahandove a quien su amante invoca impaciente; una larga decla­mación sostenida por el canto del violoncello revela en seguida cómo Ravel, al construir contrapuntísticamente con una descarnada linealidad en las dos partes, alcanza ya la emoción colorista más viva y ardiente en sentido opuesto a la atmósfera impresionis­ta de la cual, sin embargo, había salido di­rectamente. La declamación concluye con la invocación inicial; después el piano anun­ciando, «piü animato», un anhelante ritmo sincopado, introduce la nueva parte del canto: «Elle vient. J’ai reconnu la respiration precipitée que donne une marche rapide…», y el violoncelo, mediante una frase ascendente, hace eco a su canto ca­dencioso de antes, mientras canta la flauta en el registro agudo repitiendo los ritmos sincopados del piano; la imagen sensual y voluptuosa de Nahandove traduce en so­nido la emoción más densa; después el ritmo se hace más suelto, el timbre más blando y el canto más amplio, mientras Nahandove se aleja perdiéndose en la cris­talina sonoridad del fragmento agudo, su­surrado por el flautín.

La segunda canción está en decidido contraste con la primera; se la podría llamar una «ballata» que incita a rebelión: «Aoua! Aoua! Méfiez-vous des blancs, habitants du rivage!»; la melodía lenta, de tono vigoroso, después del grito de guerra, conduce, sobre un monótono acompañamiento, a la imagen de los com­bates; la fuerza dramática del texto es sostenida por el músico con fuerza salvaje; después el piano imitando el ritmo grave del tam-tam, mientras la flauta entona «quasi tromba», una melodía bárbara, in­troduce el «Allegro feroce» que conduce al final mediante el grito inicial, más grave y dilatado. La tercera canción tiene el carác­ter de libre improvisación: una lenta me­lodía de la flauta, contrapuntada por unos armónicos del violoncelo, a la cual respon­de la voz: «II est doux de se coucher durant la chaleur sous un arbre touffu…», el pia­no limita su participación a sencillos toques de color; produce primero un opaco y sor­do sonido metálico (con el insistente acor­de «re-re sostenido»), después se mezcla, con ligeros incisos rítmicos, con los armónicos «en pizzicatto» del violoncelo, sobre los cuales el flautín traza sus transparentes me­lodías; es uno de los momentos más puros de esta obra de Ravel, que se amplía luego con la maravillosa frase del final. De las tres Canciones es ésta quizás la que más recuerda la lejana atmósfera de Debussy; pero la melodía supera una vez más, sin fragmentarse en su perfecta unidad, todo sentido de vaguedad y de infinito. Con las Canciones de Madagascar Ravel alcanza la emoción más pura de su arte mediante una refinada técnica ya desnuda de todo vir­tuosismo, en la cual el gusto por la diso­nancia se acentúa a través de la más aguda sensibilidad del juego sonoro.

L. Rognoni