Canciones de Giraut de Bornelh

Unas setenta y siete poesías de este trovador (de fines del siglo XII) nos han conservado los cancioneros, en su mayor parte «can­ciones»; pero hay también entre ellas serventesios, debates, planhs, pastorelas y una célebre «alba» [«Reis glorios»]. Giraut sucede a Peire d’Alvernha en su posición, reconocida por su biógrafo, de «maestro de los trovadores» y ocupa — como Peire, en los florilegios más antiguos (v. Versos de Peire d’Alvernha) — el puesto de honor en los cancioneros. Y es efectivamente una de las personalidades más eminentes del mundo de los trovadores. En la Vulgar elo­cuencia (v.) Dante lo pone como modelo de los que él llama poetas de la «rectitud», esto es, morales, entre los cuales también se pone a sí mismo. Y, en cierto momento de su carrera poética, Dante sintió vivísima la influencia de Giraut, cuya poesía imitó en cuatro canciones morales: «Le dolci ri­me», «Doglia mi reca», «Tre donne», «Poseía ch’amor». En este período, Dante pone a Giraut por encima de todos los trovadores. Más tarde, en cambio, sintió el hechizo del arte de Arnaut Daniel (v. Canciones de Arnaut Daniel), a quien en un célebre pa­saje del canto XXVIII del «Purgatorio» le asigna la palma de todos cuantos escribie­ron, en verso o en prosa, en lengua vulgar, y califica ásperamente de «necios» [«stolti»] a los que le anteponen «aquel del Lemosín», es decir, Giraut de Bornelh, originario del Lemosin. Queda la admiración que Dante tributó, en un determinado momento, a nuestro trovador, y su posterior juicio de­pende de una evolución del gusto dantesco y del modo de comprender la poesía.

Ade­más en cuanto a la definición dantesca de Giraut como «poeta de la rectitud», esto es, como poeta esencialmente moral, se ha ob­servado que, en realidad, la parte tal vez más considerable de nuestro poeta es poesía de amor, en la cual aparecen los moti­vos de la poesía amorosa de los trovadores, sus acostumbradas fórmulas estilísticas y sus características situaciones temáticas. Pero, a veces, aparece la nota viva e intensa. Por ejemplo, en la canción: «Er’ai gran joi»: «El otro día fui a un jardín mara­villosamente cubierto de flores y lleno del canto de los pájaros; y mientras yo es­taba en aquel bello jardín, se me apare­ció la bella flor de lis y cautivó mis ojos y conquistó mi corazón, de manera que, desde entonces, mi pensamiento y mi recuerdo se dirigen hacia aquella a quien amo…»; y en la canción: «No’m platz chans de rossinhol»: «Ya no me place canto de ruiseñor, tan afligido y triste tengo el corazón; y, con todo me asombro de que no me haya vuelto a regocijar abril, que todos los años solía redoblar mi alegría. Mas ahora no me place ni la flor ni el fruto que pende de la ra­ma…». Con todo, si bien la poesía de Gi­raut es en su mayor parte de amor, no deja de ser certero el juicio de Dante, quien conoció de nuestro trovador poco más o menos lo que conocemos nosotros. Y «poeta moral» nos parece también a nos­otros Bornelh no sólo en sus sirventesios, de contenido, en efecto, moral y político, sino también en las mismas canciones de amor, ya por el tono razonado y doctrinal, que a menudo contienen, ya por la sutile­za de sus distinciones y argumentaciones, ya por la circunstancia de que en todas sus canciones la materia amorosa y la moral se alternen libremente, se entrelacen, se con­fundan. Moral, se entiende, caballeresca. También para Giraut, como en general para todos los trovadores, el amor es, como se ha dicho, «aguijón y guía de virtudes y prez de perfecto caballero y belleza de mujer y ministro de amor en tal intención». Pero ya, en tiempo del poeta, «prez de caballería yace humillada en el fango» y por eso «amor de mujer preciada apenas halla ya su digna sede». «Sermonea y truena Giraut contra los que, «esclavos de la avaricia», «i rics malvatz» (y la avaricia es el delito más horrendo conocido en el códice de la moral caballeresca), osan entender en amor; contra los caballeros que, «convertidos en merca­deres y ladrones, pretenden ir tras las mu­jeres con sus manos que hieden a car­nero».

Y es justamente la furiosa canción de la que sacamos esta última cita, la que Dante aduce en la Vulgar elocuencia (v.) para convalidar su definición de «poeta de la rectitud» que da de Giraut. La poesía de nuestro trovador repite, en el fondo, tópicos de la moral trovadoresca; su motivo fundamental es la decadencia de la bella vida de corte, de prez, gozo y solaz (véase la canción «Per solatz reveillar»). Pero también se esfuerza el poeta en evitar la monotonía, introduciendo gran cantidad de vivos pormenores, con los cuales resulta eficaz la antítesis entre pasado y presente. A veces se acerca al tipo de poesía gnó­mica, llena de proverbios y sentencias, característica de Marcabrú, pero jamás se sirve del lenguaje de éste, crudo y violento. Giraut pareció ya docto y austero a los autores y críticos medievales de la poesía trovadoresca; un «maistro in carega», como dice la nota para el miniador del cancio­nero vaticano; un «homs de letras» como lo define una antigua biografía. Poseyó un celoso sentido del arte y dé la técnica; y hasta discurrió acerca de él, teóricamente, en algunas de sus obras; fue, primero, adepto del «trobar clus» (v. Versos de Marcabrú); en las poesías de su primer período, se lamenta de que el gusto de sus contemporáneos valore la poesía fácil y llana, y reivindica el derecho del poeta para encerrar su pensamiento en formas raras y selectas, afirmando que «sens echartatz», esto es, apartado de lo común, oscuro, añade mérito a las poesías y declara que para componer sus cantos va buscando bellas palabras «que son tuchs chargat e pie / d’us estranhs sens naturals / e non sabon tuch de cals», es decir, palabras re­pletas de un sentido extraño y natural que no todos saben descubrir. Poco después se convierte clamorosamente al «trobar leu», al poetizar fácil y llano; y proclama su voluntad de hacer un canto que hasta un niño pueda entenderlo, y componer versos, no ya oscuros y herméticos, sino absoluta­mente transparentes («ben esclairatz»).

De­fendió su nuevo ideal artístico en un debate con un amigo suyo, designado con el nom­bre de Linhaure, quien con toda proba­bilidad es Raimbaut d’Aurenga. El cual, como campeón del «trobar clus», defiende y justifica, en el debate, el poetizar her­mético (v. Versos de Raimbaut d’Aurenga) con un argumento en que se refleja viva­mente el ideal trovadoresco del arte; éste será tal, proclama Linhaure, sólo en cuan­to se aparte de lo vulgar, en cuanto sea aristocrático y no común: éste es el mis­mo argumento, como es sabido, con que Dante condena a Guittone «nunquam plebescere dissuetus». Pero Giraut contestó que más preciado y amado es el canto si se hace «levet e venandal», ligero y sencillo, común. Por lo que podría parecer que la conversión fuese determinada por el deseo de conformarse al gusto del público. Y por lo demás, el ideal de un arte sencillo y na­tural no se opone a aquel sentido celoso y austero de la forma que hemos señalado como propio de Giraut, quien siempre bus­ca cierta moderada profundidad de pensa­miento, y nobleza y dignidad de expresión.

A. Viscardi