Bucólicas de Virgilio, Publio Virgilio Marón

[Bucólica]. Con este título, o con el menos exacto de Églogas, Publio Virgilio Marón (70-19 a. de C.) reunía diez poesías juveniles de ca­rácter idílico pastoril, escritas entre el 42 y el 39. Su amigo Polión, entonces gober­nador de la Galia Cisalpina, que había in­sistido mucho para que los bienes de Vir­gilio en la región de Mantua no fuesen confiscados en beneficio de los «veteranos», fue el inspirador de estas composiciones, pero substituido Polión en aquel cargo, por Alfeno Varo, Virgilio que en vano había intentado congraciarse con el nuevo gobernador se vio privado de cuanto poseía y expulsado, tal vez con peligro de su vida, de su casa paterna. Entonces se unió con Cornelio Galo, condiscípulo suyo, quien in­tercedió cerca de Octaviano y le introdujo en la sociedad romana. Allí Virgilio conoció a Mecenas que más tarde le encargará las Geórgicas (v.). Estos personajes históricos, comparecen a veces alegóricamente disfra­zados, mezclados con los personajes irrea­les, de manera que toda la trama bucólica y novelesca está entretejida de ficción y realidad. En la primera égloga, Melibeo, uno de los viejos colonos, expulsado de sus campos para dejar lugar a los «vetera­nos», encuentra a Títiro (v.) el cual ha obtenido que su finca sea respetada. Me­libeo, sin envidiar la felicidad ajena, no puede menos de contraponer las dos diver­sas fortunas; el amigo podrá quedarse en su predio hereditario y él en cambio debe­rá, desterrado, conocer las más lejanas re­giones del mundo, renunciando para siem­pre a su casa.

En la segunda, Coridón arde en amor por Alexis siervo predilecto de un rico propietario de la ciudad que no se cuida del pobre pastor. Este, desdichado, después de haber dirigido a las selvas y a los montes sus desconsoladas palabras de amor, se persuade de que no va bien con la índole de Alexis la vida campestre. Des­consolado, advierte que con su tortura de amor por Alexis ha olvidado también sus trabajos. En la tercera, Dametas está guar­dando el ganado cuando se presenta Menalcas. Éste, que guarda, sin desahogarlo, un antiguo rencor, comienza a injuriar a su compañero mostrándose escéptico acerca de sus dotes para el canto. De aquí el reto sobre quién cantará mejor; y con el reto el premio: unas copas de madera de haya artísticamente cinceladas. El juez de la com­petición será Palemón, el cual, prescritas las normas, da permiso para empezar a los contendientes. En doce réplicas, Dametas y Menalcas tratan los más diversos asuntos, hasta que Palemón los declara de mérito igual. En la cuarta, refiriéndose a una mí­tica edad de oro, el poeta anuncia el adve­nimiento de una nueva época en la cual, por un milagroso reflujo histórico, se habrán de repetir aquella felicidad y aquel bienestar para el género humano. La égloga está escri­ta en honor de un niño (identificado por el Cristianismo con Jesús) al cual la suer­te guarda la feliz ventura de empezar con sus años los de la renacida época de oro, de manera que a medida que él vaya cre­ciendo, también, purificándose llegará a aquella perfección ya desde siglos perdida. En la quinta, Menalcas y Mopso entonan cada cual su canto: Mopso canta la aflic­ción del universo por la muerte de Dafnis (v.); Menalcas, a su vez, canta la apoteo­sis de Dafnis. Terminado el canto, los dos pastores, conmovidos y admirados uno del otro, se cambian obsequios.

En la sexta, Cromis y Mnasilo hablando al viejo Sileno (v.) borracho y dormido, lo atan con guir­naldas de flores. Sileno al despertarse pone a mal tiempo buena cara, y después de rogársele, inicia su canto, comenzando por la formación del mundo pasando a las leyen­das de Deucalión y Pirra, de la edad del oro, de Prometeo, de Hilas, de Pasifae, de Atlas, de Faetón, recordando a Scila, Tereo, Filomela. Sólo al caer de la tarde cesa su canto. Con la séptima Melibeo cuenta haber oído a Coridón y Tirsis en una competición de canto. Estos cambiaban estrofas alternas acerca de los más variados temas. La com­petición no es referida por entero; Melibeo recuerda que de ella salió vencedor Caridón. En la octava dos pastores componen en competencia dos cantos de amor. Damón se declara, traicionado por la joven Nisa que va a casarse con Mopso. Para su deses­peración no hay más remedio que el suici­dio. Alfesibeo refiere el canto de una mujer abandonada por su Dafnis sobre el cual se propone obrar por medio de prácticas má­gicas que causan buen efecto, puesto que le restituyen su amado. En la novena, Llícidas se encuentra con Meris que lleva los cabritos a su nuevo amo, un veterano, que ha echado de su casa a Menalcas. Lícidas, que se duele mucho de este triste suceso, recuerda con Meris algún trozo poético de Menalcas, y más querría escuchar aún el pastor, si Meris, a quien ya se le ha hecho tarde, no quisiera darse prisa para presentarse a su nuevo amo. En la décima toda la naturaleza, los pastores, las divinidades olímpicas y pastorales apiadadas por el gran dolor de Galo, amante infeliz y no corres­pondido por Licor ida, toman parte en sus penas de amor, procurando consolarlo. La amada lo ha abandonado para seguir a un militar; de esto no puede consolarse el in­feliz, quien, sin embargo, busca alivio en los paisajes de Arcadia.

Pero también aquí, como en todas partes del mundo, el hom­bre es vencido por el amor, y el amor do­mina sobre todos. Los pretextos literarios de tendencias innovadoras, los motivos pasto­rales inspirados en Teócrito y los demás elementos, de que están compuestas las diez bucólicas, hacen creer que bajo la máscara de casi todos los pastores se ocultan el ros­tro y el alma del propio Virgilio; tal es la extraordinaria viveza de la poesía bucólica virgiliana, y cuya eficacia es tan fuerte que da a cualquiera la ilusión de su valor auto­biográfico. Pero observándolo bien, verda­deramente autobiográfico no hay más que dos églogas, la primera y la novena; en la una, el poeta se presenta después que ha obtenido la seguridad de que no le quitan sus campos; en la otra, él, después que ha esperado en vano salvar, por la virtud de sus cantos, los bienes paternos, ha de emi­grar de Mantua, en la alternancia del gozo y del dolor, de la permanencia en su pro­pia casa y del destierro del techo nativo, se reúnen todos los elementos biográficos de fecha comprobable con toda seguridad por cuanto entran en el cuadro histórico de la tumultuosa vida de la República romana.

Y el dolor expresado en estos poemas co­noce siempre una alegría pasada o futura; y la alegría se ofrece siempre velada de alguna lágrima de nostalgia o de pasión desgraciada. Máscaras trágicas que tonta­mente lloran, máscaras cómicas que triste­mente sonríen, con los personajes de estos diez cuadros; diez oasis de paz, en torno a los cuales se agita el tumulto de la vida del Estado que se desmoronaba; los idus de Marzo, los campos de Filipos, la breve paz de Brindis quedan al otro lado de aquel sutil velo que sirve de fondo a la escena.

F. Della Corte

Virgilio es el poeta amigo del hombre so­litario, el compañero de las horas secretas de la vida. (Chateaubriand)

*   La fortuna de la obrita virgiliana va ligada de modo especial al desarrollo del clasicismo (v.) en el Renacimiento italiano: el refinamiento estilístico de las églogas tiene así manera de divulgarse en versio­nes que unas veces reproducen fielmente el original, y otras veces se valen de él para libres refundiciones. El ejemplo directo de la obra maestra influye igualmente en el desarrollo de la pastoral en el siglo XV, y también en el del teatro; motivos virgilianos servirán como asuntos de obras musi­cales. Con una versión en tercetos Bernardo Pulci, acompañaba una colección de Églogas elegantísimas [Ecloghe elegantissime] de él mismo, de Arsocchi, de Benivieni y de Buoninsegni (Florencia, 1482); dedicada a Lo­renzo el Magnífico esta versión, reimpresa en 1492 y en 1495, reproduce con delicadeza los sentimientos del poeta latino y los recrea con una gracia propia, que con razón se ha calificado de cuatrocentista, pero que más bien es «preraffaellesca». Digna de recuerdo, como ejercicio estilístico es también la Bucholica volgare al cuidado de Fray Evange­lista Fossa de la orden de los servitas (Florencia, hacia 1430, y reimpresa después en Venecia en 1494, y en Milán, en 1520). En la época más ilustre de las versiones vul­gares, el siglo XVI, una versión afortunada es la de Andrea Lori (Venecia, Giolito de Ferrari, 1553) que fue pronto comprendi­da en la tan conocida colección de las obras virgilianas «nuevamente por diversos excelentísimos autores traducidas en versos blancos, y con toda diligencia compiladas» por Ludovico Domenichini (Florencia, Giunti, 1556); reimpresa varias veces hasta todo el siglo XVIII, gozó de una difusión muy superior a sus méritos, ya por la excesiva facilidad con que traduce el original, ya por los lugares en que lo interpreta mal.

De todas maneras era muy superior a la de Vizancio Menni (Perusa, Bianchino, 1544), conocido también como traductor de los primeros seis libros de la Eneida. Otra tentativa en verso blanco, es la de Rinaldi Corsi (Ancona, Astolfo de’ Grandi, 1566), que fue sacado del olvido, sólo para ser ásperamente censurado por los críticos. De fines del siglo es fruto la de Girolamo Pollantieri, párroco de Castelbolognese, que con escrúpulo de maníaco, tradujo cada hexámetro latino por un endecasílabo ita­liano (Bolonia, Bonacci, 1603, póstuma al cuidado de Muzio Manfredi, reimpresa en Parma, 1760). Señala una divulgación de la obra entre escolares y personas comple­tamente ignaras de la cultura clásica, la ver­sión aparejada literalmente, línea por lí­nea, por Cario Malatesta de Rímini en la colección de las obras virgilianas «comen­tadas en lengua vulgar toscana» (Venecia, Lessa, 1558, y varias veces reimpresa hasta en todo el XVIII); la tarea de Malatesta junto con la de Giovanni Fabrini de Figline para las Geórgicas es el límite extremo a que se puede llegar para un autor clá­sico, ofrecido no ya a un grupo elegante de cortesanos, como ocurría en el primer Renacimiento, sino a un grandísimo número de lectores de diversa cultura. La influen­cia verdaderamente grande en las literaturas modernas, de las Bucólicas, especialmente en la poesía pastoril con las imitaciones de la Arcadia (v.) de Sannazaro, es un indi­cio del vivo interés renacentista por la re­finada exaltación de la vida campestre: el mismo ropaje de los metros usados intro­duce en una idealización muy italiana los antiguos diálogos de los pastores y los cam­pesinos.

*   [La primera traducción castellana de las Bucólicas de Virgilio es la de Juan del Encina (1468-1529) «repartidas en diez églogas, vueltas del latín en nuestra len­gua e trobadas en estilo pastoril», y publi­cadas en su Cancionero (Salamanca, 1496). Más que una versión literal es una adap­tación en coplas de arte menor, cuyo sabor medieval otorga a la versión un gracioso anacronismo. Es mediocre la traducción en verso de J. Fernández de Idiáguez (Bar­celona, 1574). Famosa, aunque no muy lo­grada, la de Fray Luis de León, publicada por vez primera en Madrid, 1631. En verso como las anteriores la de Cristóbal de Mesa (Madrid, 1618). En prosa es clásica la ver­sión de Diego López en su traducción de las Obras de Virgilio (Valladolid, 1601). Es excelente la versión moderna, en prosa de Eugenio de Ochoa, en las Obras completas de Virgilio (Madrid, 1869). Existe una ver­sión, también en prosa de Manuel Machado (París, Garnier, sin fecha) de todas las obras de Virgilio. En lengua catalana existen dos excelentes versiones modernas: la de Car­ies Riba (Barcelona, 1911) y la de Mn. Lo­renzo Riber (Barcelona, 1920)].

C. Cordié