Baladas Líricas de Wordsworth y Coleridge

[Lyrical Ballads]. Colección de poe­sías de William Wordsworth (1770-1850) y de Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), cuya primera edición apareció en 1798, la segunda, con notables alteraciones, en 1800, y la tercera, con otras modificaciones, en 1802. La adición más notable de la segunda edición, la constituye el prólogo de Words­worth, en el cual se hace «una defensa sis­temática de la teoría según la cual han sido escritos los poemas». La manifestación de las Baladas líricas, en su acepción más am­plia, señala la reanudación de la originali­dad creadora y del libre despliegue de la vida emotiva y fantástica que ya había sido característico de la época isabelina; es un verdadero renacimiento de aquel senti­miento de asombro elemental (el estupor del niño, según la famosa Oda sobre los atisbos de inmortalidad por reminiscen­cias de la primera infancia v.) ante el mis­terio del mundo. Para hacer comprensi­ble este misterio, Wordsworth se proponía transfigurar con un lenguaje ceñido y su­gestivo la realidad más familiar y Coleridge hacer real y tangible lo sobrenatural. En este último sentido, la Balada del viejo marinero (v.) representa la cima más alta alcanzada por el Romanticismo. Contra la abstracción intelectualista de la «dicción poética» («poetic diction») convencional del siglo XVIII, Wodsworth inaugura un len­guaje de simplicidad altamente sugestiva, mientras Coleridge, por su parte, restablece la energía evocadora del idioma con el sa­bio empleo de arcaísmos, y la fuerza fan­tástica del verso con un retorno a la mé­trica de acentos. Entre las poesías que for­man parte de la aportación de Wordsworth a este volumen, encontramos los «Versos escritos a pocas millas de Tintern Abbey» [«Lines composed a few miles above Tintern Abbey»] y «La visión de la pobre Susana» [«The Reverie of Poor Susan»].

M. Praz

No hay narración en verso que les aven­taje en ritmo, energía y ardor. (Oliver Elton)

Creo firmemente que la obra de Wordsxvorth es sin duda, después de la de Shakes­peare y la de Milton, de las cuales ahora todo el mundo reconoce el valor, la más considerable en nuestra lengua desde la época isabelina hasta hoy. (Arnold)