Bajo los Cedros Deodaras, Ruydard Kipling

[Under the Deodars]. Colección de novelas de Ruydard Kipling (1865-1936), publicada en 1898. Se trata de cinco cuadros de vida anglo- india en la región del Punjab, en el am­biente de altos funcionarios, especialmente en Simia, la capital, residencia estival del virrey. La primera novela, «La educación de Otis Yeere», es la historia del desliz de una mujer a la que una amiga, Mrs. Mallowe, sugiere: «Sé guía, filósofo y alma de alguien; es la ocupación más interesante». Ella prueba el consejo, y tiene éxito con Otis Yeere, que a través de las lecciones de la mujer, adquiere el sentido de su impor­tancia y la estimación de sí mismo. Pero toda Simia comenta las asiduas cabalgadas, y el marido de ella, la invita a que cesen las murmuraciones. Un oportuno desliza­miento de tierras en el camino arrastra al hombre que iba a su lado y lo lanza con el caballo a un torrente de 300 metros de profundidad; la mujer parece enloquecida. En «Comedia en la calle» tres hombres y dos mujeres forman la población inglesa de Kashima. El tercer hombre está de más, y las dos mujeres se lo disputan. Pero no ocu­rre nada grave: «en un lugar tan desolado como éste, ¿qué otra cosa puede ocurrir sino que todos sean amigos?». Si no se es al menos una docena, no puede existir opinión pública, y todas las leyes pierden valor.

La «Colina de la ilusión» es una velada escaramuza entre amantes. En «Mu­jer de segundo orden» la señora Delville, amante de un maestro de baile al que ella creía soltero, con su presencia de ánimo salva a la niña de él, enferma de difteria: la mujer del maestro, la amante y una amiga que asistía impotente se lanzan so­llozando una en brazos de la otra. «¡Qué miserable es todo esto!» comentará la ami­ga. «Niños, difteria, la señora Benley, el maestro de baile, yo que grito impotente, la Delville que baja del cielo. ¿Queréis sa­ber todos los motivos…? ¿Quién los sabe?». En la última, «Sólo un subalterno», Bobby Wick, lugarteniente en Krab Bokhar, cuan­do la fiebre epidémica hace estragos en su regimiento, anima y asiste a los moribun­dos sin amigos, organiza conciertos, con­suela, provee a todos y por fin sucumbe a su vez. La última frase de su carta que no tuvo tiempo de firmar decía: «No hay pe­ligro para mí, querida; mientras tú te in­tereses por mí y yo por ti, nada me toca­rá». Suspendido entre Occidente y Oriente, Kipling revela mejor aquí que en ninguna otra parte la poesía de su oscilante media­ción entre los extremos: entre la moralidad y la inmoralidad, entre la visión optimista y el pesimismo. Pero tal incertidumbre le satisface, porque le permite atender en sus­tancia igualmente ambos extremos y «dar gracias a Dios», como él escribe «por la diversidad de sus criaturas».

G. Pioli

Desde el punto de vista literario, Kipling es un genio que deja caer sus aspiraciones. Desde el punto de vista de la vida, es un «repórter» que conociendo la vulgaridad me­jor de lo que haya conocido nunca nadie… (Wilde)

Con el tiempo, los criterios severos e im­parciales, al seleccionar su obra, desecharán mucho, pero dejarán algo que es único. (E. Shanks)