Vladimir Soloiev

Nació el 16 de enero de 1853 en Moscú y murió en una propiedad del príncipe Soloiev Trubeckoi, próxima a esta ciudad, el 30 de julio de 1900. Puede ser considerado el más ilustre de los filósofos rusos. Recibió la primera formación espi­ritual e intelectual en su hogar, donde la vida se desarrollaba en un ambiente de densa espiritualidad de matiz preferente­mente cristiano. En la Universidad siguió luego simultáneamente los cursos de Filoso­fía y de Ciencias, terminados los cuales de­dicóse al estudio de la Teología. En 1874 defendió con gran éxito en San Petersburgo su primera disertación, La crisis de la filo­sofía occidental, en la que se manifestó con­trario al positivismo dogmático y nihilista que predominaba entonces, libre de toda oposición, en la ideología rusa. Aclamado como «hombre de elevada inspiración y pro­feta», inició sus lecciones en Moscú; pero en 1875 hubo de interrumpirlas para di­rigirse a Londres, donde esperaba poder profundizar en el conocimiento de la lite­ratura mística.

De aquí, empero, y como obedeciendo a una misteriosa llamada, partió muy pronto hacia Egipto; en tal país parece haber experimentado la mística visión que describió luego en una de sus composicio­nes líricas más inspiradas: fue la aparición de la divina Belleza que luego habría de guiarle siempre, tanto en las meditaciones filosóficas como en el apostolado social y religioso. No es extraño, pues, que el filó­sofo, tan místicamente iniciado, a su regre­so a la patria diera a su enseñanza, llevada a cabo en adelante en San Petersburgo, una orientación más netamente cristiana; y así, ya en la Universidad o bien en sus memora­bles conferencias públicas, procuró ampliar cada vez más el campo de su metafísica, y llegó a incluir en él todo el conjunto de problemas acerca de la existencia hu­mana propios del cristianismo. A la consi­deración de esta nueva «filosofía religiosa» desarrollada en el sistema del «realismo místico» dedicó Soloiev las obras más importan­tes: Principios filosóficos del conocimiento integral (1877), Lecturas sobre Dios-Huma­nidad (1878) y su segunda disertación Crí­tica de los principios abstractos (1880).

Pro­fundamente consciente de las responsabi­lidades morales propias de un filósofo, no se limitó a la actividad sólo teórica, y así tendió también a la de carácter práctico, llevada a cabo como un verdadero aposto­lado, valeroso y extremadamente arduo. En 1881 hubo de abandonar la enseñanza, por cuanto había osado invocar públicamente la petición de clemencia en favor de los asesinos del emperador Alejandro II. Libre así de cualquier compromiso oficial, resol­vió afrontar plenamente el problema de la organización de la vida cristiana (Historia y futuro de la teocracia, 1884) y el de la posición de la ortodoxia rusa respecto de la cristiandad católica, en ciertos aspectos posiblemente más delicado. Luego creyó po­der resolver la dolorosa separación de las iglesias, según él meramente histórica, me­diante una unidad mística y sacramental. A ello dedicó su libro, escrito en francés, Rusia y la Iglesia universal (1889, v.; la primera traducción rusa apareció en 1913). La obra fue compuesta a instancias del cé­lebre obispo uniata Strossmayer, al cual visitó Soloiev varias veces en Zagreb. La incom­prensión casi general y la severa hostilidad halladas en el curso de tal apostolado lle­garon, poco a poco, a desengañarle de la labor iniciada, y al cabo de algunos años le indujeron a reanudar la actividad filosó­fica.

Y así, se aprestó a terminar su propia ética, juzgada como una Justificación del Bien (1897), publicó algunos interesantes capítulos de una nueva Filosofía teorética (1897-98) y, finalmente, en las famosas Tres conversaciones (1899), intentó concretar su visión escatológica, planteada más bien con un criterio pesimista. Renació, de esta suer­te, en el «realismo místico» de Soloiev, la con­cepción de la vida, hacía tiempo desapa­recida, brillante de motivos ideales, y que, según el autor, habría de llegar a realizarse en el mundo a través de una misteriosa «teurgia» en la que «la Verdad., como la Belleza, aparecería revelada en el Bien». De acuerdo con la profunda convicción del filósofo, en tal visión la vida se vería levan­tada de la oscuridad caótica original, y, en la acción de la Divina Sabiduría, «Sofía», todo acabaría reconstituyéndose en un nue­vo acuerdo existencial.

L. Ganchikov