Valéry Larbaud

Nació el 29 de agosto de 1881 en Vichy (Allier), donde murió el 2 de febrero de 1957. Hijo único de Nicolas Larbaud (quien dio su propio nombre a un famoso manantial termal llamado Larbaud- Saint-Yorre), y muy amado por sus acauda­lados padres, estuvo primeramente en el colegio de Sainte-Barbe-des-Champs, en Fontenay-aux-Roses, «antigua escuela más cosmopolita que una exposición internacio­nal». Allí figuraron entre sus condiscípulos varios jóvenes sudamericanos; y así, pudo afirmar más tarde que el mundo hispánico era su segunda patria. Terminada la ense­ñanza secundaria en el liceo parisiense «Henri IV» frecuentó la Sorbona. En pose­sión de la herencia paterna a los veintiún años, pudo completar su cultura con viajes a Italia, Alemania, Inglaterra, Suecia y, como es natural, España, país que conocía ya desde los quince años. En 1908 graduóse en Letras.

Entonces dividió su tiempo entre París, Argelia y el Bourbonnais nativo. La primera obra literaria de Larbaud se remonta a 1893: una breve narración sobre la vida escolar. A partir de 1901 colaboró en La Plume, y fue muy elogiada su traducción de la Balada del viejo marinero (v.) de Coleridge. Entre 1902 y 1907 escribió las composiciones poéticas que publicó anóni­mas en 1908 y luego de nuevo en 1923 bajo el título Las poesías de A. O. Barnabooth. En sus versos, en los que rechaza toda retórica y se inspira abiertamente en Walt Whitman, revela tendencias semejantes a las que Paul Morand daría a conocer más tarde. En 1906 empezó la novela Fermina Márquez (v.), que terminó en 1909 y pu­blicó en 1911; se trata de una delicada narración que revela un profundo conoci­miento de la psicología infantil entonces de moda (v. Alain Fournier) y la vida cosmo­polita. Internacional, efectivamente, en el mejor de los sentidos fue Larbaud, como lo de­muestra sobre todo A. O. Barnabooth, ses oeuvres completes: Le pauvre chemisier, Poésies, Journal intime (1908-12).

Esta obra constituye una especie de autorretrato; las aventuras del riquísimo Barnabooth, amante y poeta, aparecen referidas con mucho garbo y en una prosa fácil, cuidada y fina. En las composiciones líricas se dan los te­mas más variados: Madame Tusseaud, los grandes trenes internacionales, la muerte da Atahualpa, Trafalgar Square de noche etcétera. A esta colección poética debe Larbaud su notoriedad entre los lectores de todo el mundo. En 1918 publicó los cuentos Enfantines, estudios excepcionalmente penetran­tes de niños. En 1919 Larbaud conoció a James Joyce, y quedó tan seducido por su «mo­nólogo interior» que empleó muy pronto esta forma de expresión (por lo demás, según declaración del mismo Joyce, iniciada por el francés Édouard Dujardin en la novela Les lauriers sont coupés, de 1888) en Amants, heureux amants (1928). Deseoso de manifestarle su reconocimiento de dis­cípulo propúsole revisar con él la traduc­ción de Ulises debida a Auguste Morel y Stuart Gilbert (1929).

En 1928 Larbaud abandonó el género narrativo y dedicóse al ensayo literario, a la crítica y a las traducciones. Así como había dado a conocer al extran­jero la literatura francesa contemporánea, quiso poner al alcance de los franceses a sus escritores preferidos de otros países. En el volumen titulado Ce vice impuni, la lecture: domaine Anglais presentó, además de Joyce, a Chesterton, Conrad, Coventry Patmore, el poeta Dolben y, singularmente, Samuel Butler; y, con varios artículos, a Ramón Gómez de la Serna y Güiraldes, entre otros. Conocía el griego y el latín, y había estudiado a fondo la literatura fran­cesa, desde sus orígenes. Sentía el placer de descubrir escritores y libros y también lugares, lo que queda de manifiesto en obras como el segundo tomo de Ce vice impuni, la lecture: domaine Français (1925- 1941), Techniques (1932), Amarillo, azul y blanco (v.), Colores de Roma (v.), Sous l’invocation de Saint-Jérôme. Víctima de hemiplejía en octubre de 1935, hubo de re­tirarse a Vichy, absolutamente falto del habla.

Su Journal, del que en 1955 fue publicada una selección, no carece de interés; pero su verdadero diario son todos sus escritos de estilo muy cuidado, elaborado con refinamiento, que se siguen leyendo con interés. Cabe considerarle representante, en particular, de una elevada categoría del diletantismo de altos vuelos; se puede afirmar también que su producción quedará como documento del gusto europeo más fino de los tiempos anteriores a la guerra de 1914. Con razón ha sido definido uno de los «petits-maîtres» que no faltan en ninguna época de la literatura francesa. En 1952 le fue otorgado el Grand Prix Na­tional des Lettres. Célebres seguirán siendo sus versos: «Je chante l’Europe, ses che­mins de fer et ses théâtres / Et ses constel­lations de cités».

A. Camerino