Sófocles

Tras la batalla de Salamina los griegos levantaron un trofeo, en torno al cual cantó el peán un coro de jovencitos, dirigido por un hermoso adolescente des­nudo que danzaba, tocaba la cítara y daba la señal del canto. Este muchacho era Sófocles; los dioses le concedieron la singular for­tuna que suponía saludar con la lira durante su juventud el día más hermoso de Grecia. El futuro trágico tenía entonces diecisiete años. Había nacido en la segunda mitad del 497 a. de C., y pertenecía al demos de Colona. Según la tradición, debió de ver la luz en la agreste localidad de este nom­bre situada a poco más de una milla de los muros de Atenas. Sin embargo, la denomi­nación de la tribu Edeides de la cual formó parte, llegada hasta nosotros por casualidad, le revela procedente del demos urbano de Colona, concretamente de un barrio de in­tensa actividad industrial y mercantil, donde su padre, el rico armero Sofilo, tenía su taller; ello excluye, por tanto, el naci­miento en la mencionada localidad rural, entre el encanto apacible de sus bosques y sus templos. El poeta, pues, pertenecía a la burguesía rica; no era noble.

A su be­lleza y a su habilidad en la danza y la música parece haber debido, sin duda, el honor de la elección como guía del coro de Salamina. Aun cuando fuera el primer trá­gico que ya no representó como actor sus propios dramas, hubo, no obstante, de ac­tuar en la escena por dos veces; en cierta ocasión encarnó el personaje de Tamiris, que requería un hábil citarista, y en otra el de Nausica, para el cual precisaba un dies­tro jugador de pelota. Poco después de los veintiocho años, en 468, alcanzó la primera victoria; en la trilogía presentada entonces por Sófocles figuraba Triptolemo. Ya en 469 (o en­tre 466 y 463) había competido con Esquilo, quien ofrecía la trilogía sobre las Danaides y obtuvo el primer lugar, en tanto co­rrespondía el segundo a Sófocles. Éste no fue nunca un verdadero político; pero desem­peñó importantes cargos. En 443 se le nom­bró helenotamia, o sea administrador del tesoro de la confederación ática, y en 441- 440 fue elegido estratega, junto con Pericles.

Estallada entonces la guerra contra Samos, fue enviado con una pequeña flota a Quíos y Lesbos en busca de refuerzos; evidentemente, Pericles debió de considerar al poeta más apto para las negociaciones diplomáti­cas que para el arte bélico. En Quíos cono­ció al poeta Ion, que le contó entre sus amigos y afirmó de él, agudamente: «En política no valía mucho ni era muy activo: actuaba como un buen ateniense cualquiera». En 428-427 llegó nuevamente a estratega, esta vez con Nicias. En 413, luego del desas­tre de la expedición a Sicilia, figuró entre los diez probulos que prepararon el gobierno de los Cuatrocientos, cuyos actos violentos y arbitrarios, no obstante, parece haber cri­ticado más tarde. Varios testimonios aluden a los amores del poeta. Su esposa, Nicostrata, le dio un hijo, Iofonte, que fue autor trágico; tuvo otro de una amante, Teorides de Sicione; además, una leyenda basada en la chanza de algún cómico le atribuye un amor senil hacia la hetaira Arquipes. En­vuelto en cierta oscuridad legendaria, pero no ajeno a una base real, aparece el famoso proceso a que le sometió su hijo Iofonte.

Se dice que éste, celoso a causa del afecto profesado por el anciano poeta al joven Sófocles, sobrino suyo ilegítimo, presentó a la fratría una reclamación contra el padre, a quien denunció por demencia senil. Éste habría afirmado: «Si soy Sófocles, no estoy loco; y si estoy loco, no soy Sófocles». Lue­go leyó, según se afirma, Edipo en Colona (v.) ante los miembros de la fratría, que, lejos de dar satisfacción a Iofonte, le cen­suró. Como es natural, el trivial dilema y la recitación de la tragedia no pasan de mera fábula. Sófocles falleció ya nonagenario a fines del 406, poco después de la muerte de Eurípides. Los antiguos refirieron una serie de leyendas necias respecto de su fa­llecimiento, como hicieron también acerca del supremo tránsito de los otros dos gran­des autores trágicos. Algunos dijeron que el poeta había muerto ahogado por un grano de uva amarga (lo mismo afirmaban de Anacreonte); otros, que al forzar la voz de la lectura de un largo pasaje de Antígona (v.) carente de pausas; hubo también quien atribuyó su defunción a la inesperada ale­gría debida a la noticia de una victoria dramática.

A la muerte de Sófocles, los atenien­ses le adoraron como a un héroe; erigié­ronle un santuario y establecieron sacrificios anuales en su honor. Con ello honraban no ya al poeta, sino al hombre extremada­mente religioso, que había visto a Heracles en sueños y acogido en su casa la estatua del dios Asclepios, trasladada solemnemen­te de Epidauro a Atenas en 420; en memoria de tal hospitalidad le veneraron bajo el nombre de Dexion («el acogedor»). Sófocles fue un trágico muy del gusto del pueblo ate­niense, como atestiguan sus dieciocho triun­fos, más numerosos que los de Esquilo, quien obtuvo la victoria solamente en trece ocasiones, y de Eurípides, vencedor única­mente cinco veces. Los autores helenísticos conocían de él ciento treinta dramas, siete de los cuales eran considerados espurios por Aristófanes de Bizancio. Hasta nosotros han llegado siete tragedias: Antígona, Ayax (v.), Edipo rey (v.), Electra (v.), Las Traquinias (v.), Filoctetes (v.) y Edipo en Colona.

Se conservan todavía, asimismo, algo más de la mitad del drama satírico Los sabuesos (v. Los sátiros cazadores), descubierto en un papiro publicado en 1912, y numerosos fragmentos. Otros papiros nos han legado importantes pasajes de Euripilo y del drama satírico La asamblea de los aqueos. La tra­ducción antigua atribuye a Sófocles tres intere­santes innovaciones en la técnica de la tragedia: 1), el aumento del número de los coreutas, que de doce pasó a quince; 2), la adición del tercer acto; 3), la composi­ción de dramas independientes, o sea libres del vínculo de la trilogía. La primera de estas tres modificaciones permitió la divi­sión del coro en dos semicoros de siete coreutas cada uno, dirigidos por un asis­tente; el corifeo, además, podía participar con mayor facilidad en el diálogo de los actores. Tía segunda innovación, que hacía posible la actuación de tres personajes a la vez en la escena, dio al drama una varie­dad y una complejidad de desarrollo mayo­res.

Ya Esquilo, en 458, la había introducido en una escena de Las Coéforas, y más am­pliamente en el prólogo y en el pasaje del juicio de Las Euménides. Dado que Aristó­teles, en la Poética (v.), la atribuye explí­citamente a Sófocles, cabe pensar que la novedad de La Orestíada (v.) pudo ser debida a la posible influencia ejercida sobre Esquilo por nuestro trágico, quien, todavía joven, en 468, y quizás aún mucho antes se dedi­caba a la composición de tragedias. Sin embargo, un pasaje de Temistio, retórico del siglo IV d. de C-, al mencionar a Aris­tóteles atribuye la innovación del tercer actor a Esquilo; ello, por lo tanto, puede inducirnos a creer que en realidad pertene­ciera ya a éste, y que el mismo Aristóteles pudiera habedlo reconocido así en el diálogo perdido De los poetas (v.). Mayor impor­tancia tiene la tercera de las mencionadas modificaciones. Según el léxico bizantino llamado de Suidas (v.), Sófocles «empezó a opo­ner un drama a otro drama, y no una tetra­logía a otra». Tal expresión parece presen­tar al poeta en cuestión como el primer trágico que rompió la unidad de la tetralo­gía, al llevar a los concursos, según la cos­tumbre, cuatro dramas, pero independientes entre sí, con argumentos distintos.

En reali­dad, empero, ya Esquilo, en 472, había ofre­cido en este aspecto el ejemplo de Los Per­sas (v.), tragedia de actualidad sin ninguna relación con los restantes dramas de la tetralogía, de contenido mítico; por otra parte, parece también muy admisible ya en La conquista de Mileto, de Frinicos, la se­paración de un drama de los otros tres del conjunto. Probablemente, pues, Sófocles debió de limitarse a convertir en regla lo que no era sino una rara excepción. Por lo demás, una inscripción descubierta recientemente demuestra que al menos en una ocasión nuestro autor hizo representar una tetralo­gía, Télefea, integrada por dramas referen­tes a un solo mito. La separación de la tragedia del vínculo de la trilogía resulta perfectamente adecuada al carácter del arte de Sófocles, que concentra intensamente la acción, con violentos contrastes, en torno a un per­sonaje. El drama aislado pasa a ser, en realidad, un fragmento de materia mítica, presentado por el poeta según su voluntad, y señala, a causa de ello, el perfecto domi­nio de la poesía sobre el mito.

Ya Antígona (obra en cuyo centro figura una cuestión moral y religiosa que parece dominar toda la tragedia) revela el principio dramático al cual permanecería fiel el autor en toda su producción: la concepción de la tragedia como una serie de contrastes violentos cen­trada en torno a un héroe que es el prota­gonista y domina toda la acción. Cada una de las obras trágicas de Sófocles fue escrita pen­sando casi exclusivamente en el protago­nista, que aparece aislado de los restantes personajes y les supera a todos por su grandeza heroica. De las tragedias sofocleas, e incluso de todas las del teatro griego, Edipo rey es la más conocida, celebrada y admirada. Para Aristóteles suponía ya, hasta cierto punto, el modelo ideal de la compo­sición trágica, tal como muestran las odas y las múltiples referencias de su Poética. La obra en cuestión no es «la tragedia del destino»,, como creen todavía muchos. Sófocles no es, en realidad, fatalista: tiene fe en los dioses y en su justicia, aun cuando ésta no sea comprendida por los hombres.

Para él las divinidades resultan lejanas, miste­riosas, radiantes de omnipotencia y santi­dad, y justas; pero con una justicia no ase­quible a la inteligencia humana. Sabe que la desgracia se ceba no solamente en los culpables, sino, asimismo, en los inocentes, como Edipo. Sófocles no es un poeta sereno; de haber manifestado una religiosidad profun­da, pero tranquila, hubiera visto en cualesquier acontecimientos y circunstancias de la vida la obra de un poder sobrenatural, y entonado sus cantos como himnos al cielo, cosa que no hizo nunca, ni tan sólo en Edipo en Colona. Ve este mundo lleno de infortunio y dolor; pero, con todo, su alma no reniega de la fe, por cuanto sabe hallar un refugio en los dioses. La religiosidad del trágico es profunda; sin embargo, se halla fundamentada singularmente en la resigna­ción. En los años de Antígona el poeta con­denaba como necias e irreligiosas las teorías de los sofistas, que, no obstante, ya no discutió luego; inclinado al silencio, procuró evitar las cuestiones morales. Así como en Antígona y Ayax triunfa la justicia, en las tragedias restantes no hay lugar para ésta; aquéllas son los dramas de Dike, en tanto las otras los de Ate, la desventura ciega y tremenda.

En los primeros predomina el concepto de una divinidad justa, que castiga a los culpables y venga a los inocentes; en el resto, aparecen unos dioses misteriosos, que hacen sufrir a los buenos, y en cuyos oscuros designios no es posible penetrar. Al principio, los héroes actúan, y se manifies­tan orgullosos de sus actos heroicos; luego, sufren, y soportan con magnanimidad su desgracia. Andando el tiempo, el poeta adquiere una intuición más triste de la vida, y su pesimismo revela una mayor profun­didad. La poesía de Sófocles emana una inmensa tristeza; sin embargo, a diferencia de la de Eurípides, puede llevar a la serenidad, cual creyó Friedrich Hölderlin: el hombre lle­ga a encontrar un consuelo del dolor en sí mismo, en la nobleza y el heroísmo propios. Si Eurípides aparece como el poeta de la debilidad humana, Sófocles lo es de la grandeza del hombre, que incluso en la desventura conserva intacta su virilidad. Todos los héroes del autor que nos ocupa se parecen: son siempre almas nobles, movidas por una sola pasión que les confiere cierta rigidez, y poderosas y primitivas como fuerzas de la naturaleza.  En esta plenitud pasional, y en esta nobleza y elevación de sentimientos, jamás abatidas por ningún* obstáculo o in­fortunio, reside la esencia de la poesía sofoclea.

G. Perrotta