Simónides de Ceos

Nació en Iuli, ciudad de la isla jónica de Ceos, en 556 a. de C., y murió en Agrigento hacia el 468. Es el pri­mer poeta griego cuya fecha de nacimiento conocemos con certeza, registrada por él mismo en un epigrama escrito en 476 para celebrar una victoria obtenida aquel año en Atenas cuando «era arconte Adimanto», con un coro ditirámbico, nos dice el autor que contaba entonces ochenta años. Maes­tro de los coros al servicio de Apolo en Cartea, en su isla natal, diose pronto a conocer fuera de su patria como poeta autor de epinicios, que compuso especialmente para varios ciudadanos de Egina y Eubea. Hiparco invitóle con ricos regalos a su corte de Atenas, donde conoció a Laso de Hermión de quien fue rival en la composición de ditirambos, y, algunos años después, a Anacreonte. Asesinado Hiparco (514) y ex­pulsado Hipias de la ciudad (510), marchó a Tesalia junto a los scopadios, señores de Cranon. Cantó a Escopas en epinicios y en­comios, y le dirigió el famoso escolio men­cionado en el Protágoras (v.), de Platón, y largamente discutido.

Cuando luego, du­rante un banquete celebrado en Farsalia, el inesperado hundimiento de la techumbre mató a toda la estirpe de los scopadios, Simónides lloró en un «treno» la muerte de sus pro­tectores. Según la leyenda, el poeta estaba presente en el convite, y pudo eludir la desgracia por la intervención de los Dióscuros, quienes le hicieron llamar fuera de la sala. Ello se consideró una recompensa dada a Simónides por los elogios que les dedicó en un encomio de Escopas, a cuyas alabanzas, por el contrario, consagrara muy poco es­pacio; éste irritado, habríale pagado la mi­tad de la remuneración pactada y dicho que el resto debería pedirlo a los Dióscuros. El poeta marchó a Larisa, junto a los alévadas; pero al principio de las guerras médicas regresó a Atenas. Allí celebró la libertad ateniense, y exaltó incluso el asesi­nato del tirano que le dispensara afectuosa hospitalidad. Cantó las victorias de Grecia, y en 489 venció a Esquilo en el concurso destinado a premiar una elegía que ensal­zara a los muertos de Maratón.

En poemas mélicos celebró los triunfos de Artemisión y Salamina y en una composición elegiaca el de Platea. Todas estas obras se han per­dido; conservamos sólo el famoso fragmento en honor de los soldados que perecieron en las Termopilas, así como el epigrama sepul­cral en dos dísticos dedicado al adivino Megistia, huésped y amigo del poeta, que no quiso abandonar a Leónidas y murió luchan­do junto a él. No es de Simónides, empero, puesto que Herodoto no se lo atribuye, el celebérrimo epitafio de los muertos en las Termopilas: «Forastero : anuncia a los espartanos que ya­cemos aquí por haber cumplido sus órde­nes.» Luego del triunfo obtenido en 476 con un coro ditirámbico, abandonó Atenas y marchó a la corte de Hierón, en Siracusa donde llegó a ser amigo e incluso consejero político del tirano; la gran autoridad que tuvo sobre éste y Terón, señor de Agri­gento, permitióle conciliar sus divergencias cuando entre ambos surgió un grave con­flicto y los súbditos de uno y otro se apres­taban a la lucha. Hizo llamar a Siracusa a su sobrino Baquídides; con él enfrentóse a Píndaro, que en 476, el mismo año que Simónides, había llegado a la corte de Hierón. Fue uno de los poetas griegos más fecundos y multi­formes.

Compuso elegías y epigramas, y cul­tivó todas las formas de la poesía mélica coral (v. Odas). Por cincuenta y seis veces obtuvo la victoria con un coro ditirámbico. La tradición le consideró, frecuentemente censurándole, poeta cortesano; en realidad, supo serlo con más habilidad y desenvol­tura que otros. A menudo los antiguos juz­garon mercenaria su musa muy probable­mente porque fue el primero que pidió para su arte compensaciones regularmente pac­tadas. Casi nada conservamos de su vasta producción literaria. De un centenar de epigramas relacionados con nuestro autor, sólo muy pocos pueden serle atribuidos con cierta probabilidad, y únicamente uno, el del adivino Megistia, es, con seguridad, au­téntico. Poseemos también unos cien frag­mentos mélicos, casi todos breves; pero ni un solo poema entero. Con frecuencia, en tales composiciones el poeta se refería a temas morales; tratábase no de máximas solemnes como las de la poesía pindárica, sino de sutiles observaciones, propias de un autor habituado a ver y reflejar todos los aspectos y matices de un problema.

Cuan­do discurre sutilmente, Simónides es poco poeta. Inspirado y conmovido, en cambio, se mues­tra en el encomio dedicado a los soldados que perecieron en las Termopilas: «De los muertos en las Termopilas gloriosa es la suerte, hermosa la muerte, y la tumba un ara; su memoria es el lamento, y su elogio el llanto. Tal veste fúnebre no se verá me­noscabada por el moho ni el tiempo, que todo lo domeña. Este sepulcro de hombres valerosos acogió en su seno la gloria de la Hélade. Lo atestigua también Leónidas, el monarca espartano, magníficamente ador­nado por el valor y la eterna fama.» En tal composición el poeta entona palabras solem­nes, destinadas a una vida perpetua en la piedra, y se expresa en el estilo de un gran autor epigráfico (por cuanto, en realidad, los epigramas de Simónides eran verdaderos epígra­fes, en la aceptación etimológica del voca­blo). El fragmento en cuestión agradó a Leopardi, joven, y le inspiró la canción A Italia, en la que el poeta moderno presenta a Simónides ensalzando a los muertos en las Termo­pilas y refunde a su manera el canto del antiguo colega sin imitar, empero, su estilo.

Niveles mucho más elevados alcanzaba la musa de éste en la evocación del mito. Sin embargo, nuestro poeta fue singularmente famoso en la Antigüedad por la emoción que supo infundir a sus «trenos». A una de tales composiciones debió de pertenecer posiblemente el más bello de sus cantos: la lamentación de Dánae, una de las páginas más puras y humanas de toda la lírica griega.

G. Perrotta