Samuel Richardson

Nació en 1689 en el condado de Derby (se ignoran el mes, el día y el lugar concretos) y murió en Londres el 4 de julio de 1761. Era hijo de un car­pintero, y recibió una instrucción modesta e irregular. Sin embargo, ya desde niño mostró, una fantasía y una sensibilidad in­tensas, así como un sólido sentido moral y mucha afición al estudio; a los doce o trece años actuaba ya como memorialista galante de algunas señoritas de su barrio. A prin­cipios del siglo XVIII su familia estable­cióse en Londres, y colocó al muchacho de aprendiz en la tipografía de John Wilde. Interesado en la profesión de tipógrafo- editor, y adquirida una cultura de auto­didacto mediante diversas lecturas, dedicóse en las horas libres a coleccionar prólogos, índices y dedicatorias. Cierto señor cuyo nombre desconocemos pidió le informase a través de cartas periódicas acerca de los acontecimientos de la vida londinense ocu­rridos durante sus viajes; de esta suerte adiestróse en el arte epistolar.

En 1719, ayu­dado por su padre, su patrón y el mencio­nado caballero — concursos a los cuales añadió sus propios ahorros—, abrió por su cuenta una pequeña imprenta en el barrio de Fleet Street. En 1721 contrajo matrimo­nio con la hija de su antiguo patrón, Mar­tha Wilde. Tuvo de ella varios hijos, nin­guno de los cuales, empero, vivió largo tiempo; la misma esposa, que fue el único gran amor de su vida, falleció en enero de 1731. Esta serie de duelos, sin embargo, no logró disminuir la actividad de Richardson, quien no desperdiciaba ocasión alguna que le pu­diese procurar relaciones útiles y el apoyo de poderosos protectores; su carácter ama­ble convertía en amigos a sus clientes. En 1724 estableció una imprenta mayor en Sa­lisbury Court. Se dedicó asimismo a la com­posición de ensayos y epístolas según el estilo de Steele, e incluso publicó versos en revistas como Universal Spectator y Gentleman’s Magazine. En 1732 se casó con Eli­sabeth Leake, de la cual tuvo seis hijas (de ellas sobrevivieron cuatro). Uno de sus pro­tectores, Arthur Onslow, llegado a presi­dente de la Cámara de los Comunes, pro­curóle importantes encargos: la impresión de informes y actas del Parlamento.

Esta categoría de impresor oficial le valió la con­fianza de los libreros. Editó asimismo textos científicos, entre ellos, y bajo una magní­fica presentación tipográfica, The Negotiations of Sir Thomas Roe (relación de una embajada a Constantinopla). Participó acti­vamente en la vida social de su gremio. A los cincuenta años este excelente artesano poseía una sólida reputación de buen cris­tiano, inglés, padre y patrón, modesto y ponderado; perfecta encarnación del justo medio, era ajeno a la ostentación; pero, en realidad, se hallaba muy satisfecho de sí mismo. Interesado en la constitución de una dote para sus hijas, concedíase poco reposo en la villa que había adquirido en North End (Hammersmith). Por aquel entonces los editores Osborn y Rivington, en 1739, le pidieron la composición de un tomo de cartas adecuadas para su utilización por quienes no sabían escribir con precisión y eficacia suficientes determinada correspon­dencia de circunstancias.

El consiguiente volumen de Cartas familiares, unido a la experiencia juvenil de su autor como memo­rialista y a la que le siguió de compilador de prólogos y dedicatorias, debió de cons­tituir el elemento determinante en la elec­ción del estilo epistolar para la elaboración de su primera novela, Pamela o La virtud recompensada (v.), historia de una sirvien­ta de dieciséis años que resiste las incita­ciones de su amo, quien, finalmente, con­movido por su honradez, se casa con ella. Tal obra alcanzó un éxito extraordinario tanto en Inglaterra como en el extranjero, ya desde el momento de su aparición, anó­nima, en 1741, y contó con numerosos y célebres traductores e imitadores. Era entonces la época del sentimiento, de la moral y de la religión, así como también del inte­rés hacia todos los problemas de la sensi­bilidad, valores que constituían precisamente el fondo del carácter de Richardson Por otra parte, su estilo epistolar respondía admirablemente a éstos, y se prestaba mejor que cualquier otro a la exposición de los desórdenes sen­timentales y a la observación del naci­miento, el desarrollo y la realización de un afecto seguido de cerca y con los caracteres de la más genuina sinceridad.

Siquiera el argumento de la narración endeble, minu­ciosa y densa aparece, en cambio, la des­cripción de los estados de ánimo. Sólo cuan­do Richardson abandona el interés por el mundo de los sentimientos y cede a sus ímpetus de moralista, que hacen de sus cartas el ve­hículo de interminables debates sobre cues­tiones de principio, surge inevitablemente, para el lector moderno, el tedio. Sin em­bargo, entre el público del siglo XVIII, lleno de fervor moral y de austera dignidad, las novelas de Richardson — a Pamela siguieron Clarisa (1747-48, v.) y La historia de Sir Carlos Grandison (1753-54, v) — encontraron una admiración sin reservas. En él se reconoció con orgullo la Inglaterra contemporánea. La actividad de novelista procuró a nuestro autor una ingente correspondencia con sus admiradoras, que formaron en torno al lite­rato una verdadera corte y se hallaban pen­dientes de sus palabras mientras les leía los versos inspirados por Pamela y Clarisa que se le dedicaban; las jovencitas denomina­ron a Richardson «nuestro honorable papá».

La única sombra que empañaba tales triunfos era el éxito de su odiado rival, Fielding. La últi­ma obra de Richardson fue un tomo de cuatrocientas páginas de Maxims, or Meditations, proce­dentes de sus novelas. Abandonada la actividad literaria, reanudó con mayor inten­sidad la de tipo editorial; entre otros en­cargos, se le confió en 1753 la impresión del diario de la Cámara de los Comunes: vein­tiséis tomos infolio. En 1754 fue nombrado maestro de la Stationer’s Company; en esta mismo año adquirió en Parson’s Green una residencia campestre. Durante los últimos años de su vida cultivó asiduamente no sólo la amistad de damas de alcurnia, como lady Bradshaig, sino también las relaciones con eclesiásticos, consciente de su propia respe­tabilidad de patriarca. Aplaudido incondi­cionalmente por sus contemporáneos, e imi­tado por Fanny Burney, Maria Edgeworth y la joven Jane Austen, en la primera mitad del siglo XIX, en cambio, empezó a perder Richardson el favor del público, y sus obras quedaban relegadas en los estantes junto a los clásicos a quienes ya nadie leía; la época victoriana había visto imponer otros intereses y nuevos métodos narrativos.

V. Ottolenghi