Ricardo de San Víctor

Nació en tina fecha incierta, y murió el 10 de marzo de 1173. Per­tenece a la tradición victoriana que, a lo largo de todo el siglo XII y aún después ilustró la cultura y la espiritualidad euro­peas. Parece actualmente cierta su procedencia de las Islas Británicas (Escocia o Irlanda). De acuerdo con una costumbre entonces muy frecuente, abandonó su pa­tria atraído por París, centro universal del saber, e ingresó en el grupo de canónigos regulares agustinianos de San Víctor, cuya fundación remontábase a Guillermo de Champeaux. A su llegada a la comunidad era abad de la misma Gilduino, y maestro de estudios Hugo (v.), ya célebre por su piedad, sus textos y sus enseñanzas. Éste parece haber ejercido en Ricardo una influencia considerable, la cual, sin embargo, no ahogó la personalidad del discípulo, neta­mente orientada hacia objetivos concretos; así se deduce de sus obras fundamentales, de carácter esencialmente ascético-místico (v. De la preparación del alma a la con­templación, De la gracia de la contempla­ción, etc.) o bien teológico (v. De la Trini­dad).

A diferencia de Hugo, no se interesó por las ciencias profanas; con todo, no re­sulta difícil percibir el «animus» del maes­tro en el afán que le induce a llevar la investigación racional en el campo teológico hacia límites progresivamente elevados, sin llegar por ello a la ruptura del equilibrio entre la razón y la fe. La personalidad de Ricardo afianzóse pronto en San Víctor con el de­sempeño de misiones de alta responsabili­dad, que frecuentemente requerían también una auténtica humildad y una gran pru­dencia. En 1159 fue viceprior, como se de­duce de su firma, que aparece, junto a las del abad Acardo y del prior Nantero, en un acuerdo entre la abadía en cuestión y Federico, señor de Palaiseau. En 1162 llegó a prior; en calidad de tal recibió en 1164 en San Víctor al papa Alejandro III, y en septiembre de 1170 a Tomás Becket, el famoso arzobispo de Canterbury. La posi­ción de Ricardo era realmente delicada, por cuanto el abad Ervisio aparecía indigno de la misión que se le confiara: administraba deficientemente los bienes temporales y, además, descuidaba la observancia de la disciplina canónica.

Vanas resultaron las advertencias pontificias; y así, en 1172, una comisión episcopal forzó a Ervisio a la dimisión. Apenas restablecido comisión con el abad Guerino, falleció Ricardo Su fama se había difundido ya antes de su muerte; y así, Juan, viceprior de Clairvaux, le en­cargó la composición de una oración al Espíritu Santo. Casi todos los textos de Ricardo responden a peticiones de amigos; algunas revelan una admirable emoción lírica (así, por ejemplo, De quatuor gradibus violentae caritatis). En él, empero, no deja de mani­festarse una notable capacidad especulativa que se ejercita exclusivamente en los cam­pos teológico y místico.

F. Minuto